Los mayores escándalos suceden a la vista, sin que haga falta ocultarlos. En realidad, señalar algo y publicarlo ya es la manera más efectiva de taparlo, como en La carta robada de Poe. La sociedad del ruido, que compite por nuestra atención y produce millones de reels y alertas por minuto, no podrá hacer caso a la misma historia por más de cinco minutos, de manera que la obscenidad se ha acabado llevando por delante a la discreción. Lo sabe Donald Trump, montado en esa lógica desde hace años y dispuesto a que vayan escalando sus frases y decisiones más polémicas para que, al final, sus primeras propuestas parezcan las más sensatas, en una especie de tarifa plana del mal menor. Así consigue ensanchar el terreno de lo que es normal o se lo parece a él: con cada nuevo exceso naturaliza los más antiguos, de los que es muy difícil acordarse. Después de que —a la vista de todo el mundo— la FIFA llevase a Rusia y a Qatar sus últimos mundiales, después de que —a la vista de todo el mundo— miles de personas migrantes fueran perseguidas por una policía migratoria que les denigra en la primera potencia del mundo, la última polémica planetaria estaba en las pequeñas dimensiones de una tarjeta roja, que Trump pidió que se retirase a uno de los goleadores de su selección. La escandalera ha impactado en el acontecimiento que más audiencia y negocio concentra. Por supuesto, a la vista de todo el mundo. Esto es lo que parece y, además, es de lo que Trump presume. Así se lanzó en Venezuela y así quiso lanzarse en Irán, con la misma pulsión por la que interpreta que puede quitar tarjetas rojas o amarillas porque piensa que el mundo es suyo, desde el bolsillo de un árbitro a la soberanía de países ajenos. En la sociedad de la obscenidad, el presidente de Estados Unidos sabe que solo la cadena imparable de excesos le garantiza los focos con los que pretende romper eso que siempre se llamó sentido común. La tarjeta roja es, entonces, el símbolo de su batalla cultural, aunque eso quizá le suene demasiado woke.
Una tarjeta en la obscenidad
El presidente de Estados Unidos sabe que solo la cadena imparable de excesos le garantiza los focos







