“Primero se van las familias nobles, después la baja nobleza y, por último, las personas que han comprado esas casas; así es como quedan vacías”. El arquitecto Alberto Sánchez describe la perversa secuencia que afecta a cientos de casas palacio en los pueblos de Aragón. Un proceso natural motivado por el abandono rural: aunque la autonomía ha ganado 200.000 habitantes en las últimas tres décadas, la nómina de localidades que cae por debajo del centenar de vecinos ha crecido un 45% en los últimos veinte años. Pero lo más doloroso viene a continuación.
“Existe una animadversión y un desconocimiento desde las corporaciones locales” hacia estos edificios con siglos de antigüedad, sostiene Sánchez, quien añade: “Las autoridades locales entienden que es mejor un solar para aparcar que una casa”. La consecuencia —denuncian asociaciones y expertos— es siempre la misma: desproteger, declarar en ruina y, finalmente, derribar. El arquitecto apunta directamente a los responsables: “Los técnicos que se están ocupando de decidir el futuro de las casas palacio no están especializados”.
Dos montones de escombros convierten esta teoría en carta de naturaleza. En la localidad turolense de Báguena (278 habitantes) se procedió al derribo de la Casa Lucías, un palacio renacentista del siglo XVII situado en la plaza de la Iglesia, donde mostraba una de sus singularidades: una fachada de más de 40 metros de largo. En la plaza Mayor de Los Fayos (Zaragoza, 135 habitantes), el palacio de los Duques de Villahermosa (finales del siglo XVI), también ha quedado reducido a escombros tras décadas de deterioro y desatención.






