La reivindicación del Orgullo LGTBIQ+ nació como una impugnación del estigma. La propia palabra lo indica: el Orgullo hace frente a la vergüenza. Ogullosas disidentes, lokas, invertidas, desviadas y orgullosas de ocupar las calles cuando las calles todavía eran un lugar hostil, llenas de perseguidas, encarceladas, señaladas, empujadas a vivir en las esquinas. El Orgullo en España tiene su origen en una manifestación a cuya cabeza iban personas trans y trabajadoras sexuales que avanzaban Rambla abajo mientras los policías les aporreaban y les rompían la boca. Este Orgullo recuerda, casi medio siglo después, a aquellas que pusieron el cuerpo.Publicidad"A pesar de que la policía actuó en aquella manifestación en Barcelona del 77 de una manera brutal, con cargas, botes de humo, bolas de goma y, a pesar de que todo el mundo salimos a correr -yo la primera-, esas mujeres no se movieron de la pancarta", recuerda en conversación con Público Mar Cambrollé, fundadora del MHAR (Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria) y presidenta de la Federación Plataforma Trans. Ella, que se orilló a un lado de la calle "para no recibir ningún porrazo", pudo ver con sus propios ojos "sus bocas chorreando sangre": "Yo era muy jovencita y no entendí por qué seguían allí mientras les pegaban. Luego supe que no tenían nada que perder, todo lo que podíamos llegar a ganar eran derechos y dignidad".Primera lucha: la despenalizaciónLa historia del movimiento LGTBIQ+ suele contarse como una línea ascendente que va de la represión franquista a la democracia, de la clandestinidad a la visibilidad, de la persecución penal al matrimonio igualitario, de la patologización al reconocimiento de la autodeterminación de género. Esa lectura contiene parte de verdad, en tanto que ha habido avances innegables, pero también simplifica una trayectoria mucho más conflictiva, atravesada por tensiones internas, disputas políticas y formas distintas de entender qué significa liberarse. No todas las personas llegaron al movimiento queer desde el mismo sitio ni con las mismas posibilidades de ser escuchadas.Lucas Platero, doctor en Ciencias Políticas y Sociología, investigador y activista, advierte precisamente contra esa tentación de relatarnos la historia de las luchas LGTBIQ+ arrastrando "esta idea del pensamiento lineal o la historia como una sucesión de hechos". A él, esa forma de recordar le lleva a pensar también en "quién se recuerda, qué es lo que se recuerda y a quién se olvida". PublicidadMar Cambrollé: "Nosotras hemos cambiado una sociedad que no logró cambiarnos a nosotras"Platero señala cómo en España, paradójicamente, se conoce mucho más a figuras del contexto norteamericano, como Sylvia Rivera o Marsha P. Johnson, que a muchas de las mujeres que estuvieron en aquella primera línea de la primera protesta en la Barcelona del 77: "Son nuestras heroínas, pero es mucho más fácil quedarnos con la idea de que estas son las heroínas de un contexto que no es el nuestro. Sobre todo porque muchas veces estas heroínas pueden ser personajes con los que luego tenemos una relación ambivalente".El investigador menciona a Cristina Ortiz, la Veneno, "cómo los medios de comunicación nos la presentaban de una manera, cómo se la ha utilizado para reírse de las de los freaks, de la gente rara, frente a otros liderazgos mucho más normativos, más fáciles de reclamar para la historia de los LGTBIQ+". La pregunta sobre cómo se hace memoria no deja de ser también una pregunta por el poder.En los primeros años de la Transición, las luchas de las disidencias se articularon en un país que salía de una dictadura profundamente viril, LGTBIfóbica. Las disidencias fueron perseguidas bajo marcos legales como la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Algo que duró hasta 1978. Aquello, sin embargo, no supuso el fin a su persecución.Publicidad"Ya no nos podían meter presos, pero seguía figurando el escándalo público en el Código Penal", explica. Esa figura jurídica, aunque no hacía referencia expresa a la orientación sexual o la identidad de género, fue utilizada durante los primeros años de la democracia para sancionar a parejas del mismo sexo por darse la mano o, especialmente, para perseguir a las mujeres trans cuya expresión de género era considerada un "escándalo". "Por salir vestida de mujer podían multarme y retenerme hasta 72 horas en comisaría. Eso duró hasta 1988, diez años después de aprobarse la Constitución", recuerda Mar Cambrollé, que también menciona a las mujeres que hasta el 85 fueron víctimas del Patronato de Protección a la Mujer, "muchas de ellas solo