Uno de los problemas de la exageración es que nos deja sin vocabulario cuando las cosas se ponen feas de verdad

Uno de los problemas de la exageración es que nos deja sin vocabulario cuando las cosas se ponen feas de verdad. Si llamamos tragedia a cualquier pequeño contratiempo de la vida, no sabemos cómo llamar a la muerte de un hijo. Si llamamos violencia a cualquier discusión, nos quedamos sin palabras para describir un asesinato. Si llamamos trastorno mental a cualquier tristura, ansiedad, miedo o angustia, ¿qué hacemos cuando la esquizofrenia se nos planta delante? Cuando hemos exagerado tanto, quedarse sin palabras ante las tragedias verdaderas equivale a encararlas desarmado. Hablar con propiedad permite aplicar las soluciones adecuadas a cada problema, porque ni se matan moscas a cañonazos, ni...

se frena un genocidio con batucadas.

Las palabras censura y cancelación han sido objeto de exageraciones recurrentes en los últimos años. Aunque la presión social, la movilización activista y, en ocasiones, la acción política, han sometido a ordalías a escritores, músicos, cineastas, artistas y opinadores varios, con acosos y señalamientos inaceptables en una democracia, nada se parece a la tiranía totalitaria de Trump, que se ha cobrado la cabeza de Jimmy Kimmel.