CivitasNos hemos acostumbrado a tanta decepción que pareciera que confundimos el realismo con la resignación.

En época mundialista siempre hay algo que llama la atención, además de los goles, las celebraciones o las eliminaciones inesperadas. Para mí, la fascinación de este 2026 ha sido la convicción e ilusión de los aficionados de que sus selecciones avancen. Lo que más me ha gustado es escuchar a tantos mexicanos preguntarse algo que hace unas semanas parecía muy ingenuo… “¿Y si sí?”.

¿Y si sí avanzamos a la siguiente ronda? ¿Y si sí le ganamos a una selección fuerte? ¿Y si esta vez hacemos historia?Probablemente, no pase. O tal vez sí… pero ese no es el punto. Lo más interesante es que, por unos días, millones de mexicanos decidieron permitirse creer en lo imposible.

El deporte tiene ese efecto, y en especial el futbol (o quizá estoy sesgada porque es mi favorito). No obstante, nos permite ilusionarnos sin sentir vergüenza, una capacidad que con los años vamos perdiendo. La de pensar en grande sin necesariamente pensar primero en lo negativo.Por eso, me pregunto, ¿por qué esa actitud aparece tan fácil cuando es frente a una cancha de fútbol, pero desaparece cuando hablamos de nuestro país? En Guatemala, pareciera que nos entrenamos para pensar exactamente al revés. Muchas veces tenemos clavado el “no se puede”, “todo siempre va ser así”, “todos los políticos son iguales”, “¿para qué involucrarse?”. Nos hemos acostumbrado a tanta decepción que pareciera que confundimos el realismo con la resignación. Y así terminamos perdiendo la capacidad de imaginar un país distinto.