por ser lesbianas o bisexuales".Estos ejemplos ilustran en qué medida las luchas LGTBIQ+ nunca fueron solo una demanda de mayor visibilidad. Fueron, y siguen siendo, una pelea por poder estudiar, trabajar, alquilar una vivienda, acudir a un médico sin miedo, caminar por la calle sin que nadie te agrediera: "Nosotras hemos cambiado una sociedad que no logró cambiarnos a nosotras. Tuvimos que renunciar al amor de nuestras familias para ser quienes éramos. Era imposible poder estudiar, era imposible poder trabajar. Nuestro lugar para las mujeres trans fueron las esquinas y el espectáculo", expresa Cambrollé. La pandemia del sida: otras formas de organizarseEl movimiento queer estaba intentando "eliminar leyes represivas" y "asomar la patita fuera del armario" cuando, a principios de los años 80, estalló la crisis del VIH/sida. Aquella pandemia no solo tuvo un impacto devastador en la vida de miles de personas; también transformó radicalmente las formas de activismo, como recuerda Javier Sáez del Álamo, sociólogo, traductor, activista gay y especialista en teoría queer."La rápida identificación entre la enfermedad y esta comunidad" se convirtió en "una de las estrategias de propaganda homofóbica más llamativas de la historia contemporánea", escribe Sáez del Álamo en Propaganda queer (Bellaterra). De pronto, los cuerpos homosexuales volvieron a ser leídos como una amenaza, un foco de contaminación y un peligro para el conjunto de la sociedad. Se recrudeció un estigma que todavía hoy, en cierto sentido, se arrastra. Javier Sáez del Álamo: "Hay un discurso de culpabilización vinculado a la sexualidad que hizo mucho daño""Hay un discurso de culpabilización vinculado a la sexualidad que hizo mucho daño", explica el sociólogo. El dilema que surgió entonces entre los colectivos fue muy cruel: si hablaban del sida, podían contribuir involuntariamente a reforzar la asociación entre homosexualidad y enfermedad; pero, si no lo hacían, dejaban sola a una comunidad que estaba muriendo y a unas autoridades que, según recuerda, "no tenían una reacción nada positiva" y "no hacían casi nada"."El cáncer gay" fue, recuerda Carla Antonelli -primera diputada trans en España-, uno de los primeros titulares con los que la epidemia llegó a España: "Era un runrún de que había una enfermedad que se contagiaba entre gays. Eso era lo que nos llegaba porque era lo que estaban sacando los medios de comunicación".PublicidadEn ese contexto, surgieron grupos y redes que tomaron la decisión de que la única opción era empezar a hablar de prevención, acompañar a sus amigas, amigos y amigues enfermas y denunciar, así, la homofobia que estaba sobrevolando toda la información que se iba ofreciendo sobre la expansión del virus. Sáez del Álamo menciona el papel de colectivos como La Radical Gai y LSD, y subraya algo que, a su juicio, no se reconoce lo suficiente: "Los hombres gays acaparamos mucho el discurso, pero hubo una gran solidaridad de amigas lesbianas, activistas, de mujeres". Para él, hacer ese ejercicio de memoria es importante porque el relato dominante tendió a invisibilizar el trabajo de cuidados, de prevención y de elaboración política que muchas mujeres queer sostuvieron. Mar Cambrollé coincide en esa lectura. Recuerda el VIH como un duro golpe que sufrieron también las mujeres trans que habían sido empujadas a la prostitución. "Hubo una gran red dentro del colectivo de apoyo, de amor, de cariño, de asesoramiento y sobre todo de prevención", apunta."Planteó una esperanza de vida distinta para las personas LGTBIQ+, que ya de entrada muchas veces no se imaginaban un futuro para sí mismas y que tuvieron, en el caso de España, que dejar de hacer un activismo incipiente en la transición para tener que girar en la prestación de servicios", explica Lucas Platero. El diagnóstico se percibía como una sentencia de muerte, recuerda Carla Antonelli: "Muchísima gente, cuando le diagnosticaban el VIH, vendía todos sus bienes para intentar disfrutar el tiempo que le quedaba. Muchos amigos y muchas amigas se fueron".PublicidadNuevas demandas: el matrimonio igualitario y la autodeterminación de géneroA medida que avanzaba la democracia, el movimiento LGTBIQ+ fue ganando presencia pública y capacidad de interlocución institucional. Llegó la lucha por las parejas de hecho, el matrimonio igualitario, las leyes autonómicas, el reconocimiento de derechos para las personas trans, la disputa por la despatologización, la pelea contra las terapias de conversión y por una educación que no expulsara a las infancias y adolescencias disidentes. Y, con cada conquista, se abrieron nuevos