La infancia de Débora Soares, 41 años, fue atípica. Nació en el mayor manicomio de Brasil, donde su madre trabajaba de auxiliar de enfermería y su padre, de portero. Era un gran complejo hospitalario donde fue a la guardería y que frecuentó durante años. Cuando iba de visita con sus padres, veía a los internos, a veces charlaba con ellos, a algunos incluso los conocía por el nombre, pero también vislumbró algo del horror perpetrado en nombre de la medicina. “Vi algunas escenas… Pacientes desnudos, gritos, mal olor. Pero entonces no comprendía la dimensión de aquello porque me crié allí, ¿entiende?”, decía Débora este miércoles en su primera entrevista con un medio extranjero. Algunos de los empleados del hospital cuchicheaban a su espalda porque muchos conocían el gran secreto, que descubrió ya veinteañera.La falta de fotos del embarazo y la actitud materna alimentaron las sospechas sobre su origen. Un día, preguntó a una de las niñeras de su infancia, que no se anduvo con rodeos. Le contó lo que sabía. Era adoptada y su madre biológica, una de aquellas mujeres que deambulaban sin rumbo por el patio del psiquiátrico de Barbacena, una ciudad a 280 kilómetros de Río, en el Estado de Minas Gerais, tierra de minerales, café y centros de salud mental.Con el tiempo, supo que su madre biológica fue ingresada a la fuerza con solo 16 años, tras ser abandonada a los ocho a causa de sus crisis epilépticas y vagar por otros sanatorios, y que nunca más vivió extramuros. Murió con 50 años.A Débora la entregaron a sus padres adoptivos al nacer, sin trámite, nada excepcional en aquel lugar. Se estima que ese fue el destino de al menos 30 bebés nacidos en el psiquiátrico. “Adopción a la brasileña, lo llamaban entonces”, recuerda. Los Soares la inscribieron como hija natural. Con los primeros datos sobre su verdadero origen, corrió al hospital en busca de la desconocida que la trajo al mundo. Mientras esperaba la respuesta de la administración, preguntó a algunos residentes.Una le soltó la verdad a bocajarro. “Una paciente que conocía de la niñez me dijo: ‘La persona que buscas es Sueli Resende porque tuvo dos hijas aquí. Creo que ya murió’, relata Débora en un café de Belo Horizonte. Esta licenciada en Letras que trabaja de cajera en un supermercado rememora el drama familiar con impresionante entereza. Solo el frotar constante de las manos denota cierto nerviosismo. Lleva mucha terapia a la espalda.El Hospital-Colonia, como lo conocen en Barbacena, fue durante décadas epicentro de la infamia cometida en nombre de la psiquiatría en Brasil y otros países. El hambre, el frío, las torturas y la diarrea se llevaron por delante a unos 60.000 pacientes, locos supuestos o reales. Las muertes eran tantas que tenía cementerio. Hacían negocio con la venta de cadáveres a las universidades. Pero en aquellas naves con celdas de castigo también nacieron bebés, como Débora o João Bosco Siqueira, de 59 años. Nadie sabe cuántos; podrían ser cientos.Ahora ellos, junto a otros supervivientes, han demandado al Estado brasileño ante la justicia. Exigen que asuma su responsabilidad y que los indemnice por los daños morales que sufrieron durante “uno de los capítulos más oscuros y masivos de la violación de los derechos humanos en Brasil, perpetrado con la complicidad del Estado, de parte de la comunidad médica y de la sociedad”, dice la demanda, elaborada por el abogado Gabriel Hess, hijastro de Débora. “Porque es tan delicado que requiere alguien de confianza absoluta”, apunta ella.La madre de João Bosco, Geralda Siqueira, dio a luz en el manicomio, tras ser internada a la fuerza con 14 años. Estaba cuerda, pero embarazada tras el abuso sexual cotidiano al que la sometía el patrón de la influyente familia para la que servía. La metieron en un tren con destino a Barbacena, donde tenían una pariente que era monja. Tras el parto, convivió con el niño un par de años, hasta que a finales de los sesenta se lo llevaron sin avisar.Desesperada, sufrió una crisis, así que la sometieron a electrochoques. Explica João Bosco que “al día siguiente la amenazaron: si me buscaba o volvía a sacar el tema, sería aún peor”. A él, detalla este bombero militar jubilado en un patio arbolado de Belo Horizonte, lo enviaron al primero