“Es de esos casos que entran en tu vida personal. No puedes salir del trabajo y dejarlo encima de la mesa”. Izaskun Gartzaron es la responsable de la Oficina de Víctimas del Delito del Gobierno de Navarra. Lo es ahora y lo era el 7 de julio de 2016, el día, el primero de los Sanfermines, que cinco hombres —Antonio Manuel Guerrero Escudero, Jesús Escudero, José Ángel Prenda, Alfonso Jesús Cabezuelo y Ángel Boza— violaron a una mujer de 18 años en el hueco de un portal de Pamplona. El caso podría haber pasado inadvertido, convertirse en un expediente más. Lejos de eso, la violación de 'la manada' funcionó como un catalizador para el feminismo y la transformación social.

La inmediata respuesta institucional, fruto de un trabajo previo de organizaciones de mujeres y de la administración, la determinación de la superviviente durante todo el proceso, el cuestionamiento y la persecución que sufrió, la manera en la que los entonces acusados y sus defensas se comportaron y las decisiones judiciales abrieron la espita del 'yo sí te creo'. En la última década, la violencia sexual ha salido del armario.

“Todas las víctimas de violencia sexual grave pasan por momentos muy críticos en los que piensan en tirar la toalla. La víctima de 'la manada' también pensó a veces en que no podía seguir adelante. Es muy habitual, por los tiempos del proceso, porque es muy victimizante, todo depende mucho de ti... Jugaron a eso, a que ella se hundiese”, recuerda Izaskun Gartzaron. Pero no lo hizo. Conforme avanzó la investigación y después el juicio, mientras arreciaban los intentos por revelar su identidad, que fue protegida desde el inicio, y las defensas trataban de culpabilizarla, con el seguimiento de detectives incluido, las calles se llenaban de mujeres, la conversación pública iba cambiando, la conciencia iba creciendo.