En el fondo opera una pulsión más cruda y más estable: no incomoda quien viene de fuera, sino quien carece
Resulta irónico que hayan pasado casi treinta años desde que la filósofa Adela Cortina pusiera nombre a una lógica social que hoy define, con inquietante precisión, el clima de nuestro país: la aporofobia, o lo que es lo mismo, el rechazo al pobre. Lejos de atenuarse con el paso del tiempo, ha pasado de fenómeno a relato compartido de nuestra vida pública. Por eso es un error reducir lo ocurrido en Badalona en las últimas semanas a una expresión superficial de racismo.
En el fondo opera una pulsión más cruda y más estable: no incomoda quien viene de fuera, sino quien carece; no perturba la diferencia, sino la precariedad. Se acepta al migrante cuando es útil y se le expulsa —material o simbólicamente— cuando es vulnerable. La frontera real no es la del origen, sino la del estatus. En ese desplazamiento moral que convierte la pobreza en culpa y la exclusión en amenaza, la aporofobia pasa a ser una herramienta política que provoca la lucha del pobre contra el que es aún más pobre. Una estrategia eficaz, porque enfrenta a quienes comparten fragilidad, canaliza el malestar social hacia abajo y evita interpelar a las causas estructurales de la desigualdad.






