AnálisisLa interconexión entre la crisis de agua, climática y de biodiversidad exige un nuevo marco para proteger los sistemas hídricos, dice esta economista.Proteger las cuencas hídricas es clave. En la foto, el Ecoparque Ciénaga de Mallorquín, en Barranquilla, que ha recuperado parte de ese ecosistema. Foto: Vanexa Romero. Archivo EL TIEMPO.15.06.2026 22:01 Actualizado: 15.06.2026 22:01
El mundo enfrenta una crisis de agua sin precedentes que exige un cambio de paradigma en la forma en que valoramos y gobernamos nuestro recurso más preciado. LEA TAMBIÉN La magnitud del desafíoes gigante. Más de la mitad de la producción mundial de alimentos actualmente proviene de zonas en las que el suministro de agua dulce está mermando. Dos tercios de la población global sufre escasez de agua al menos un mes al año. Más de 1.000 niños menores de cinco años mueren cada día, en promedio, por enfermedades relacionadas con el agua. Y si se mantienen las tendencias actuales, los países de altos ingresos podrían ver su PIB reducirse un 8 % de aquí a 2050, mientras que los países de menores ingresos (muchos de ellos en África) se enfrentan a pérdidas del 10-15 %.Sin embargo, esta crisis también presenta una oportunidad extraordinaria para actuar. El Panel Internacional de Alto Nivel sobre Inversiones en Agua para África muestra que por cada dólar invertido en agua y saneamiento resilientes al clima se obtiene una rentabilidad de 7 dólares. Tratar al agua como un bien común global y adoptar enfoques orientados a esta misión para transformar la crisis en una oportunidad requiere reconocer tres hechos críticos. En primer lugar, el agua nos conecta a todos -no solo a través de ríos y lagos visibles, sino mediante flujos de humedad atmosférica que atraviesan los continentes-. En segundo lugar, la crisis del agua es inseparable del cambio climático y de la pérdida de biodiversidad, que se aceleran mutuamente en un círculo vicioso. Y, en tercer lugar, el agua está presente en todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), desde la seguridad alimentaria y la salud hasta el crecimiento económico. LEA TAMBIÉN Sin embargo, con demasiada frecuencia, las inversiones en agua siguen el manual fallido de la financiación climática y para el desarrollo. Existe una tendencia a minimizar el riesgo del capital privado sin garantizar la rentabilidad pública, a financiar proyectos sin una dirección estratégica y a tratar el agua como un problema técnico, y no como un desafío sistémico. Con estos planteamientos se corre el riesgo de crear una infraestructura hídrica que beneficie más a los inversores que a las comunidades, que exacerbe las desigualdades existentes y que no aborde la naturaleza interconectada de las crisis de agua, climática y de biodiversidad.Esta interconexión exige un nuevo marco económico cuyo objetivo sea moldear los mercados de forma proactiva, en lugar de limitarse a corregir los fallos a posteriori. Necesitamos pasar del pensamiento de costo-beneficio a corto plazo a la creación de valor a largo plazo, y eso exige inversiones que moldeen los mercados para el bien común.Las misiones de este tipo exigen objetivos claros -como garantizar que ningún niño muera por falta de agua potable para 2030-. Una vez establecidos los objetivos, toda la financiación puede alinearse con ellos a través de enfoques intersectoriales que abarquen la agricultura, la energía, la fabricación y la infraestructura digital. En lugar de elegir sectores o tecnologías, se trata de encontrar socios, en todos los sectores, dispuestos a abordar desafíos comunes. Estas inversiones orientadas a la misión también pueden conducir a la diversificación económica, creando nuevas oportunidades de exportación y vías de desarrollo.Pensemos en el enfoque de Bolivia para la extracción de litio. En lugar de limitarse simplemente a exportar materias primas, el país está desarrollando estrategias para evitar la tradicional “maldición de los recursos” creando capacidades nacionales de producción de baterías y participando directamente en la transición energética. Al hacerlo, está convirtiendo su riqueza en recursos en capacidad de innovación, fortaleciendo las cadenas de valor y creando nuevos mercados de exportación para actividades de mayor valor. LEA TAMBIÉN En la actualidad, se destinan más de 700.000 millones de dólares anuales a subvenciones para el agua y la agricultura, que a menudo incentivan el uso excesivo y la contaminación. Si se redireccionaran estos recursos hacia la agricultura eficiente en el uso del agua y la restauración de los ecosistemas, con condiciones claras, podríamos transformar la economía del agua de la noche a la mañana. Para ello, los bancos públicos de desarrollo pueden aportar capital paciente para infraestructura hídrica, exigiéndoles al mismo tiempo a los socios privados que reinviertan las ganancias en la protección de las cuencas.A través de las Alianzas para el Agua Justa -marcos de colaboración que agrupan estos proyectos de energía solar y agua subterránea para aumentar la rentabilidad y, al mismo tiempo, garantizar la apropiación comunitaria-, la financiación internacional puede canalizarse hacia una infraestructura hídrica que contribuya tanto a los objetivos nacionales de desarrollo como al bien común mundial.Este es el momento para pasar de tratar al agua como un recurso local a gobernarla como un bien común global, de la gestión de crisis a la configuración proactiva del mercado, y de considerar la inversión orientada a esta misión como un costo a reconocerla como la base del crecimiento sostenible. Invertir en agua equivale a invertir en el futuro del mundo. La cuestión no es si podemos permitirnos actuar, sino si podemos darnos el lujo de no hacerlo.(*) Profesora del University College London y directora fundadora del Instituto para la Innovación de la UCL. Este artículo es una versión editada del original. Sigue toda la información de Vida en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.












