El malestar de la época y el sufrimiento personal o grupal se confunden no pocas veces en una especie de elegía: “¿por qué a mí?”. En realidad, más allá de todo mito de una posible autonomía del individuo con respecto a su medio somos todos un pliegue de la época. Y la época se manifiesta bajo formas diferentes, dentro de cada quien, al punto de manifestarse a través nuestro; se podría decir que la época sufre en nosotros. Pero, aunque es legítima esa sensación, la posición “esto me pasa” puede resultar una trampa o un callejón sin salida. Porque, de algún modo, la ignorancia de las circunstancias que nos teje desde “dentro”, nos impide actuar sobre las causas del malestar. ¿Cómo asumir, entonces el malestar ampliando el registro y, por lo tanto, la capacidad de actuar frente a la impotencia? Una suerte de desafio existencial nos permitiría experimentar un desplazamiento de “esto me pasa” a “esto pasa”, es decir, un corrimiento de la afección individualizada hacia el malestar epocal o situacional. La diferencia entre “esto me pasa” y “esto pasa” consiste en que la primera posición supone el riesgo de encapsularnos en el Yo, identificándonos con la culpa o con el narcisismo de la víctima, o incluso sumergiéndonos, sabiondos, en una depresión; mientras que la segunda posibilidad abre el malestar vivido como hecho individual a las situaciones en las que participa. Partiendo de un profundo respeto por quien sufre, por nuestro propio sufrimiento, es necesario indagar en un malestar que pertenece a un zócalo común. Este gesto no implica, claro, que se borren las dimensiones privadas e individuales, sino al contrario, la posibilidad de experimentar íntimamente que la vida no es algo personal. En ese sentido, frente a cierta exigencia ambiente, es necesario señalar que la vida no es una empresa personal, que debe gestionarse (capital humano, capital salud, capital social, etc.) No es lo mismo posicionarse como el sumidero individualizado de pesares y desgracias, que asumirse como participante de procesos que nos exceden, pero nos tocan singularmente. Por ejemplo, determinados sucesos vividos en primera persona, hechos más cercanos o lejanos nos provocan una aguda tristeza o incluso circunstancias muy mundanas como deudas o desamores nos llegan a traumar. Pero también, avatares políticos y sociales nos convocan, lo que cierto sentido común aturdido podría llamar “desgracia ajena”, de golpe nos toca… Nos pasa porque pasa más allá de nuestra pequeña parcela. ¿Alguien puede dudar que aquella joven a la que los militares de la dictadura genocida fueron a buscar a un jardín de infantes, pues querían atrapar a su padre, vivió una circunstancia a la vez íntima y profundamente perteneciente a una situación histórica? Hay una desproporción enorme entre la individualización del hecho y la situación histórica, que puede generar un daño psíquico si no se comprende que eso no le pasó a la chica, sino que pasó. De ese modo alguien puede pensarse incluido en lo que pasa, aun con el dolor propio y la singularidad de su historia, pero abriendo un margen de desidentificación.
Lo personal es político, lo político no es personal
En tiempos de coaching y angustia, algunas perspectivas sociológicas alivian nuestro malestar al mostrarnos que los problemas no son solo propios, sino que son el reflejo colectivo de la época en la que vivimos.












