Hay casos que marcan un antes y un después. Han pasado diez años desde que una mujer tuvo la determinación de denunciar la agresión sexual que había sufrido por parte de cinco hombres. Ella había ido a Sanfermines a divertirse. Lo que podía haber sido un expediente más se convirtió en el caso que avivó la ruptura del silencio sobre la violencia sexual y que generó una movilización social con muchas repercusiones.

Hemos reconstruido lo que sucedió esos primeros momentos y también lo que ha pasado en esta última década. He preguntado estos días a varias personas qué supuso para ellas este caso. Porque más allá de los cambios materiales, de los grandes avances, del debate, lo que sucedió con 'la manada' impactó en lo cotidiano. En las conversaciones, en la manera en la que entendíamos algunas cosas. En el caso de muchas mujeres, fue el momento de revisar la propia historia, de poner palabras, incluso, a lo que habían vivido o de atreverse a hablar de sus experiencias de violencia sexual. En el caso de los hombres, muchos comprendieron por primera vez la envergadura de lo que intentábamos contarles, muchos reflexionaron sobre sus comportamientos o sobre lo que habían naturalizado.

Hablaba con la socióloga Beatriz Ranea sobre ese "elemento de identificación muy grande”: muchas sintieron que esa mujer podían ser ellas o sus amigas, o que lo habían sido. Esa capacidad de identificación fue clave para la movilización y el hartazgo. También es duro este ejercicio de ser conscientes de la violencia que vivimos.