debates sobre el precio de esa institucionalización. Sáez del Álamo defiende que la rabia fue un motor imprescindible en toda esta época. "Hay una rabia lógica por toda la violencia que hemos sufrido y que seguimos sufriendo", una rabia que en cierta medida ha permitido mantener viva la dimensión más radical de estas luchas, capaz de señalar a las raices del sistema que produce el "régimen heterosexual", instalado en la cultura, la educación, el cine y la vida cotidiana, que obliga a toda la sociedad a organizarse bajo la heterosexualidad como norma. Desde esa perspectiva, una parte de los debates internos que surgieron dentro del movimiento queer tiene que ver con el binomio integración-transformación. Sáez del Álamo lo expresa en términos de clase. Recuerda que dentro del movimiento LGTBIQ+ conviven personas con posiciones sociales muy distintas y no todas tienen las mismas necesidades. Para algunas, los derechos vinculados al matrimonio, la herencia, ambas relacionadas en el fondo con el derecho a la transmisión patrimonial, son cuestiones centrales, entre otras cosas porque disponen de esos bienes, de ese capital económico. Para otras, atravesadas por la pobreza, la migración, el racismo, la precariedad o la exclusión laboral, las urgencias pasan por otros lugares.PublicidadSiempre existe el riesgo de que el movimiento se separe de las personas LGTBIQ+ más vulnerablesLucas Platero también señala ese "desplazamiento de las demandas" y habla de que siempre existe el riesgo de que el movimiento se separe de las personas LGTBIQ+ con necesidades más apremiantes. "Las personas LGTBI más vulnerables siempre están ahí", advierte, aunque no siempre hayan sido la prioridad de unos movimientos que, al volverse más hegemónicos, también han tendido a volverse "más respetables" y más centrados en cuestiones de la clase media. Uno de los debates que en estos momentos sigue abierto entre las colectivas queer tiene que ver justamente con esto.Mar Cambrollé reconoce que siempre han existido esas posiciones, más "civilistas", aunque defiende que la ampliación de derechos nunca obliga a nadie a ejercerlos. "Los derechos garantizan, pero no obligan", resume. A su juicio, el verdadero problema no fue haberse centrado en conquistar cosas como el matrimonio igualitario, sino que otras reivindicaciones siguieran relegadas. Mientras dos personas del mismo sexo lograban acceder al matrimonio en 2005, las personas trans, por ejemplo, continuaban luchando por algo tan elemental como el reconocimiento legal de su identidad. La activista recuerda que el primer cambio registral de nombre no llegó hasta 1987 y únicamente para una mujer trans que ya se había sometido a una cirugía genital diez años antes. Después, la ley de 2007 eliminó esa exigencia quirúrgica, pero mantuvo otras condiciones que considera profundamente vulneradoras de derechos, como acreditar un diagnóstico de disforia y dos años de tratamiento hormonal. "Siempre dije que aquella ley nació con fecha de caducidad", sostiene Cambrollé, convencida de que seguía tratando a las personas trans como pacientes antes que como sujetos de derechos. Nada de eso cambiaría hasta la ley trans de 2023.Disidentes dentro de las disidenciasOtro de los grandes cambios que han tenido lugar en estas casi cinco décadas gracias a las luchas queer tiene que ver con la forma de nombrar las identidades y de comprender el género. Javier Sáez del Álamo recuerda que en los años 80 y 90 el debate estaba muy marcado por los hombres gays y, en menor medida, por algunas lesbianas, mientras las voces trans quedaban a menudo omitidas o ausentes. "No se invitaba, no se hablaba, no se tenía muy en cuenta a las personas trans". Eso, dice, ha cambiado en las últimas dos décadas, gracias al impulso del activismo trans y, sobre todo, con la irrupción de las críticas al binarismo.PublicidadEugeni Rodríguez: "Primero era el Día por la Liberación Lesbiana y Gay, y luego se fueron sumando letras hasta hoy""Primero era el Día por la Liberación Lesbiana y Gay, y luego se fueron sumando letras hasta hoy", recuerda en el mismo sentido Eugeni Rodríguez, presidente de l’Observatori Contra la Homofobia de Catalunya (OCH). En su caso, su primer compromiso político nació del antimilitarismo y de la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio. Buscando apoyos, terminó acercándose a otros movimientos sociales y, a mediados de los años ochenta, conoció a integrantes del Front d'Alliberament Gai de Catalunya (FAGC), organización en la que continúa militando. "Todo era un poco ir abriendo espacios de luz y de libertad, pasar del blanco