En un pequeño pueblo de apenas 300 habitantes, el banquito de madera que un vecino montó sobre el acantilado allá por 2009 se ha transformado en un imán para los turistas. Este balcón de Loiba (A Coruña) frente a las salvajes aguas del Atlántico recibió el apodo de 'el banco más bonito del mundo', y desde entonces, la tranquilidad ante su vista escarpada se esfumó de un plumazo. En las seis semanas fuertes del verano —de mediados de julio a finales de agosto— lo visitan unas 40.000 personas, formándose interminables colas para hacerse la foto de turno. Y subirla a Instagram, claro. El fenómeno Santorini exportado a Galicia. 1.200 kilómetros hacia el este, la muralla histórica de Tossa de Mar (La Selva, Girona) es ahora la meca de peregrinaje para los fans del género k-pop. Miles de turistas surcoreanos fletan buses y contratan excursiones para posar en un punto conocido como el Agujero del Demonio, que conecta la zona de la Vila Vella con la cala Es Codolar. Lo hacen para seguir los pasos de YooA, fenómeno mundial de este estilo musical que grabó allí un par de videoclips. Solamente en 2022, este pueblo costero de 6.000 habitantes recibió medio millón de visitantes asiáticos, recorriendo miles de kilómetros desde el otro extremo del mundo en busca del chispazo de un selfie. En Xàbia (Alicante), la puerta azul de una antigua casa de pescadores situada en la Cala Portitxol (también conocida como Cala Barraca) se convirtió en otro destino "Instagram" propulsado por la euforia de los influencers. En temporada estival hay colas constantes de 30 personas a 40 grados que esperan su momento desde primera hora de la mañana hasta que el sol se pone. Mientras, el hashtag #portixol arroja más de 50.000 resultados. Hace dos veranos, el grupo antituristificación Garrot precintó la puerta para llamar la atención sobre la saturación de los espacios naturales y los problemas que acarrea para la calidad de vida de los residentes. “Garrot als influencers que venen la nostra terra i especulen en la nostra vida” ("Palo a los influencers que venden nuestra tierra y especulan con nuestra vida"), rezaba su mensaje, acompañado de la etiqueta #touristsgohome. El propio Ayuntamiento, que lleva años restringiendo el acceso de coches a la Barraca y a su vecina la Granadella, ha anunciado que implantará tecnología inteligente y sensores para controlar el aforo al minuto y no sobrecargar el litoral. Los vecinos siguen en pie de guerra: hoy hay 4.300 viviendas turísticas en Xàbia. En definitiva, ahora el verano se pasa haciendo cola. Y más allá de la Alhambra, la Sagrada Familia, la Playa de las Catedrales o la Catedral de Santiago de Compostela, nuevos rincones, antes joyas secretas, hoy se vuelven virales y se llenan hasta la bandera, amplificados por el altavoz de las redes. ¿Se está subordinando el espacio físico al digital? ¿Lo que no se sube no existe? ¿Somos viajeros clones? ¿Qué tienen que ver las vacaciones relámpago con el descanso que antaño reivindicaba la clase trabajadora? ¿Hay una dictadura de la felicidad en redes? Odiamos las colas, pero… Juan Pedro Mellinas, profesor del Departamento de Comercialización e Investigación de Mercados de la Universidad de Murcia, participó en un estudio que analizó el pequeño porcentaje de críticas negativas que recibían las conocidas como maravillas del mundo. “Las colas eran precisamente la categoría que mayor porcentaje de quejas acumulaba”, explica. A las que son inevitables (banco, burocracia, supermercado, parking) se añade un nuevo tipo de espera: las colas para foto. Estar horas y horas parapetado de pie para obtener el premio de los likes se ha convertido en un ritual socialmente aceptado, un precio a pagar por el chute de dopamina. Se viaja pensando en ese otro mundo, el virtual. Y también se eligen cada vez más vacaciones atendiendo al móvil. De hecho, un estudio de Travel Trends 2026 refleja que uno de cada cuatro españoles ya decide sus rutas basándose exclusivamente en la viralidad de Instagram y TikTok. “Al buscar el encuadre perfecto, las personas se concentran en un punto concreto de una atracción, en lugar de distribuirse como solía pasar antes”, apunta Mellinas. Suele tratarse de sitios muy concretos y pequeños. “Una playa o un bosque no son tan problemáticos, pero cuando se trata de un banco, una estatua o una escalera, no admiten más de una persona en cada foto”. Así empieza la cola: porque nadie quiere renunciar al premio. La hipervisibilidad como motor del viaje “El orden natural del viaje se ha invertido. Antes la foto era el recuerdo de la experiencia; ahora la experiencia se diseña en función de la foto, hasta el punto de que mucha gente planifica el itinerario completo alrededor de tres o cuatro