Este domingo se celebra en Nueva York una gran fiesta. Justo cuando se cumplen 50 años del himno gay de ABBA Dancing Queen, el Orgullo en Manhattan se prevé multitudinario, con un desfile presidido, entre otros, por la actriz trans Dominique Jackson, famosa por la serie Pose, que retrataba el mundo del voguing de los años ochenta, y con actos paralelos como un musical basado en Más que rivales, el fenómeno cultural de la temporada sobre un tórrido romance entre dos jugadores de hockey sobre hielo. Pero más allá de las carrozas, la purpurina y el musicón, la realidad del colectivo LGTBIQ+ en Estados Unidos muestra una imagen mucho más grisácea. Por primera vez en mucho tiempo, las encuestas reflejan que el respeto a los homosexuales —y, sobre todo, a las personas trans— está retrocediendo. Los republicanos han tomado la lucha contra todo lo que tenga que ver con la transexualidad como una de sus grandes batallas culturales, con el presidente Donald Trump declarando en su primer día en la Casa Blanca que solo existen dos sexos y que estos son los que marca la biología. “El Gobierno está tirando dardos contra la comunidad, a ver cuál prende. Pero el mayor daño es que están logrando infiltrar el miedo. Y eso nos afecta mucho. El objetivo es que la gente no luche”, asegura desde Los Ángeles Bamby Salcedo, activista trans mexicana y fundadora hace 17 años de The TransLatina@ Coalition, ONG centrada en el apoyo a los dos colectivos más perseguidos por este Gobierno: los migrantes y las personas trans. Hay un detalle que puede parecer simbólico, pero que muestra el ambiente de vuelta atrás. El pasado febrero, la Administración de Trump ordenó retirar la bandera arcoíris del monumento junto al lugar mítico donde se inició el movimiento de liberación homosexual en 1969, el bar Stonewall Inn. El argumento fueron las directrices del Departamento de Interior sobre la exhibición de banderas no oficiales en terrenos administrados por el Servicio de Parques Nacionales. Los empleados del Stonewall fueron los primeros en notar la ausencia al llegar a su trabajo. Días más tarde, cientos de personas se concentraron en el lugar y varios cargos públicos desafiaron la decisión al izar de nuevo la bandera. Al final, el Gobierno dio marcha atrás y aceptó volver a poner la tela. “Es un recuerdo de que los neoyorquinos no dejarán que se reescriba nuestra historia”, tuiteó ese día el alcalde de la ciudad, Zohran Mamdani. Kaylin Terhune estaba este jueves a solo unos metros de la bandera origen de la polémica. A tres días de que se celebre el orgullo, esta voluntaria lesbiana de 35 años participa en una iniciativa vecinal para limpiar la calle antes de la gran fiesta. Es muy pesimista sobre la evolución del colectivo en Estados Unidos. “Tengo mucha suerte de vivir en Nueva York. Pero a amigos trans de otras partes del país se les está denegando tratamientos médicos. Y se están eliminando protecciones para asegurar derechos básicos como el trabajo o la vivienda”, asegura. Muy cerca de ella, Florent, de 73 años, rebaja la gravedad de la situación poniendo algo de perspectiva histórica: “Yo llegué a Nueva York en 1978 y la situación entonces sí que era difícil, no ahora. Trump genera mucho ruido, pero no está cambiando nuestras vidas”. Mes de la familia nuclearOtra guerra cultural la protagonizan varios Estados republicanos, decididos a olvidar el orgullo y festejar los valores tradicionales. Los gobernadores de Indiana y Tennessee han decidido bautizar junio como el Mes de la Familia Nuclear, para celebrar las uniones formadas por “un marido, una esposa y sus hijos biológicos, adoptados o en régimen de acogida”. En Alabama, la gobernadora Kay Ivey dijo que quería celebrar el Mes de las Familias Fuertes y hacerlo coincidir con el Día del Padre, ya que ellos son, según esta política republicana, los “cabeza de familia”. “Los hogares encabezados por un padre y una madre aportan a los niños la estructura y disciplina necesaria para triunfar en la vida”, explicó. Pero el gran objetivo de esta Administración dentro de las siglas del colectivo es, sin duda, la T de trans. Salcedo y su organización han contabilizado en los dos últimos años 500 reformas legales en Estados Unidos contra el colectivo LGTBQ+, de las que 300 están destinadas específicamente a las trans. “Nosotros perdimos el año pasado 1,5 millones de dólares en fondos, cerramos dos de nuestras sucursales y unas 10 compañeras tuvieron que irse. Solo ahora estamos empezando a sacar ligeramente la cabeza”, añade esta activista, nacida en Guadalajara (México) hace 56 años.Dos hospitales de Nueva York, el Monte Sinaí y NYU Langone, han informado de que sus tratamientos de reasignación de sexo para menores están siendo investigados por las autoridades federales. La Administración de Trump quiere acabar con estos procedimientos con el argumento de que dañan a adolescentes vulnerables. Esta semana, un juez federal dio la razón a las personas trans y a sus familias, que habían exigido que se impidiera la divulgación de sus datos médicos. “Durante el último año, la Administración de Trump no solo ha decidido que conoce las necesidades médicas mejor que los afectados, sus familias y los especialistas, sino que también ha intentado obtener información confidencial sobre pacientes”, aseguró en un comunicado Chase Strangio, de la Unión de Libertades Civiles de Nueva York. El cambio de tono en torno a la realidad trans no afecta solo a los republicanos. Un estudio de la abogada de derechos civiles Alejandra Caraballo muestra cómo los artículos sobre este tema publicados por The New York Times entre 2014 y 2026 habían pasado de un enfoque centrado en los derechos del colectivo a una cobertura más escéptica, cuyo foco era el conflicto y en la que se daba más voz a los detractores y menos a las propias personas trans. Las cosas están cambiando en la opinión pública, con un retroceso palpable a partir de 2024. Una reciente encuesta de Gallup mostraba que el porcentaje de estadounidenses que considera que el matrimonio entre personas del mismo sexo debería ser legal había caído al 65% respecto al máximo del 71% de 2023. También son menos quienes dicen que las relaciones homosexuales son aceptables: un 62%, el porcentaje más bajo en una década, según la Encuesta Anual sobre Valores y Creencias. Esta involución se explica sobre todo por un segmento de la población: los votantes republicanos. Y entre ellos, los hombres. El matrimonio igualitario, garantizado en todo el país por una sentencia del Tribunal Supremo en 2015, es el objetivo a batir de los grupos más conservadores, como ya ocurrió con el derecho al aborto en 2022, con un tribunal en manos de una supermayoría conservadora. Los republicanos están divididos en torno a la conveniencia de tocar una norma que garantiza que todos los ciudadanos se puedan casar, que no ha generado ningún problema y que su fin provocaría un terremoto difícil de medir. Pero los más conservadores sí quieren dar ese paso. Como el congresista Andy Ogles, que el pasado junio tuiteó: “La homosexualidad no tiene cabida en Estados Unidos. Feliz Mes de la Familia Nuclear”.