Las Partes de este Tratado reafirman su fe en los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas y su deseo de vivir en paz con todos los pueblos y todos los Gobiernos. Decididos a salvaguardar la libertad, la herencia común y la civilización de sus pueblos, basados en los principios de la democracia, las libertades individuales y el imperio de la ley.
Son las dos primeras frases del Tratado del Atlántico Norte, la constitución de la OTAN. Setenta y siete años después de su redacción, ahora parecen un chiste. El gran líder de la organización ha perdido este año por primera vez en medio siglo su estatus de democracia liberal. Hoy es el que inicia guerras ilegales, destruye la democracia y el derecho internacional y apoya un genocidio (todo a la vez). Por su parte, Turquía, el elegido como sede para la cumbre de este año —el gran evento anual de la OTAN—, que se celebra hoy y mañana, es el país con peor índice democrático de toda la organización. Ni siquiera está considerado una democracia, sino una “autocracia electoral”, según el informe elaborado por Varieties of Democracy (V-Dem) y ha aumentado la represión contra la oposición en la previa de la cumbre.
No es casualidad que la única razón por la que Trump va a la cumbre de la OTAN —pese a su odio a los países europeos— es que se celebra en Turquía. “Si no fuera porque la organiza el presidente Erdogan en Turquía, creo que no iría”, dijo el presidente la semana pasada. Estaba sentado en la Casa Blanca junto a Mark Rutte, secretario general de la organización, que intentó suavizar la situación bromeando y diciendo que también iría por él —Rutte se ha erigido como el gran adulador de Trump mientras este escupe su odio hacia el resto de Estados miembros—. “No habría ido por todo lo que hemos pasado en los últimos dos meses con los distintos países”, insistió el presidente.











