A uno de ellos, a Marcos, no le gusta ponerse ropa, ni zapatos. Tampoco tolera que le toquen, ni interactuar con otros. Es incapaz de hablar. De ese calibre son las secuelas de décadas de abandono y de un trato literalmente inhumano en un manicomio al que llegó a los 10 años, el más infame de la historia de Brasil. Este lunes el Hospital-Colonia de Barbacena, donde unos 60.000 brasileños murieron de hambre, frío y diarrea hasta los años ochenta, cerró definitivamente sus puertas y, con él, el capítulo más cruel de la psiquiatría en Brasil. Los últimos pacientes-supervivientes, 14 ancianos enfermos, sin familia y con graves secuelas, incluido Marcos, han estrenado nuevo hogar. Una vivienda en la zona rural de Barbacena, conocida todavía como la ciudad de los locos.Un candado en la puerta de entrada del Hospital-Colonia, fundado como sanatorio para ricos y convertido en manicomio en 1903, ha simbolizado la trascendencia del acto. “Es un momento de reparación histórica, de colocar un candado definitivo en esta historia de dolor y de recordar un pasado que no se debe repetir”, ha proclamado una de las víctimas, un paciente llamado Bento, informa el medio G1. La salida de los últimos 14 pone fin a un proceso de traslado progresivo del centenar largo de supervivientes, que son muy dependientes y hace muchos años reciben una atención médica humanizada. Algunos pudieron volver con sus familias; para el resto se crearon comunidades terapéuticas en la misma ciudad. Viven en grupos, en casitas, al cuidado de varios profesionales, como pudo comprobar esta corresponsal al visitar uno de esos hogares en 2021. Y en el recinto del Hospital-Colonia, se inauguró el Museo de la locura, que repasa la espeluznante historia de lo ocurrido entre aquellos muros. Barbacena aprendió de su propia historia y se convirtió en referencia en atención psiquiátrica.Durante buena parte del siglo XX, el primer y principal manicomio de Barbacena funcionó como una especie de vertedero de supuestos indeseables, mujeres y hombres de los que la sociedad quería librarse. Miles de personas, alcohólicos, madres solteras, homosexuales, epilépticos, inconformistas, prostitutas, niñas rebeldes… fueron enviados allí por la policía, sus patrones o sus familias. La mayoría de ellos estaban cuerdos, no eran enfermos mentales, simplemente no encajaban en los moldes de la sociedad imperante, los querían perder de vista. La afluencia era tanta que había una línea de tren que llegaba hasta la puerta. La ciudad se especializó en el cultivo de rosas y en los centros para enfermos mentales.Los 14 que quedaban eran los más impedidos entre los supervivientes. La iniciativa de llevarlos a un nuevo hogar partió del Gobierno de Minas Gerais. Tras la reforma de las instalaciones y la humanización de la atención psiquiátrica, “se creyó que estaban muy bien atendidos y que no había necesidad de sacarlos de allí. Pero ese es el lugar donde los depositaron. Se les podía dar el mayor cariño del mundo, la mejor comida, los mejores cuidados, pero aun así siempre se sentirían como en un manicomio”, explicó al diario O Globo el secretario estatal de salud, Fábio Baccheretti. “Así que decidimos que, incluso un residente que no tiene contacto con otras personas, que tiene muchas enfermedades asociadas, que no puede andar por la calle, tiene que salir de allí para sentir que no está en un hospicio”. Todo indica que se refiere a Marcos.El hombre que rechaza ropa y calzado, el internado a los 10 años, en realidad no se llama Marcos. Las autoridades sanitarias de Minas compartieron detalles personales de últimos supervivientes con Radio Itatiaia, pero cambiaron sus nombres y mezclaron algunas características para proteger sus identidades. Amanda fue dejada en el manicomio a los 13 años porque tenía ataques de rabia, además, era hija de madre soltera. Simone es una viejita cariñosa postrada