A la 1.20 horas de la noche del sábado 28 de junio de 1969, en el bar Stonewall de Nueva York, se encendieron las luces por amenazadora orden policial, pero a partir de aquella madrugada la vida empezó a cambiar para millones de personas históricamente discriminadas por su orientación sexual. En plena redada en aquel bar gay, cuando los policías vejaron a los clientes y ellos se negaron a identificarse, se desencadenó una protesta en la calle seguida por disturbios que cambiaron para siempre una lucha por las libertades civiles que sigue siendo necesaria en buena parte del mundo: la conquista de los derechos del colectivo LGTBI. Desde 2016 ese local en Greenwich Village es Monumento Nacional de los Estados Unidos, y la celebración del Orgullo, que llena estos días nuestras calles y plazas, conmemora aquella jornada. Dos años después de los hechos de Stonewall, la policía de la dictadura franquista realizó una redada en el Pasaje Begoña de Torremolinos que acabó con cierre de locales y detención de centenares de personas en aplicación de la Ley sobre Peligrosidad Social. Y es que la progresiva consecución de los derechos del colectivo no sería tan rápida. En plena Transición, cuando dicha ley seguía vigente, el pionero Front d’Alliberament Gai de Catalunya participó en las protestas que reivindicaban la amnistía en la Barcelona de 1976, y en 1977 organizó la primera manifestación del Orgullo a la que asistieron 5.000 personas que fueron reprimidas duramente por la policía. Un año después el Orgullo ya se celebró en Madrid, como registran unas emocionantes imágenes grabadas por Iván Zulueta que no habían sido proyectadas hasta hace pocos días. Son hitos fundacionales de una lucha noble y progresista que vivió un punto de inflexión definitivo cuando en 2005 España fue el tercer país del mundo en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. En marzo de 2021 el Parlamento Europeo declaró la Unión como un espacio de libertad para las personas LGTBI y actualmente España está considerado el mejor para el colectivo LGTBIQ+ en el continente, según los informes de ILGA (la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex). Algunos dirigentes de Vox y entidades de su órbita extremista reaccionan ante las manifestaciones del movimiento con una retórica anacrónica y ultramontana. Podría parecer una anécdota troglodita, pero por desgracia hay derechos que nunca pueden darse por seguros y esto exige defenderlos, en los parlamentos y también por parte de la sociedad civil, como demuestran manifestaciones como la de este sábado en Madrid.No son pocos los países donde aún existe legislación que castiga la diferencia sexual, como sucede en parte de África y casi todo el Golfo, y en algunos de ellos la homosexualidad todavía puede conllevar la pena de muerte, como ocurre en Irán o Arabia Saudí. Hay situaciones amenazadoras y discriminatorias que no son tan lejanas. Rusia ha prohibido el movimiento LGTBI al considerar extremistas a las organizaciones que lo integran y el activismo a favor de sus derechos puede implicar penas de cárcel y está provocando exilio. Hace tan solo mes y medio que se ha registrado en Polonia el primer matrimonio entre personas del mismo género, cuando el Ayuntamiento de Varsovia se atrevió a realizar este acto de justicia al aplicar la normativa del Tribunal de Justicia de la Unión Europea mientras todavía no existe una legislación estatal que lo permita. Tras el desafío victorioso que en 2025 el colectivo planteó frente a las políticas homotránsfobas del reaccionario Viktor Orbán, el pasado sábado Budapest pudo celebrar el Orgullo.El valor de esta fiesta lo sintetizó con claridad la lectora Sonia Porcel Barberán en una carta publicada hace pocos días: “El Orgullo no celebra una diferencia, sino la libertad de vivirla sin miedo”. Lo afirmó el sociólogo Didier Eribon en nuestras páginas: “Cuando desfilo en el Orgullo, me emociona ver a miles de personas que han logrado superar, al menos en parte, la obligación de esconderse”. La fiesta del Orgullo es hoy una jornada de luz.