No hay verano sin fobia, al menos aquí en Cataluña. Bueno, si soy sincera, cada vez me parece más que la fobia -aversión o rechazo fuerte, según la primera acepción de la RAE- es la nueva muletilla que sirve para todo: gordofobia, catalanofobia, transfobia… por resumir: ¿no te gusta algo?, pues lo precedes a la palabra fobia y resuelto. El que recibe el calificativo en cuestión, ni que decir tiene, puede darse por señalado.

Este verano les ha tocado a los aragoneses ser catalanofóbicos, lo que no deja de ser curioso cuando el motivo de que hayan recibido tan “insigne” apelativo es que vienen a recuperar unos unas pinturas que, atentos al dato, son suyas.

Vayamos por partes.

El Tribunal Supremo ha confirmado que el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) tiene que devolver las pinturas murales al monasterio de Sijena (Huesca). La cosa viene de antiguo. En 1936, durante la Guerra Civil, un pelotón, posiblemente de la FAI, incendió el monasterio, con buena parte de su patrimonio y solo se pudo conservar una parte de las pinturas murales de la Sala Capitular. Al poco un equipo de especialistas las trajo a Cataluña. Las pinturas llegaron a Barcelona en tiempos de guerra: “Es un contexto en el que no se pueden tomar decisiones de forma ordenada ni colegiada. Y desde aquí se restaura y se conserva, poniéndola en valor y haciéndola accesible a un público universal”, explicó el director del MNAC.