A un lado y otro de la guerra cultural, hemos normalizado el agravio como postura identitaria, como lenguaje y como estética
Estamos en la era de las identidades. La cultura del “yo” impregna nuestra percepción del mundo y está presente en los espacios que lo forman, desde las lógicas del mercado hasta la retórica política, las luchas sociales o incluso las relaciones personales. No se trata solo de una cultura individualista o egocéntrica, sino, sobre todo, de una cultura capaz de convertir algo tan íntimo y complejo como la identidad en una figura de ajedrez. La angustia existencial que envuelve una pregunta infinita –quién soy, quiénes somos–
fensa-de-las-politicas-de-la-identidad.html" data-link-track-dtm="">se canaliza mediante la consolidación artificial de grupos identitarios.
La identidad ofrece una ilusión de pertenencia y de propósito. Ser alguien, nombrarse de una manera u otra, acalla momentáneamente los malestares de un presente demasiado incierto. Aunque cortoplacistas y poco sostenibles, las luchas identitarias ofrecen una recompensa inmediata: uno tiene la sensación de estar ocupándose continuamente de los problemas que le atañen; la política radica en el individuo, nos convertimos en nuestro propio espacio de militancia; es una política portable, fácil de cargar de un sitio a otro, adaptada al usuario.






