El debut de Jonathan Anderson en Dior y Matthieu Blazy en Chanel coincide en reivindicar los talleres artesanos sin pirotecnia
Tener un taller en París y más de una decena de artesanos en nómina. Presentar al menos 25 diseños hechos a mano y, por supuesto, ser admitido por la Cámara Sindical Francesa, el organismo gubernamental que decide quién es invitado a participar en el calendario. Esos son, a grandes rasgos, los requisitos para que una firma pueda hacer un desfile de alta costura, una denominación protegida por el estado francés. Pero, a partir de ahí, cada firma da su propio sentido a la expresión. La alta costura puede (o debería ser) cualquier cosa hecha a mano con materiales nobles y pericia artesanal, pese a que muchos hoy consideren que ese título solo lo merecen los diseños experimentales o repletos de adornos, los diseños, como suelen decir, “que deben hacer soñar”.
Si hay algo que une los debuts de alta costura de Jonathan Anderson en Dior y de Matthieu Blazy en Chanel es quizás la incursión total en un mundo de fantasía, pero no a golpe de pirotecnia, como acostumbra este sector. Es la primera vez que los diseñadores se acercan a esta forma de crear en la que no hay límites técnicos, ni creativos, ni presupuestarios. La alta costura, que viste a un pequeño porcentaje del 1%, es para el espectador de a pie una representación física del universo imaginario de un diseñador. Un mundo que no existe, del que solo se ve el reflejo platónico, al que asomarse por el ojo de la cerradura de una puerta que solo permite entrar si se deja la realidad en suspenso.










