El próximo año se cumplirá medio siglo de marchas LGTBIQ+ en Barcelona. A la espera de esa efeméride, junio y julio han traído consigo las ya tradicionales liturgias reivindicativas: banderas, desfiles, pregones. El día oficial es el 26 de junio, una fecha que las entidades más combativas no han querido dejar en blanco y que ha tenido su propia rúa. Se complementa con la de este sábado, demonizada por algunos por “comercial”. Al final son caras de una misma moneda: la escenificación callejera de que está bien ser como se es y amar como se quiera amar.Tal vez por eso, en estos días, se debería hablar más del amor. Porque bajo la purpurina, los arneses, la carroza del club deportivo Panteres Grogues o tras dejarse la voz con A quién le importa, lo que subyace es la reivindicación de amar y ser amado. El riesgo de ponerse cursi es grande: de la ola reaccionaria que nos amenaza solo será posible salir en una pieza si, como sociedad, ponemos el amor por delante. No hay de otra.En un mundo acostumbrado a los altos decibelios y al drama, se nos suele olvidar que el amor no siempre grita. Se ahorra los aspavientos y puede ser tranquilo. El amor sereno, ese que nos hace creer que sí se justifica todo el tortuoso camino de entregarse, habita a veces en lugares silenciosos y asépticos. Por ejemplo, una habitación del Instituto Guttmann de neurorrehabilitación, en Badalona. Allí espera con paciencia Igor, de 57 años, a que su pareja, Jesús, de 68, se recupere de las secuelas que le dejó el atropello sufrido en marzo pasado en pleno centro de Barcelona.En 122 días, Jesús ha pasado de ser un amasijo de carne desahuciado en las urgencias del Hospital Clínic a recuperar los visos de aquel jubilado pícaro y algo pendenciero con sus amigos que dejó su querida Madrid en 2023 para que su pareja cumpliera su sueño. La historia de amor se remonta a 2008, cuando Igor dejó Estonia y se lanzó a conquistar el sueño de cantar ópera en territorio español.Ahora todo, y nada, es ordinario en la nueva vida de ambos. Del terror inicial -“el médico me dijo que no podía garantizarme que Jesús viviría”— pasaron después tres meses duros en la UCI del Clínic. No ha habido un día en que Igor no haya estado al lado de la cama, ayudando a su marido, adivinando el significado de sonidos ininteligibles, animándole con una foto del salón del piso que le espera en El Raval. Cambiando pañales y limpiando flemas entre los pitidos de una decena de máquinas y con la incertidumbre del futuro. Soportando la ira y la rabia por lo sucedido: Jesús iba con prisa para llegar a una cita médica que, en realidad, era al día siguiente.Ambos cuentan con la suerte de tener amigos y familiares que se han desvivido por ayudarles. Los de siempre, los de Madrid y el País Vasco, pero también los nuevos, conocidos en Barcelona. Pero no hay que engañarse: la difícil situación por la que pasan —y todo lo que aún les falta— es un trance muy solitario. Una de las pocas frases que se le entendían con claridad a Jesús cuando le trasladaron a planta era “¿Dónde está Igor?”. Ni la sobriedad que caracteriza al estonio impedía ver cómo algo se le partía a la hora de decir adiós cada día y dejarlo en manos de unas enfermeras que atestiguan su entrega y su cuidado.Un rayo de sol se cuela por la ventana de la habitación del Instituto Guttmann. A día de hoy, el paciente se sigue alimentando por sonda aunque por fin ha recuperado el control de sus esfínteres. Ahora puede estar de pie por sí solo si se le ayuda a levantarse de la silla, pero queda trabajo por las consecuencias de una cadera y dos piernas rotas. Hará falta mucho logopeda y fisioterapia para la mano derecha. Eso sí, los ojos ya le brillan con cada visita y ha recuperado su gesto pícaro: reconoce a sus amigos y puede mantener conversaciones cortas. Ríe cuando le ponen música de La Oreja de Van Gogh. Hasta se preocupa por ser puntual a la hora de las terapias.Lleva ya algo más de un mes en el mejor de los sitios posibles para recuperarse. Unas flores adornan el cuarto, e Igor le ha puesto allí también la foto del salón de casa para que no lo eche de menos. Del Raval hasta el centro hay trayecto de más de una hora en transporte público, y la combinación con los horarios de ensayo no siempre resulta la mejor. Pero ahí está cada día, a su lado: a veces más animado o otros chocándose con lo que hay.La pareja seguramente habrían ido a la marcha de hoy, como lo ha hecho hecho durante tantos otros años. “Solo el universo sabe cuánto te amo”, le escribió hace poco Igor a Jesús en Facebook. Le da igual tanto que no pueda leerlo como que algún amigo estonio que no supiera nada de su identidad sexual se lo encuentre. Decía la premio Nobel Svetlana Aleksiévich que las personas hablamos muchas lenguas distintas, como la que usamos para referirnos amor y usan las parejas en la intimidad y de la que no quedan registros. Lo único positivo de esta tragedia ha sido poder conocer la suya. Un orgullo de amor.
Orgullo de amor
En medio de la celebración del Pride, Igor y Jesús desnudan hasta dónde puede llegar la entrega verdadera