encuadres”, apunta Qui Marín Larios, director para el sur de Europa de la empresa de impresión fotográfica Cheerz. El ritmo se ha acelerado, buscando acumular lugares "icónicos" en pocos días. “Es un viaje más superficial, casi de checklist, donde se está físicamente en un sitio pero la atención está puesta en la pantalla y en la validación posterior”. La pregunta más profunda debería ser: ¿por qué viajamos? Si antes obedecía más al descanso o a la exploración, aunque también al prestigio, hoy la validación pública es el principal motor. “Antes queríamos tener un recuerdo personal y no éramos muy exigentes, pero ahora tendemos a buscar más la perfección”, apunta Mellinas. Es la happycracia de Instagram, un escaparate de nuestro capital social. "El valor de la experiencia ya no está tanto en vivirla como en demostrarla" ¿Las redes provocan que el gusto se homogeneice de un modo sin precedentes? Qui Marín Larios opina que sí. “El turista occidental actual es más planificado y más visual, pero paradójicamente menos espontáneo. Llega a un destino sabiendo exactamente qué foto quiere hacer porque la ha visto cientos de veces, y rara vez se desvía de ese guión”, señala. Todo por ser los niños bonitos del algoritmo, que premia ciertos lugares, encuadres y paletas cromáticas. “De ahí vienen la concentración extrema y las colas eternas, mientras que otros lugares bellos y menos instagrameables quedan vacíos, perdiéndose el reparto natural del turismo por el territorio”, añade. Otro efecto de la hipervisibilidad de redes se plasma en la economía emocional del viaje. “El valor de la experiencia ya no está tanto en vivirla como en demostrarla, lo que genera cierta presión social por "estar a la altura" de lo que se ve en redes”, añade. Ser tu propio jefe (también) en vacaciones “Estamos hablando de la intensificación de un fenómeno que ya existía”, explica Raül Valls, miembro de Alba Sud, un centro independiente de investigación en turismo desde perspectivas críticas fundado en Barcelona. “Desde la época moderna existe un afán de ir a donde no ha ido nadie, de singularizar la individualidad. Antes, coronar la cima del Everest era un hito del alpinismo, hoy es un fenómeno turístico: en el modelo turbocapitalista, donde todo se somete a la ganancia, aparece este consumismo narcisista”. Internet es la extensión de este ego viajero. “Antes las personas más privilegiadas podían colgar en su comedor o en su despacho la foto de sus vacaciones exóticas. Hoy se sube a redes: cada uno puede ser periodista o empresario de sí mismo”. Valls rechaza hablar de la masificación del turismo, y prefiere hablar de turistificación, recordando que el 80% de la humanidad no ha cogido nunca un avión y que menos del 10% hace turismo internacional. “En España, un 30% de la población no puede irse ni una semana de vacaciones”, recalca. Desde Alba Sud defienden que el turismo debe corresponder a necesidades humanas como salud, descanso, ocio o cultura, basándose en ritmos más tranquilos y tiempos más largos. “El sistema quiere que corramos de un lado a otro compitiendo porque es la manera más productiva de sacar beneficio a nuestro tiempo libre”, apunta. Se castigan la “pereza” o la “improductividad”, el “tiempo muerto” y los placeres sencillos: la siesta, el bocata, el paseo, las pipas en el parque. “La gente corriente no puede ir a todos esos sitios virales ni coger aviones a la otra punta del mundo”, asevera. “La clase popular coge mesas y sillas y se va al bosque, a la playa, a comer unos filetes empanados o una tortilla de patatas, y hoy incluso eso se criminaliza, especialmente si lo hace gente migrante en un parque urbano”, apostilla. Valls cree que los viajes relámpago y la aceleración de las experiencias provoca que nadie se pare a reflexionar sobre el inasumible coste ambiental y energético de saturar espacios naturales o hacer miles de kilómetros solo para una foto. “Hemos olvidado que las vacaciones son para descansar, para disfrutar, para aprender, para no hacer nada”, repone. Como reivindica Juan Evaristo Valls Boix en JOMO. El gusto de perder, recientemente publicado en Anagrama, este término (cuyo significado en inglés es joy of missing out) “designa un deseo nuevo, pequeño y valiente, poderoso y tranquilo”. Y lo describe así: “Una rana flotando en un estanque ilustra un meme del JOMO. Una señora bien tapada en su cama, con la soberbia testa de su gato al lado, encarna las siglas del JOMO. Una nutria jubilosa, un perro tumbado, dos conejas en el prado, la ternura de las camas, tanta gente en pijama, horizontales y sonrientes celebran la gloria de dejarlo todo pasar, de no ganar en nada, de dejar de correr, de comprar, de consumir”. Desde la perspectiva de Valls, de