El escultor, que además es ‘set designer’ para desfiles y producciones de moda, investiga en seis obras la relación entre el tiempo y el daño

Durante varios meses de 2024, Jorge García López se dedicó a pegarle clavos a la hélice de alguna vieja aeronave alemana. Una gota de pegamento de ciano, un clavo, espray acelerador del secado, soltar el clavo. Otra gota, otro clavo, espray, soltar. Cientos de veces, miles de veces, decenas de miles, una hora al día por rachas a lo largo del año. Tantas rachas que lo que le movía no podía ser material. Licenciado en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM), García López tiene trabajo de sobra desde hace años como diseñador de espacios —set designer— en desfiles y producciones de grandes marcas y revistas de moda. Por dinero, en la carrera había trabajado de camarero en bodas y como modelo para firmas independientes como Emeerree Studio, Off White o Leandro Cano. Urgencia material no había. Pero ahí estaba él, en su cuarto, en casa de sus padres en la madrileña plaza Elíptica, gota, clavo, espray, absorto en su trance de aluminio y acero.

“Era la idea del castigo”, resume hoy. “Representar el tiempo a través la repetición constante, la geometría de una herida”. En su idioma, el de un arquitecto, o sea, las formas, Jorge García López (Madrid, 29 años) tenía mucho que decir sobre el dolor.