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05/07/2026 a las 02:08h.

La 'pick up' que conduce el agente de la guardia fronteriza de los Estados Unidos, Jesús Basavilbaso, no deja de dar botes. Después de unos 20 minutos por la I-19, la carretera del Estado de Arizona que une Tucson con Nogales, la última ciudad antes de llegar a la frontera con México, el camino comienza a hacerse más tortuoso cuanto más cerca se está del gran muro. Es una carretera de piedras, baches y arena. No se puede esperar otra cosa, es el desierto de Sonora.

Una vez en la frontera, el paisaje es curioso: a un lado, en Estados Unidos, oficinas de control fronterizo y mercancías, nada más; del otro, en México, una ciudad en plena actividad, con sus tiendas y quioscos de comida pegados a la valla. Y en medio, un muro que impresiona. En algunas zonas se levanta hasta los seis metros y en otras hasta los nueve, justo lo que mide en este mismo lugar.

Lo que hace apenas dos años era uno de los principales corredores de inmigración irregular hacia Estados Unidos vive hoy una calma inédita. En el sector de Tucson, los cruces ilegales han caído cerca de un 90% respecto a 2024, según datos de la Patrulla Fronteriza. La tendencia se repite en San Diego (California), donde el refuerzo de agentes, militares, tecnología y barreras físicas ha transformado por completo el paisaje fronterizo.