El 11 de mayo, el general mexicano Gerardo Mérida cruzaba la garita fronteriza de Nogales, en Arizona, en el sur de Estados Unidos, un movimiento sin precedentes en la historia moderna de la realidad binacional, marcada por la sospecha. Mérida emprendía así un camino distinto al esperado, a juzgar por los dichos del Gobierno, en particular de la presidenta, Claudia Sheinbaum, que reclamaba una carga de prueba adecuada a la gravedad de las acusaciones: conspirar con el Cartel de Sinaloa para traficar drogas al norte de la frontera. Expertos que ha consultado EL PAÍS comparten igualmente su sorpresa y se preguntan por las siguientes etapas en el camino del general.El escándalo saltaba la semana pasada y se enfocaba automáticamente en el acusado principal, Rubén Rocha, dado su rango en el mundo civil. El morenista, gobernador en funciones de Sinaloa, figuraba al frente de la lista que había divulgado el Departamento de Justicia, diez funcionarios y exfuncionarios señalados de conformar el aparato de apoyo institucional del cartel. Un nombre aparecía en segundo plano, el de Gerardo Mérida. El ruido con Rocha se justificaba, pero el caso del militar retirado, que había alcanzado el grado máximo en la jerarquía castrense, generaba una herida profunda y silenciosa, anclada en el corazón de las Fuerzas Armadas.Las dudas apuntan ahora a los motivos del jefe militar. Pasados varios días desde la publicación de la acusación por parte de la justicia estadounidense, vista la defensa de Sheinbaum, la pregunta es clara: ¿por qué entregarse y por qué hacerlo aparentemente solo? Emilio Vizarretea, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, experto en asuntos castrenses, muestra su sorpresa. “Sí, es extraño, aparentemente había una cobertura por parte del Gobierno”, argumenta. “Es importante saber qué ha pasado estos días previos a su entrega, todos estamos reconstruyendo las últimas dos semanas”, añade. Raúl Benítez Manaut, del Centro de Investigaciones sobre América del Norte de la UNAM, experto igualmente en las dinámicas del Ejército y la Armada, se muestra igualmente sorprendido. Dada la poca información disponible, apenas se atreve a apuntar algunas posibilidades. “No sé si acaso el general oyó rumores de que estaban cerca de él, e igual entendió que era importante que se entregara”, dice. “Los militares resguardan la información entre ellos. Dentro [del Ejército] puede saberse, pero fuera… A lo mejor se enteró de que estaba empezando a circular la información por fuera y prefirió entregarse”, apunta. La situación es del todo insólita. El último precedente medianamente parecido resulta en realidad bastante ajeno. En 2020, la justicia de EE UU detuvo en Los Angeles a Salvador Cienfuegos, secretario de la Defensa durante el Gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018). General de división, mismo grado que Mérida, el jefe militar había viajado al país vecino sin saber que lo buscaban. Siempre mantuvo su inocencia –igual que Mérida hasta el momento– y batalló para volver a su país, movimiento que finalmente se dio, gracias al presidente entonces, Andrés Manuel López Obrador (2018-2024), que invocó la soberanía nacional en defensa del general detenido. El asunto con Mérida es distinto. Cuando cruzó la frontera, el jefe militar sabía a qué se enfrentaba y lo aceptó. La cuestión es por qué. Benítez Manaut apunta un cálculo procesal. “Entregarse te compra un futuro mucho más amable”, dice el experto, “hablamos de un cambio de cadena de perpetua virtual, a un asunto de cinco o 10 años, en cárceles con mejores condiciones, con mejor comida, etcétera”, añade. El experto no duda del éxito de la Fiscalía del país vecino ante el juez. Vizarretea añade un matiz: su edad. “Mérida tiene [casi] 70 años. La acusación que pesa en su contra apunta a penas de varias décadas. Si se ha entregado, es para negociar”, añade. Vizarretea apunta que la partida de Mérida es un asunto complejo. “Es una situación delicada para todo el instituto castrense. Ocupó cargos muy relevantes en el marco de la inteligencia y es reconocido en el medio. Nadie se esperaba que esto ocurriera con su persona, porque tuvo mucho reconocimiento, trabajó en áreas académicas muy importantes para el Ejército y tuvo un gran despliegue con Cienfuegos, es decir, que pasó por muchas áreas de la Secretaría durante sus años. Y tiene una gran experiencia operativa, eso es lo que lo vinculó a Sinaloa”, destaca el experto. La decisión de cruzar la frontera resulta misteriosa. “Lo que nos tiene intrigados es si entregarse fue una decisión colegiada con sus antigüedades”, sigue Vizarretea, en referencia a sus colegas al interior del Ejército, “o si fue una presión de la [actual administración de la] secretaria”, añade. Benítez Manaut aporta una visión algo distinta. “No creo que lo haya hablado con nadie... Puede ser, nadie tiene una bola de cristal. Pero es difícil pensar que ha compartido esa decisión, porque lo hubiera puesto en riesgo”, zanja.
La sorprendente entrega del general Gerardo Mérida
Expertos consultados por EL PAÍS muestran su extrañeza ante la decisión del jefe militar de cruzar la frontera, un movimiento sin precedentes en la realidad binacional moderna












