—En su libro “Agua: una biografía” usted sostiene que la historia del agua no es una historia de progreso tecnológico sino de evolución de las instituciones políticas. Sin embargo, esa distinción no es obvia: los acueductos romanos, las represas del New Deal, los sistemas de irrigación del Valle del Indo son al mismo tiempo obras de ingeniería y actos de poder. ¿Dónde traza usted la línea entre lo técnico y lo político cuando se trata del agua, y por qué esa distinción importa para entender el presente? —Esta es quizá la distinción más relevante al reflexionar sobre el agua y, en realidad, sobre el medio ambiente de manera más amplia. Tendemos a pensar que nuestra relación con el entorno natural está mediada por tecnologías y por infraestructuras, como en el caso del agua, por plantas desalinizadoras, plantas de tratamiento y demás. Pero, de hecho, nuestra relación con el agua es simplemente la expresión de nuestro poder colectivo sobre el territorio. Lo que observamos al mirar por la ventana de nuestras casas es el resultado de nuestra relación con el agua y con el entorno en un sentido más amplio. Así que, en cierto modo, leemos nuestra historia, leemos nuestra voluntad en el medio ambiente y en la forma en que gestionamos el agua. Aunque la conversación sobre el agua y el medio ambiente suele ser técnica y tecnológica, la verdadera pregunta es: ¿quién decide nuestra estrategia de gestión del agua? ¿Quién es el que decide cómo se ve nuestro paisaje? ¿Quién es el que decide cómo se ve nuestro entorno? Y por esa razón, creo que es una cuestión eminentemente política. “La gestión y las inversiones en agua son una herramienta poderosa, una especie de poder blando.”