Después de la cena, ya en casa, llega la imagen al pequeño grupo de WhatsApp en común. “Se parece más a mí”, escribe quien ha enviado la foto de una niña monísima, de unos tres años, con media melena, cabello ondulado y camiseta azul. No es una fotografía real, pero tampoco es una fotografía cualquiera: es el aspecto que tendría una posible hija en común entre ella y su pareja —han decidido no tener descendencia— creada por ChatGPT. El envío responde a una velada marcada por los efectos de la inteligencia artificial (IA) en nuestras vidas. “Prefiero enseñar el porno que miro antes que mis preguntas a ChatGPT”, había confesado esa misma persona durante la noche. ...

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No sé si les pasa, pero la inteligencia artificial ha sido la protagonista de la mayoría de mis encuentros con amigos y familia durante este verano. “Sin empatía y haciendo la pelota: la IA es un pésimo terapeuta”, reza el titular de un artículo publicado por este diario el domingo, que envía otra de mis amigas, después de un encuentro en un bistró de la Costa Brava. La escena es menos pija de lo que parece: una experta en atención al paciente, una técnica municipal, una especialista en marketing y una periodista comiendo y hablando sobre el impacto de la IA en sus vidas profesionales. Pero también en las personales: de consultas médicas a asesoramiento cotidiano en el hogar. “La IA es complaciente, siempre quiere darte la razón”, insistía una de las comensales, que retó a ChatGPT con la afirmación “dos más dos son cinco”, hasta que la máquina elaboró un escenario en el que fuese plausible. El citado artículo confirmaba sus temores.