Los aficionados al blues se saben miembros de una pequeña minoría, casi una secta vinculada a otro tiempo y lugar. No está en el primer plano de la música de hoy el género creado en el delta del Misisipi por los hijos de los esclavos traídos de África a trabajar el algodón. En las plantaciones el blues era a la vez un lamento y un consuelo, porque puede pasar de melancólico a festivo, bailable, sanador. El público masivo (el blanco) no lo descubrió hasta los últimos años sesenta, cuando lo reivindicó la generación hippy. Al blues suele llegarse desde su hijo el rock and roll, pero esos sonidos fueron fecundos en otros cruces de caminos: con el soul, con el funk, con el jazz, con el góspel.Los blueseros se creen una minoría, que coincide en un puñado de salas y cafés de distintas ciudades, hasta que toman al asalto alguno de los grandes festivales. Entonces descubren que son multitud. Ningún festival en España tiene la solera de Blues Cazorla, que celebró el pasado fin de semana su 30ª edición en la bonita localidad de Jaén, entre mares de olivos y el parque natural de la sierra del mismo nombre. Cazorla tiene 7.000 habitantes, y el evento congrega a varios miles más, pero no se distingue a locales y visitantes porque todo se mueve en torno a esos sonidos fascinantes. Uno puede seguir el concierto de figuras internacionales de la altura de Charlie Musselwhite, toda una leyenda del blues de Chicago (a sus 82 años, armónica en mano, dio una lección magistral) o disfrutar, incluso sumarse, en las jam sessions que se improvisan en las terrazas de los bares. En cada rincón se escuchan notas por doquier (¿suena Johnny Winter en esta tienda?, ¿reconoces la canción que tocan estos tipos en bañador en un portal?). Incluso parece prestarse poca atención al Mundial, si bien se ven algunas elásticas de la Roja (sobre todo la blanca) entre tantas camisetas negras. Tampoco hubo conflicto porque el partido de España terminó justo cuando empezaba el primer concierto, muy energético, el de los surcoreanos Richiman & Groove Nice. El programa es extensísimo: empieza a las 12 del mediodía en la monumental plaza de Santa María, continúa de tarde en el auditorio del Parque y termina a las 5 de la mañana con los últimos resistentes en la plaza de toros. Uno se pregunta cómo le explican a los artistas que su actuación empezará a las 3.30 de la madrugada, si es que no se retrasa un cuarto de hora más. “¿Es tarde o es temprano? Yo creo que es temprano”, bromeó desde el escenario Ghalia Volt, belga e hija de motrileño afincada en Nueva Orleans, antes de echar el cierre al festival en la mañana del domingo. Ella, igual que la noche anterior el trío GA-20, afrontó el desafío horario con descargas rabiosas de slide y distorsión en su guitarra. La hora del heavy blues. Que nadie se duerma.Este festival tuvo un inicio muy amateur en 1994, con unas pocas bandas andaluzas. Fue ganando apoyos y en su quinta edición ya cayó un nombre ilustre: Mick Taylor (ex de los Rolling Stones y de los Bluesbreakers). Este año el nombre que aparecía en primer lugar en el cartel no era el de Charlie Musselwhite, lo que resulta discutible, sino el de Eric Johnson, un virtuoso de la guitarra más cercano al rock experimental. Alejado del estilo dominante aquí, despertó más interés que jolgorio, pero supo acabar en alto con una versión redonda del Bold as Love de Hendrix. Fue más magnética la actuación de Carolyn Wonderland, una texana muy poderosa en la voz, la guitarra y la composición, no necesariamente en este orden. Su rato con la lap steel guitar posada sobre las rodillas fue de los más memorables, pero le tocó el primer día, el jueves, el único en que no se llenó la plaza de toros.Wonderland también ha sido una Bluesbreaker, la única mujer en la mítica banda de John Mayall, el maestro británico del blues fallecido en 2024, quien fue recordado por distintos artistas. Otro que había pasado por la escuela de Mayall, y por Canned Heat, era el veterano Walter Trout. Su actuación tuvo el tono clásico (como se entiende lo clásico en Chicago y en Cazorla) que gusta a esta masa humana. Y, para clásico, pocos como John Primer, 81 años, acompañado a la armónica por Giles Robson, más de tres décadas más joven. No se apartan mucho de esta línea ortodoxa nombres más actuales: Will Jacobs y Marcos Coll se hicieron acompañar por Antonash, un pianista extremeño de ¡11 años! Se llevó una merecida ovación.Aportaron diversidad otras propuestas. La tremenda voz de Sugaray Rayford se inclina más hacia el soul y el funk, pero se atreve a versionar a Pink Floyd. Y la muchedumbre se hartó de bailar con Take Me To The River, un divertido y extravagante combo en el que se alternan los vocalistas y los disfraces, y que se mueve con soltura entre estilos, del funk al bounce, una especie de hip-hop propio de Nueva Orleans. No es exactamente una banda, sino un proyecto de recuperación cultural del sur profundo de EE UU. Fue lo más sorprendente, y una prueba del buen criterio de la selección. Por algo llaman a esto Cazorleans (podía haber sido Chicazorla, pero no suena tan bien).Como el cartel, el público es intergeneracional. En los conciertos de pago (los de la noche) dominan los de mediana edad, canas al aire corriéndose una juerga como las de sus mejores años. Pero no es así en las actuaciones de la plaza del pueblo, también multitudinarias: aquí los niños, los jóvenes y muchos de los mayores se disparan pistolas de agua o se bañan en las fuentes para soportar los 37 grados del mediodía sin dejar de bailar. Porque el blues, aquí, se baila. Se suda. Se vive. Resulta que los blueseros no eran tan pocos.
La inmensa minoría del blues se vuelve multitud en Cazorla
El veterano festival reúne a figuras internacionales, a bandas emergentes y a una afición entusiasta en la localidad de Jaén. No se distingue a visitantes y locales, entregados todos a los sonidos del Misisipi hasta casi el amanecer










