La foto del anuncio de la gigafactoría de inteligencia artificial de Móra la Nova (Ribera d’Ebre) la semana pasada vale más que mil palabras para entender por qué no puntuamos en IA.Lo único que tiene en común la foto con el mundo de la tecnología es que en la primera fila casi todos eran hombres y en la segunda casi todo mujeres; un guiño al espíritu de Silicon Valley, que es el sitio más masculino que conozco (a excepción del Vaticano). La foto en la Moncloa tras la constitución del consorcio público-privado para impulsar la gigafactoría tarraconense Dani DuchLas gigafactorías se anunciaron en febrero del 2025 como la respuesta europea a la necesidad de dotarnos de capacidad computacional propia para reducir nuestra dependencia de China y Estados Unidos. Se anunciaron con una inversión de 20.000 millones de euros, una cifra que ya entonces parecía insuficiente (y encima la mayoría es dinero reciclado de otros anuncios anteriores). Es parte del programa europeo InvestAI, con el que se aspira a movilizar 200.000 millones de inversión público-privada en cinco años.Solo por comparar, las inversiones en centros de datos anunciadas por las tecnológicas americanas superan los 725.000 millones de dólares ¡en tan solo el 2026! Hasta hoy no se ha empezado a construir ninguna gigafactoría y es difícil que se pongan en funcionamiento antes del 2029. En España, lo que se ha anunciado es tan solo un consorcio público-privado, que ni siquiera ha sido elegido para liderar una de las gigafactorías europeas, porque la convoca­toria de la Comisión Europea no está ni lanzada.En la foto se observa al presidente del Gobierno, el de la Generalitat, el ministro del ramo y directivos de dos empresas parti­cipadas por el Estado (Telefónica y Multiverse Computing), un banco (sector muy reglamentado por el Estado) y una constructora de toda la vida. Es normal que en una gran obra el Estado otorgue permisos, licencias, etcétera, y también es normal que ponga una parte de la inversión inicial para facilitar la financiación. Pero en este consorcio tenemos al Estado en todas sus versiones: estatal, autonómica, empresa participada, compañía muy regulada y empresa dependiente de la contratación pública. Todo queda en casa.Tenemos poco dinero, mucha burocracia, demasiado Estado y gente que no sabe de tecnología al frentePor si no había suficiente componente estatal, la inversión del Gobierno se hace a través de la Sociedad Española para la Transformación Tecnológica (SETT), que es el equivalente digital de la infame SEPI. Ambas son brazos empresariales del Gobierno, interpuestos entre este y las empresas públicas o participadas. Su utilidad pública es mínima, pero su utilidad política es máxima (sirven para colocar a más gente del partido, y para diluir los controles administrativos que habría si esas empresas y participaciones públicas se gestionasen directamente desde los ministerios).La Sociedad de Transformación Tecnológica no está dirigida por un experto en tecnología, sino por un político que es abogado especializado en extranjería y asilo, Antonio Hernando. Lo normal… en España. Tan normal como tener de ministro para la Transformación Digital a Óscar López, un licenciado en Ciencias Políticas, exasesor, exparlamentario y ex jefe de gabinete del presidente del Gobierno.En resumen: tenemos poco dinero, mucha burocracia, demasiado Estado y gente que no sabe de tecnología al frente. ¡Cómo no vamos a tener desfase con Estados Unidos! El mayor superordenador dedicado a la IA allí opera con una capacidad de 1.250 megavatios; el mayor de Europa alcanza apenas los 83. Mientras ellos tienen un 80% de la capacidad mundial de computación, Europa solo tiene el 5%.En una reciente discusión con el director del Centro de IA de la Universidad de Alicante, me decía que la IA debería ser una emergencia nacional. Efectivamente, debería serlo. Pero para activar esa emergencia, hay otra que hay que atacar en paralelo: la modernización de nuestro sistema político. En un país donde se va demasiado dinero en el mantenimiento de la clase política y sus redes clientelares, en el que la burocracia es tan grande como el número de cargos políticos, en el que el Estado se infiltra en todo y en el que prima el carnet político sobre el talento, es imposible engancharse a la era de la IA. Hay que empezar a ver las cosas en toda su crudeza: nuestro sistema político nos condena a no poder competir en tecnología.