El mes pasado, el comediante estadounidense Jimmy Kimmel cedió por unos días la conducción de su programa nocturno en la cadena ABC al actor mexicano Diego Luna. Al final de su semana al frente, Luna agradeció la oportunidad recordando el privilegio que supone ejercer libremente la sátira política, noche tras noche, en televisión. Su observación, tan natural para quienes conocen de cerca los riesgos de cuestionar al poder, probablemente resultó ajena para buena parte de la audiencia estadounidense. Después de todo, la sátira política televisiva es un elemento histórico de la cultura popular en Estados Unidos.
En los años sesenta, figuras como Dick Gregory y, más tarde, George Carlin y Lenny Bruce moldearon un humor político que desafiaba convenciones y ponía incómodos a presidentes, jueces y congresistas. Desde hace medio siglo, el programa cómico Saturday Night Live ha hecho de la burla al poder un ritual semanal: de la torpeza física de Gerald Ford encarnada por Chevy Chase a las divagaciones delirantes del Donald Trump interpretado por James Austin Johnson. En uno de sus momentos más icónicos, la imitación de Sarah Palin por Tina Fey en 2008 moldeó la percepción pública de la entonces candidata. Según encuestas de ese año, un porcentaje significativo de votantes reconoció que la imitación de Fey reforzó su impresión de que Palin no estaba preparada para la vicepresidencia.






