El último disco del músico de Belfast es una nueva ración de blues por derecho que supone una bendita rareza en un contexto de consumo acelerado, viralización fatua y amnesia musical
La procrastinación debió de evaporarse del diccionario personal de Van Morrison en torno al verano de 2015, el bendito día en que el genial y enfurruñado músico norirlandés se mirase al espejo y llegara a la conclusión de que, con su septuagésimo cumpleaños a las puertas, había llegado el momento de exprimir con devoción hasta el último de sus días. Los 13 elepés que el creador de Moondance ha puesto en circulación a lo largo de esta última década, desde Keep Me Singing (2016) en adelante, son álbumes siempre dobles (¡!) que no bajan del notable, aunque el estajanovismo se sostenga muchas veces en el noble arte de las versiones. Pero este Somebody Tried To Sell Me a Bridge no lo habíamos visto venir tan pronto, porque aún nos estábamos relamiendo de esa irrebatible obra maestra, Remembering Now, que en junio de 2025 nos colocó frente al mejor Morrison desde los días de Hymns to the Silence (1991). Otro doble álbum, por cierto.
¿No sería mejor espaciar un poco más las entregas? Seguro que sí, aunque solo fuera por darnos tiempo a interiorizar la avalancha de información, pero al ya octogenario de Belfast le importan un bledo la mercadotecnia, la lógica comercial y hasta nuestra memoria sonora y afectiva, comprometido solo con su obra y legado. Por ello seguramente no le importe que este nuevo álbum sea una entrega menor si la comparamos con su colosal antecesora. Pero, si descontextualizamos la escucha, esta generosísima ración de blues por derecho (20 cortes, hora y cuarto de música sin respiro) vuelve a ser una bendita rareza en un contexto de consumo acelerado, viralización fatua y amnesia fulminante.






