En su primera colección femenina, el diseñador irlandés lleva a su terreno algunos de los hitos de la firma emblema del lujo francés

No hay mucho más que contar del New Look que Christian Dior lanzó en 1947, aunque quizá sea pertinente señalar que aquel traje de cintura estrecha y metros de tela devolvió a París su posición como garante de la elegancia y el buen gusto. Desde entonces, por la firma han pasado creativos muy dispares en lo que identidad creativa se refiere (Marc Bohan, Gianfranco Ferré, John Galliano, Raf Simons...) y aun así su nombre se ha mantenido como el gran emblema francés. Dior dicta de alguna forma lo que es el buen gusto, al menos en términos sociológicos: el gusto legítimo, el institucional, el que la élite consagra como universal.

En los últimos nueve años, la diseñadora Maria Grazia Chiuri quiso que esa gran maquinaria del buen gusto tuviera un lugar para las prendas básicas, cotidianas, y para el mensaje feminista. Las ventas de la enseña ascendieron, pero estos tiempos raros, que exigen un cambio en las dinámicas del sector para que este siga creciendo, demandaban una visión más creativa (en el sentido tradicional del término) que la suya. Como todo el mundo sabe, la apuesta del grupo LVMH fue Jonathan Anderson, el gran talento de esta generación, el que supo hacer de Loewe una marca innovadora y deseable a nivel global. Hoy ha debutado en el lugar en el que Dior siempre presenta sus colecciones femeninas, el Jardín de las Tullerias, pero con un escenario mucho más reducido al que la firma acostumbra. Recortar asientos y filas es la forma de crear todavía más expectación ante uno de los debuts más importantes de la temporada.