y negro al color", resume Rodríguez. Los festivales de cine, las manifestaciones cada 28 de junio "cayera el día que cayera" y los primeros colectivos feministas, gays y lesbianos fueron construyendo una red de activismo que, con el paso de los años, fue ampliando también su sujeto político y, con ello, su discurso. Sáez del Álamo argumenta que los discursos y narrativas no binarias son hoy uno de los elementos más transformadores porque cuestionan el núcleo sobre el que se ha organizado buena parte del orden social: la división rígida entre hombre y mujer. Tocar ese núcleo, afirma, hace que se desmoronen muchas otras certezas. Se trata de luchas, además, que han asimilado la indisociabilidad entre feminismo y luchas LGTBIQ+. Para el sociólogo, no se puede entender la homofobia, la lesbofobia, la bifobia o la transfobia sin el patriarcado. "El feminismo es fundamental para explicar todo lo que pasa", sostiene. Como señala Sáez del Álamo, el ataque contra las personas LGTBIQ+ está profundamente vinculado a los roles de género y a la jerarquía que devalúa todo lo asociado a lo femenino. La violencia contra un hombre gay con pluma, por ejemplo, no se entiende sin preguntarse por qué parecerse a una mujer se considera algo degradante, resume el activista.PublicidadEstas ideas también han acarreado su propia reacción, con una serie de discursos antitrans que se recrudecieron, sobre todo, desde la eclosión de la cuarta ola feminista. La tramitación parlamentaria de la ley trans retomó uno de los debates que ha generado más tensiones dentro del movimiento desde finales de la década de los 70. Aquí en España, a nivel político, enfrentó públicamente al Ministerio de Igualdad de Irene Montero con un sector del PSOE encabezado por la entonces vicepresidenta Carmen Calvo, que se oponía al reconocimiento de la libre autodeterminación de género. En junio de 2021, en pleno debate de la norma, llegó a ponerse en circulación un documento interno del PSOE titulado Argumentos contra las teorías que niegan la realidad de las mujeres. "Un manifiesto transfóbico que fue la guía espiritual de la ultraderecha, lleno de bulos que han repetido como un mantra", lamenta Mar Cambrollé. "Hace falta ser muy cafre para empoderar a una ultraderecha que mañana, y no mañana, ya hoy, te va a quitar el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo o si puede al voto, como se ha visto en Estados Unidos", critica en el mismo sentido Carla Antonelli.Pese al enorme impacto que tuvo aquella proliferación de discursos de odio contra las personas trans, tanto Carla Antonelli como Mar Cambrollé relativizan tanto su peso como su capacidad de influencia. Para ambas, las multitudinarias movilizaciones que tienen lugar cada 8 de marzo continúan reflejando que el feminismo mayoritario sigue siendo transincluyente y que la historia compartida entre los movimientos feministas y LGTBIQ+ pesa mucho más. Se muestran mucho más preocupadas por el avance ultra.Frenar a la ultraderecha, salir a las calles Casi medio siglo después de aquella primera manifestación en Barcelona, el movimiento LGTBIQ+ vuelve a enfrentarse a una ofensiva que, aunque adopta nuevas formas, recupera viejos mecanismos. La retirada de banderas arcoíris por parte de gobiernos del PP y Vox, la criminalización de las políticas de igualdad o el auge de la agenda "antigénero" forman parte de una reacción a avances que son, en buena medida, irreversibles. PublicidadJavier Sáez del Álamo interpreta este momento como el intento de "buscar un culpable" sobre el que proyectar el malestar social y advierte de que la ultraderecha trata de situar a las personas LGTBIQ+, las migrantes o las racializadas como chivos expiatorios para evitar que el foco se dirija hacia otros conflictos estructurales. Mar Cambrollé alerta de que la inacción institucional también tiene consecuencias y lamenta que derechos conquistados hace apenas unos años, como parte de los recogidos en la ley trans, sigan sin desplegarse plenamente. Mientras que Eugeni Rodríguez, por su parte, reconoce que echa "un poco de menos toda la espontaneidad de la calle", recuerda que los avances legales no eliminan por sí solos la violencia cotidiana y reivindica la necesidad de no dejar de lado la potencia de las asambleas o los encuentros presenciales como espacios de alianza y lucha antifascista: "Para mí lo importante es el tema antifascista, tener una visión muy clara de lo que nos jugamos con los discursos ultraderecha y los discursos del odio, y lo importante es estar en espacios, como cada año pasa en el Ogullo, donde podamos alzar la voz", concluye.