A medida que nos hacemos mayores la infancia y juventud toman más y más importancia, de suerte que recordamos mejor lo ocurrido entonces que lo acaecido hace escasos años. Se llama reminiscencia, nos devuelve a los hechos fundacionales de lo que después ha sido nuestra vida. Van Morrison sirvió la clave de su reminiscencia con If It Wasn’t For Ray, un rhythm and blues de caminar saltarín editado en 2.025 e interpretado en el tramo final del concierto en el que reconoce que si no fuese por Ray Charles él no estaría allí cantando, en el Fórum, en el Festival de jazz de Barcelona, con todo el recinto lleno. Ante esa audiencia, público adulto aunque no tanto como él, el músico norirlandés se rindió al blues, su DNI musical junto al rhythm and blues y al jazz, mimbres con los que articuló un repertorio sin concesión alguna a la nostalgia de su propia obra, que no pautó un repertorio que sí dio vuelo a temas recientes de blues antiguo que acaba de publicar este mismo año. Así es Van Morrison, acude a su presente para evidenciar que sus raíces se hunden en el pasado. Lo suyo no son las zarandajas autoreferenciales, él vive de su identidad profunda. Y jamás ha querido que nadie le imponga nada, ni tan siquiera su propio público.Van Morrison es como los gatos, has de aceptarlos como son, dejar que hagan y disfrutar con sus gestos de cariño y complicidad. En el tramo final de su vida, o al menos en esta gira, se muestra más comunicativo y hasta pidió palmas en Goin’ Down Geneva/Brand New Cadillac, presentó a su banda, dijo “muchas gracias” y no pareció tocar para sí mismo, sino para su público. Eso sí, se marchó a la francesa sin decir ni Pamplona, dejando que su banda alargase Gloria entre la general algarabía. No varió el gesto de mandamás con sus músicos, a los que ordenaba el inicio de sus solos con la mano derecha, imperativo, pero a cambio les escuchaba más como quien disfruta de la música que como el maestro atento al error de sus alumnos, que también. Varado en el centro del escenario, con un leve movimiento lateral del cuerpo como implicación rítmica, mostraba que esto es lo que le gusta y por eso a los casi 81 años va de la ceca a la meca con la música. A todo esto su banda navegaría con timón seguro en medio de una niebla espesa como el puré de guisantes, su perfección técnica es asombrosa, como la nitidez del sonido ejemplar de un concierto sobriamente iluminado en colores rojos y azules estables, sin picoteo de focos. Luz para ver y enmarcar. Eficiencia y sobriedad. De arriba abajo.No fue un concierto para levantar al público de sus asientos ni de aplauso fácil. Clásicos propios apenas sonaron, y cuando lo hicieron, caso de Moondance, fue con un arreglo jazzy que casi la ocultó. También sonaron, Little Village, Foreing Window o Tore Down A La Rimbaud, que quizás no eran los rescates que el público esperaba, centrados en su disco del año pasado con piezas excelentes como Down To Joy o Back To Write Love Songs, con más referencias a Ray Charles, también a Muddy Waters, y que tiene una letra que se contrapone a la aparente felicidad que la hacen parecer una canción sin uñas. Para el arrobamiento dejó The Only Love I Ever Need Is You, en tono acústico, sin las cuerdas de la versión en disco y marcando un acercamiento al soul a la manera de Van The Man. Y cuando se pone tierno ablandaría a la mismísima señorita Rottenmeier con esa voz que se torna melancólica, celofán ideal para regalos de amor, recuerdos y sentimientos puramente humanos. Es el tipo de canciones que demuestran que Van Morrison es puro sentimiento, y más que un señor hosco, un Scrooge de Belfast, es simplemente una persona que se puede permitir no soportar la estulticia ajena, mostrando en consecuencia su disgusto. Y a más estupidez, más disgusto. Cero tonterías.Pero si algo fue destacable en el concierto fue el asombroso estado de su voz, proyectada con notable fuerza y voluntad, atacando las estrofas que lo exigían con una vitalidad no habitual en una persona de su edad, planeando de arriba abajo, un viento cálido. Parecería que los años han añadido capas a la voz de un artista que siempre ha cantado bien y que ahora lo sigue haciendo con una solvencia concluyente. Tocó armónica, muy bien, el saxo con eficiencia algo menos meticulosa que el desempeño mostrado por sus músicos, banda con órgano/piano, guitarra, bajo y batería apoyados por dos metales (saxos y trompeta) y por una corista cuya voz en quinto plano respondía puntualmente a la de su líder. No fue un concierto vertiginoso, de butacas abandonadas y público en pie, o lagrimeando con su folk-soul-celta, o con su mística primeriza, sino un pausado paseo por el lado menos complaciente de un artista que con un repertorio más asequible habría rendido y maniatado emocionalmente al recinto completo. Pero para eso mejor hacerse con un perro, los gatos van a la suya. Y pese a lo que de ellos se dice, también nos quieren, aunque lo hagan a su manera.