En el taller de Miguel Romero hay piedras por todas partes. Algunas esperan su turno apoyadas contra la pared; otras ya han empezado a revelar el eco de una figura. Sobre una mesa se amontonan cinceles, gubias, martillos, cepillos y brochas. En la puerta descansa una réplica en proceso de la Bocca della verità romana; cerca, dos esculturas del Buen Pastor aguardan el siguiente golpe de herramienta. También hay una virgen, varios bustos modelados y una porcelana amputada de Lladró a la que revive con la pericia de un cirujano.Romero se mueve entre todo ello como si el caos tuviera un orden secreto. Este pequeño estudio, al lado del río Tormes, es su refugio. Lleva más de tres décadas descifrando las melodías dormidas que se esconden en cada bloque. Nació en 1964 y empezó a trabajar como escultor en 1988. Dos años después ya participaba en la renovación de la catedral de Salamanca, una misión que marcaría el inicio de una carrera dedicada, en gran parte, a conservar el patrimonio monumental de la ciudad y provincias de alrededor. Desde entonces ha restaurado capiteles, gárgolas, cornisas, medallones y todo tipo de elementos decorativos en iglesias, plazas y edificios históricos. También ha repuesto o creado para colecciones privadas.Su nombre está asociado, además, a uno de los detalles más curiosos de la catedral Nueva de Salamanca: el pequeño astronauta esculpido en uno de los relieves de la Puerta de Ramos. Se incorporó durante las reformas de los años noventa y con el tiempo se ha convertido en uno de los secretos más buscados por quienes visitan la ciudad. En algún momento pensó que debía dejar su huella. Su firma, más allá de la M y la R con la que sella sus frutos. Un pellizco pequeño, casi escondido, que dialogara con las demás figuras. “Si alguien ha estado tan cerca del cielo como Dios”, pensó, “ese es un astronauta”. Quedó allí, casi perdido, flotando entre los relieves.Su oficio consiste en reparar el tiempo. El proceso suele ser largo. Primero viene la limpieza, luego la reintegración de partes dañadas, los tratamientos de impermeabilidad, localización de adhesivos o actuaciones que aseguren la estabilidad del conjunto. “A veces hago manicuras o liftings”, comenta con humor, “y otras tengo que poner prótesis, como un dentista”. Utiliza distintos tipos de piedra: Villamayor, Zamora, alabastro, mármol, pizarra, granito rojo o incluso mármol de Carrara.“La diversidad que hay en España es muy buena”, señala. En Salamanca dominan dos: el granito y la de Villamayor, esa roca dorada que da a muchos edificios monumentales su característico tono miel. Romero habla de ellas como si describiera personalidades distintas. “Hay duras y más duras”, resume antes de ilustrar a qué se debe. Por ejemplo, la de la localidad pegada a la capital tiene una formación geológica curiosa. Surgió a partir de minerales y arcillas depositados por antiguos cursos de agua. La zona estaba anegada y se han hallado restos fósiles de cocodrilos y tortugas.El alabastro, en cambio, es otro mundo. “Es muy dúctil”, ataja, “y cuando lo limpias bien, queda como un espejo”. A pesar de haber dedicado su biografía a estos cuerpos inertes, Romero dice que sigue enamorándose de cada proyecto. No sabe cuántas puntadas ha dado a lo largo de su trayectoria. “No llevo la cuenta, y no la voy a llevar”, advierte.En el taller se acumulan pedidos y experimentos íntimos. Algunos atraen a estudiantes de la Escuela de Arte de Salamanca, que vienen a observar y practicar. También pasan grupos de visitantes extranjeros, como los alumnos de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore (EE UU). A todos les enseña técnica y dibujo, pero también intenta transmitirles paciencia, intuición, la chispa que alumbra una silueta escondida. Romero, aparte, aboga por la versatilidad. Por no amurallarse en una sola disciplina. Ha aprendido a diversificar. Además de restauración del patrimonio realiza esculturas religiosas, piezas decorativas y trofeos inspirados en artistas como Chillida, Oteiza o Gargallo. “No me gusta estar solo con una faena”, sopesa, “suelo tener tres o cuatro en marcha”.Si quiere empaparse de nuevas referencias, viaja. Grecia, Turquía o Italia son destinos habituales, aunque él los recorre con una pupila distinta a la del turista. “Busco detalles. Miro los arcos, capiteles, el costumbrismo”, apunta. Conocer la historia del arte no es para él erudición distante sino herramienta. “Para tallar tienes que estudiar mucho, si no retomas a los antepasados, no tienes presente”. Dicha conciencia del pasado roza con cierta inquietud por el futuro del oficio. La tecnología lo está cambiando todo y la escultura no es una excepción. Hoy hay robots capaces de reproducir relieves complejos o impresoras 3D que replican con precisión milimétrica. “Es un momento de incertidumbre, y más con la IA”, reconoce, pero cree que hay cosas que ninguna máquina podrá sustituir: “En el arte, hace falta sangre de toro que corra por las venas”. Con esa expresión se refiere al gesto humano detrás de cada golpe de formón. Al olfato del artesano, a la relación física con el material. A la templanza de quien observa un mineral durante horas hasta descubrir qué puede surgir de él. Lo que le preocupa, admite, es la desaparición progresiva de algunos oficios y de las materias primas que los hicieron posibles. Las canteras de Villamayor, por ejemplo, se extinguen: “De ocho que había, solo queda una”. Sin ellas, muchas rehabilitaciones futuras perderán el material que dio forma a la arquitectura histórica de Salamanca.Quizás Romero ya no siga participando oficialmente, aunque nunca abandonará esta profesión. Cuando le llegue la carta de la Seguridad Social con el membrete de la jubilación, dejará esta nave. Se irá a otra habilitada en un pueblo cercano. Allí volverá a rodearse de piedras, porcelanas o madera. Cualquiera le sirve para empuñar una herramienta y guiarse por la intuición de que dentro le aguardan sorpresas. De que hurgará hasta que las rocas le cuenten sus secretos. “Les extraigo hasta el tuétano”, concluye orgulloso.
Miguel Romero, el escultor que restaura el mundo a martillazos
El artista lleva décadas dando forma a granitos, pizarras, mármoles y alabastros para reparar las huellas del tiempo. Repara capiteles, portones o escudos añadiendo una chispa de creatividad y modernidad