de los orfanatos donde creció. Cuatro décadas pasaron hasta que los compañeros de trabajo del hijo localizaron a doña Geralda y propiciaron el reencuentro como regalo de cumpleaños. Un mes después la visitó en su casa: “Por primera vez nos sentamos a hablar. Ella me contó la historia; me explicó todo lo que tuvo que pasar”. Ella también suscribe la denuncia.El centro de Barbacena cerró definitivamente en mayo con el traslado de los últimos 14 pacientes a una finca extramuros. Los demandantes temen que peligren las historias médicas y toda la memoria documental del sanatorio. Su deterioro o desaparición abriría la puerta a que, el día que muera el último implicado, el cruel sistema que arruinó las vidas de sus madres y afectó tanto a las suyas quede enterrado en el olvido. Están decididos a impedirlo.Barbacena fue durante el siglo XX una especie de ciudad-manicomio gracias a que tenía un clima fresco de montaña y llegaba el tren. El más importante de los hospitales psiquiátricos fue fundado en 1903 como sanatorio para ricos, con lujos como teléfono y cubertería de plata. Los internos posteriores llegaron a perder la dentadura tras años de comer con las manos.Los psiquiátricos se convirtieron en pilar de la economía local y también en depósito de miles de personas desechables para la sociedad. “No fue una mera negligencia hospitalaria, sino una política deliberada de exterminio dirigida contra individuos considerados indeseables, que transformó un supuesto lugar de atención en un campo de exterminio”, continúa la demanda, que acusa a las instituciones por omisión y por acción.Una extensa red ferroviaria que confluía en la ciudad llevó hasta allí a decenas de miles de personas. Se estima que dos tercios no eran enfermos mentales. Muchos enloquecieron tras aquellos muros. João Guimarães Rosa, uno de los grandes escritores brasileños, le dedicó un cuento a lo que bautizó como el tren de los locos, expresión que caló en la sociedad. Los vagones iban atestados de pasajeros que solo hacían el viaje de ida.Prostitutas, alcohólicos y vagabundos compartieron destino con homosexuales. Y con disidentes políticos. Con madres solteras, esposas confinadas por sus maridos e hijas que perdieron la virginidad antes de casarse. Con “mujeres que desafiaron el orden patriarcal”, apunta la demanda.Estos hijos del manicomio del horror tuvieron la idea de denunciar al Estado al saber que en 2025 el Ministerio Público, que en Brasil es un híbrido de Fiscalía y Defensor del Pueblo, abrió una investigación sobre el hospital de Barbacena como paso para afrontar las infamias del pasado. El trato inhumano no era un secreto bajo siete llaves. En el hospital trabajaba mucha gente, de médicos a limpiadores. Algunos incluso llevaban a sus niñas a pasar la tarde. El fiscal Angelo Giardini de Oliveira, que lleva el caso, recalca en su despacho que “algo así no ocurre solo por la actuación del Estado, sino porque una parte de la sociedad lo acepta y apoya”. Pese a puntuales reportajes-denuncia, como el del fotógrafo Luiz Alfredo, que en 1961 retrató a los pacientes como zombis en blanco y negro (imágenes que pertenecen al archivo municipal de Barbacena), las mejoras fueron mínimas durante décadas. El interés por aquellos seres humanos tratados como animales era escaso.El gran punto de inflexión fue Holocausto Brasileiro, un libro publicado en 2013 por la periodista Daniela Arbex que se convirtió en superventas. La sociedad brasileña empezó a entender la dimensión del horror.El fiscal De Oliveira recalca que una investigación como esta requiere una sociedad madura y sensibilidad. Su equipo avanza paso a paso. Aspiran a buscar la verdad, a preservar la memoria, pero también escuchan a las víctimas para saber qué forma debería adoptar la reparación colectiva. “Estamos en una fase inicial, de escucha, concienciación, recopilación de documentos y comprensión del alcance de las violaciones de derechos que ocurrieron allí”, apunta el fiscal.Débora, João Bosco y otra víctima ya han declarado. La Universidad Federal de Belo Horizonte y la de Juiz de Fora, dos de las 17 que compraron cadáveres de pacientes, han pedido perdón recientemente. Y la fundación pública que gestionaba el hospital va a digitalizar los archivos.