en una silla de ruedas que fácilmente tiene prontos agresivos. Gabriel, ciego, se pasa el día canturreando. También sabemos que uno de ellos ha cumplido los 91 años, una hazaña tras tanta crueldad y privaciones.Durante décadas, en el Hospital-Colonia no hubo médicos ni enfermeras, solamente guardas para vigilar a miles de personas que deambulaban por celdas y patios desnudas, que dormían en círculos para darse calor en las frías noches de invierno.Hubo un tiempo en que el tratamiento se limitaba a dos opciones: pastillas rosas o azules, en función de los síntomas. También se aplicaron durante un tiempo los tratamientos considerados innovadores como la lobotomía o el electroshock. La contención forzada y los castigos eran rutina. En nombre de la seguridad, los cubiertos quedaron desterrados. Como los alimentaban con purés putrefactos, muchos perdieron la dentadura. Tampoco tenían agua potable.Eran tantos los muertos que el hospital tenía cementerio. Pero ni siquiera todos recibieron sepultura. Unos 2.000 cadáveres fueron vendidos a universidades de la zona. Recientemente, las Universidades Federales de Minas Gerais y Juiz de Fora pidieron perdón públicamente por violar la dignidad de aquellas personas. El Museo de la Locura, en la ciudad brasileña de Barbacena, acaba de cumplir 25 años. Fue inaugurado en uno de los pabellones del Hospital Colonia, donde decenas de miles de personas fueron internadas a lo largo del siglo XX hasta que cerró en los años noventa. Unas 60.000 personas murieron allí de frío, hambre o diarrea. El museo es un recorrido por aquellos horrores perpetrados en nombre de la psiquiatría contra enfermos mentales y otras muchas personas cuerdas pero rechazadas por la sociedad.Flavio TavaresLos uniformes de tela de saco que vestían algunos de los internos. Durante largas temporadas, malvivían desnudos a la intemperie o en celdas. La mayoría de los internos estaban cuerdos. Eran alcohólicos, sifilíticos, prostitutas, homosexuales, epilépticos, madres solteras, esposas a las que sustituir por una amante, inconformistas… supuestos desperdicios sociales a los que sus familias o la policía enviaban en trenes hasta Barbacena.Flavio TavaresEl tratamiento consistía en pastillas rosas o azules dependiendo de los síntomas, lobotomías o electrochoques sin anestesia. En la foto, dos imágenes del hospital Colonia tomadas por el reportero gráfico Luiz Alfredo durante una visita en 1961, y debajo, dos máquinas de electrochoques y una para controlar el ritmo cardiaco del paciente sometido a descargas. La fotografía antigua de la izquierda muestra el carrito de la muerte, en el que los cadáveres de los fallecidos eran trasladados a un cementerio que pertenecía al centro, evidencia de que la principal misión no era curar.Flavio TavaresEl morral en el que cada paciente del Colonia de Barbacena guardaba sus pertenencias. La mayoría solo poseía un plato y una taza. Y los que fumaban, una pipa. Si conseguían ropa la llevaban siempre puesta para que nadie se la robara. Esta ciudad brasileña es conocida como 'la ciudad de los locos' por la atroz historia del manicomio y porque allí se concentraron durante décadas los servicios de psiquiatría de todo el Estado de Minas Gerais, que tiene la extensión de España.Flavio TavaresLas esposas que se utilizaban para contener a los ingresados en el principal manicomio de Barbacena. Constantemente llegaban hasta allí personas enviadas por sus familias, la policía o médicos, muchos de ellos, personas cuerdas pero indeseables para el resto de la sociedad. El trato era inhumano. "Hoy he estado en un campo de concentración nazi. En ningún lugar vi algo así", declaró tras visitar el Colonia en 1979 el psiquiatra Franco Basaglia, impulsor de la reforma de los manicomios en Italia. Periodistas locales hicieron las primeras denuncias públicas en los sesenta y los setenta. Sus fotos