La traslación artística del imaginario literario de Mercè Rodoreda en la memorable exposición del CCCB no solo provoca inquietud o desazón: da miedo
¡Prohíban esta exposición! ¡Tapien las salas del CCCB! ¡Eviten que alguien pueda ver Rodoreda, un bosc más allá del barrio del Raval de Barcelona! ¡Mejor ocultar las citas de sus libros y los cuadros en cajas, luego las precintan y después entiérrenlas bajo tierra en una montaña olvidada para que se pudran! ¡Nadie debe volverlo a ver! ¡Esta mujer todavía es un peligro!...
No querría crear una sensación de congoja, que el presente ya es suficientemente jodido, pero, después de ver esta muestra comisariada por la profesora Neus Penalba, sentía algo oscuro, turbio o incluso sucio, mientras bajaba por las escaleras mecánicas para volver a la aparente normalidad de la ciudad. Porque no es que esa traslación sensorial del imaginario literario de Mercè Rodoreda solo me hubiese provocado “inquietud” —aquella sensación que puede llevar de la curiosidad a la ansiedad pasando por la desazón—. Aquí lo que ocurre mientras paseas por las salas, desde que hueles a tierra sin querer o te encierras dentro de las cortezas de los árboles, cuando interiorizas la subjetividad de las acuarelas que ella pintó en un exilio muy duro o ves las fotografías de los niños durante la guerra, los vivos y los muertos, es que, simplemente, te cagas de miedo. No hay escapatoria. No es alguien normal. No era la mujer de las entrevistas televisivas de la vejez, que podía parecer una abuela entrañable. Para nada, y ella lo sabía. En lo profundo, en sus novelas y en sus cuentos, también en sus poemas, vivía una mujer que se parece más a esa imagen de Bego Antón que fue portada de Babelia y que aquí está expuesta: ese rostro ocultado por un velo, su cabello son plantas, es musgo, es un ser del bosque. Nos habla como la voz de ‘La salamandra’, un cuento de Mi Cristina y otros cuentos: “Me dejaban con mi dolor, que no era ni mucho menos el que ellos habrían querido hacerme”. Esta mujer es una bruja y, por lo tanto, deberían quemarla.