aquellos polvos, estos lodos. Las colas son la consecuencia natural de esta turistificación, un “efecto casi cómico y bastante ridículo del uso del tiempo libre. Estar hipervigilante y correr a un sitio para hacer check y subir una foto es trasladar el trabajo a las vacaciones. Es absurdo, no aporta nada a la persona y no tiene nada que ver con el descanso”, concluye. Pero matiza. “Las lógicas que nos llevan a esto la gente no las escoge, sino que muchas veces nos arrastran”. Pone como ejemplo la disonancia cognitiva que hay entre la emergencia climática y nuestras costumbres. “No es compatible ampliar el aeropuerto de Barcelona con buscar vías para no seguir calentando el planeta”. FOMO versus deseo propio Cristian Figueredo, jefe del Servicio de Psicología del Hospital CIMA Sanitas de Barcelona, explica que el problema aparece cuando la necesidad de mostrar reemplaza el disfrute. “Si estás más pendientes de cómo saldrá la foto o de cuántas reacciones recibirá, corres el riesgo de estar más ocupado construyendo una imagen que habitando el momento. Paradójicamente, cuanto más intentamos demostrar que llevamos una vida extraordinaria, más podemos alejarnos de preguntarnos qué es lo que realmente nos conmueve o nos hace bien. Viajar puede convertirse entonces en una forma de responder a las expectativas ajenas, en lugar de responder a un deseo propio”, indica. Su consejo es preguntarte si ese lugar viral o ese momento siguen siendo valiosos una vez guardas el teléfono. “La comparación constante y el miedo a quedarse fuera de lo que hacen los demás, lo que hoy conocemos como FOMO, pueden llevarnos a elegir destinos, actividades o incluso formas de viajar que responden a la sensación de que deberíamos estar allí y no a lo que queremos”, apunta. “Cuando eso ocurre, hay menos espacio para la sorpresa”. El psicólogo recuerda que nuestra atención es limitada. “La cuestión es quién está al servicio de quién: si hacemos una foto porque queremos recordar un instante o si terminamos viviendo ese instante únicamente para obtener una buena foto”, corriendo el riesgo de acabar siendo “espectadores de nuestra propia vida”. Si en lugar de rendirnos a las sensaciones de un paisaje, una conversación o un encuentro, nos situamos un paso atrás, observando cómo quedará todo desde fuera y cómo somos mirados, la experiencia se empobrece, “se degrada a una acumulación de registros”. Desde su perspectiva, el equilibrio está en tener una “cierta claridad interna sobre qué lugar ocupa la mirada de los demás en nuestras decisiones”. Dicho de otro modo, compartir algo en redes no es malo per se, sino que ese gesto anticipe y organice la experiencia. “Cuando la foto es consecuencia de la experiencia y no su objetivo, la relación es más libre”, apunta. También sugiere tiempos sin cámara ni registro durante los viajes. “Si puedes sostener lo que te interesa o atrae sin necesitar de validación constante, deja de ser una obligación implícita y vuelve a ser un gesto sencillamente poco importante”. Humans of late tourism En Loiba, en Xàbia o en Tossa se repite la misma escena. “La de un viajero influido por la imitación más que por el descubrimiento, que a menudo regresa con cientos de fotos pero con la sensación de no haber conectado realmente con el lugar”, explica Qui Marín Larios. “Pueblos pequeños como Loiba, o espacios naturales protegidos como las islas Cíes, no tienen infraestructura para absorber esos flujos. El resultado es tráfico colapsado, basura, erosión de senderos y ecosistemas, saturación de servicios básicos pensados para unos pocos cientos de personas y, en muchos casos, encarecimiento de la vivienda y desplazamiento de los residentes hacia un modelo de alquiler turístico”, resume. Bajo su criterio, el daño más profundo es que es un tipo de turismo que tiende a extraer valor del lugar sin devolverlo a la comunidad. “Cuando un sitio se reduce a ser un fondo para fotos, la cultura, el comercio local y la vida cotidiana quedan en segundo plano y a menudo los vecinos sufren las molestias: ruido, pérdida de tranquilidad, masificación; sin recibir apenas beneficio económico real, porque buena parte del gasto se queda en plataformas externas. Se genera además un desgaste social: la sensación de vivir en un decorado y no en un hogar”. En X, la antigua Twitter, una cuenta llamada @LateHumans comparte noticias y fotos sobre las dinámicas turísticas contemporáneas, desde las más frecuentes a las más alienígenas. Selfies delante de pintadas de "Tourist go home", una placa de los indios navajos rogando que los familiares no arrojen en el Machu Picchu las cenizas de sus difuntos o visitantes robando unos ladrillos de un horno crematorio en Auschwitz. Y colas, muchas colas.