y relatos causaron espanto, pero pronto cayeron en el olvido.Flavio TavaresAlgunas de las cazuelas del hospital que están expuestas en el Museo de la Locura de Barbacena (Brasil). Los miles de internos —llegó a haber 5.000— eran alimentados con purés putrefactos porque las autoridades desterraron los cubiertos —en nombre de la seguridad—, de manera que tras décadas sin masticar muchos perdieron la dentadura. Durante buena parte de su historia, el hospital solo tuvo guardas, no había médicos ni enfermeras.Flavio TavaresEntre las decenas de miles de internos hubo, además de hombres, mujeres y niños que se fabricaban sus propias muñecas. Y a veces, como muestra la foto, les colocaban esposas como las que eran de uso habitual en el hospital psiquiátrico, que cerró en los años noventa. Los internos que sobrevivieron fueron repartidos por residencias terapéuticas de la ciudad de Barbacena, que tiene 27 de estos centros.Flavio TavaresEl cráneo de uno de los internos, expuesto en el Museo de la Locura de Barbacena (Brasil). Ni después de muertos tenían piedad con aquellos hombres, mujeres y niños. Los cadáveres de 1.800 de ellos fueron vendidos a universidades entre los años sesenta y los setenta. Y el resto de los fallecidos fueron enterrados en fosas comunes del cementerio del hospital, que lleva años cerrado. Un cartel en la entrada promete que será convertido en un memorial de las rosas y la locura, pilares de la economía local.Flavio TavaresLa prensa local fue la primera en denunciar las atrocidades en 1961 y en 1979. Sus fotos y relatos causaron espanto, pero pronto cayeron en el olvido. La periodista Daniela Arbex era una adulta cuando tuvo la primera noticia del atroz episodio de la historia local. “Fui a buscar a los supervivientes. Y gracias a ellos conseguí rescatar lo que ocurría tras los muros”, explica la autora del libro 'Holocausto brasileiro', de 2019. Un superventas que contribuyó a divulgar un horror del que muchos brasileños jamás han oído hablar. Ella insiste en que todos fueron cómplices, los médicos, las familias, los vecinos…Flavio TavaresInstrumentos utilizados para practicar lobotomías, un tratamiento común en la época que se usó en el manicomio Colonia de Barbacena. Su inventor recibió el premio Nobel en los años cuarenta, según se explica en el Museo de la Locura, construido en uno de los pabellones que acogió el hospital.Flavio TavaresLa entrada del Museo de la Locura en Barbacena, que acaba de cumplir 25 años, creado para preservar la memoria de los horrores vividos por miles de brasileños en el hospital Colonia. El resto de los pabellones que ocupó son un hospital psiquiátrico y uno general.Flavio TavaresEn 1979, un médico extranjero visitó Barbacena y testimonió lo que ocurría tras los muros. “Hoy he estado en un campo de concentración nazi. En ningún lugar vi algo así”, declaró el psiquiatra Franco Basaglia, impulsor de la reforma de los manicomios en Italia. Aquellas palabras causaron conmoción y dieron alas al movimiento para reformar profundamente la atención psiquiátrica en Brasil y humanizarla. Las primeras fotos de aquellos seres humanos famélicos deambulando con la mirada perdida las publicó en los sesenta en blanco y negro una revista brasileña, pero no propiciaron cambios drásticos.Las atrocidades perpetradas en nombre de la psiquiatría tuvieron una repercusión limitada fuera y dentro de Minas Gerais. Cayeron en el olvido. Iniciada la reforma que convirtió los manicomios en hospitales psiquiátricos, la periodista Daniela Arbex descubrió la historia, la investigó, entrevistó a supervivientes, a enfermeras, a guardas... y recogió aquella atrocidad en un libro titulado Holocausto brasileiro, convertido en superventas. Y después en docuserie de televisión. Es ella la que estima que el 70% estaban cuerdos. Y que el 80% de ellos eran negros. Sí, también ahí había una lógica racista.