Lo vemos desde hace unos años: basta con encender una pantalla para descubrir personajes que, hasta no hace tanto, apenas encontraban un hueco en la ficción. Ava Daniels, la joven guionista de la serie Hacks, se pone a trabajar para Deborah Vance, vieja gloria de la comedia de Las Vegas, tras dinamitar su carrera por un tuit desafortunado. Tiene talento, cierta tendencia a la depresión y una facilidad hilarante para complicar cualquier situación. Nick, uno de los protagonistas de Heartstopper, juega al rugby, le gusta cuidar de sus amigos y se enamora de Charlie sin que eso borre lo que antes había sentido por las chicas ni le obligue a adoptar una nueva identidad. Rosa Díaz, la detective más lacónica de Brooklyn Nine-Nine, es también la más eficaz de la comisaría: es la mejor resolviendo crímenes, protege su intimidad con ferocidad y sale con personas de distintos sexos sin que la serie convierta su vida afectiva en su único rasgo distintivo. Más sombría es la historia de Sandra Voyter, la escritora de Anatomía de una caída, que vive con su marido en una casa aislada de los Alpes hasta que este aparece muerto al pie del edificio. Acusada de haberlo asesinado, descubre que sus relaciones pasadas y su deseo simultáneo por hombres y mujeres serán utilizados para desacreditarla en un largo y tortuoso juicio.Los cuatro personajes tienen algo en común: son bisexuales. Pero, antes de eso, son individuos complejos y poliédricos, con un trabajo, una familia, la proporción habitual de virtudes y defectos, de contradicciones morales y problemas que ni empiezan ni terminan en su vida afectiva y sexual. Y ya no están ahí para cumplir una cuota, aportar un ápice de erotismo prohibido o encarnar al villano de turno, como le sucedía a Catherine Tramell, la pérfida novelista de Instinto básico que convirtió a Sharon Stone en una estrella. Pese a las virtudes de la película, su bisexualidad era un recurso de guion: permitía presentar a esa femme fatale gélida y seductora como alguien capaz de mentir, manipular y tal vez matar. Sandra Voyter podría parecer su heredera —también escribe, también parece fría y también despierta suspicacias—, pero acaba siendo su antítesis: algo parecido a una persona de verdad.La cultura reciente empieza a imaginar, por fin, otro tipo de personajes. También en las librerías, donde la bisexualidad ocupa el centro de numerosas novelas y ensayos. En A cuatro patas (Random House), de Miranda July, una artista de 45 años, casada y madre, sale de Los Ángeles para cruzar Estados Unidos en coche hasta Nueva York. Solo que el viaje se convierte en una fuga hacia otra vida, hacia el deseo bisexual y una manera menos dócil de entender la monogamia. En España, Todo empieza con la sangre (Alfaguara), de Aixa de la Cruz, sitúa a su protagonista en el centro de una búsqueda corporal y existencial donde sus relaciones con hombres y mujeres se presentan con absoluta naturalidad. La autora se identificó como bisexual en su autoensayo Cambiar de idea, en 2019, aunque entonces el asunto pasara casi inadvertido. “Recuerdo una reseña en la que se hablaba de mí como lesbiana, cuando en el libro se hacía evidente que no lo era”. Con su última novela, dice, ha percibido una atención distinta, “tal vez la señal de un cambio”.De la Cruz forma parte de una nueva generación de autoras y autores que se identifican como bisexuales y han escrito personajes que también lo son, como Luna Miguel, Sabina Urraca, Alejandro Simón Partal o Gabriela Wiener. “Aun así, me he sentido siempre muy cuestionada. Cuando habitaba espacios LGTBI estando casada con un hombre, como fue el caso durante años, tenía siempre la sensación de no pertenecer”. Su respuesta no pasa por fabricar una bisexualidad impecable y tranquilizadora, como piden algunos ante la persistencia de estereotipos inoxidables. “En realidad, siempre me he sentido identificada con todo lo que supuestamente es problemático de la bisexualidad: sí a la promiscuidad, sí a no tener las cosas claras, sí a que tu orientación te predisponga a la no monogamia y siempre sí a estar abierto al cambio y a la incertidumbre”, dice De la Cruz. “Antes de reaccionar a que nos llamen promiscuas, reflexionemos sobre el placer que se criminaliza. Antes de reaccionar a que nos digan infieles, planteémonos si queremos encajar en la monogamia”.En Resistencia bisexual (Melusina), la escritora Elisa Coll describe la bifobia no tanto como una negación frontal sino como una omisión persistente: la que se empeña en definir la bisexualidad como “una fase”, una experiencia propia de los años universitarios o una enajenación transitoria, en lugar de verla como una identidad con memoria, comunidad y una violencia propia. Su libro recorre las aplicaciones de citas, donde la mujer bisexual es convertida en “un unicornio” disponible para fantasías de otras parejas, y compara la percepción pública de esta orientación sexual con los no-lugares de Marc Augé: un espacio que se cruza solo para llegar a otra parte. “Los no-lugares no son espacios donde quedarse, y por eso habitarlos implica una resistencia. Quedarse en la bisexualidad es resistir a una lógica binaria. Y cuando digo ‘quedarse’, me refiero a construir comunidad, abordar las violencias concretas que lo atraviesan, organizarse colectivamente y celebrarnos”.El divulgador Daniel Valero, conocido como Tigrillo y con 170.000 seguidores en Instagram, tiene un diagnóstico parecido. En el recién publicado Más allá de las siglas (Paidós) y, sobre todo, en Confundidas, indecisas, promiscuas, del año pasado, identifica una contradicción entre la creciente visibilidad de la bisexualidad y los mecanismos que la siguen deslegitimando. “Ha habido una contradicción muy grande: cada vez más personas se identifican como bisexuales, pero sufrimos un borrado sistemático”, dice. “Por culpa de esa forma de invalidarnos y hacernos desaparecer, ha faltado una gran cantidad de referentes. Ahora se corrige porque las nuevas generaciones entienden que esas definiciones no son correctas. Ven la identidad y el deseo como algo mucho más fluido, en lo que mucha gente se siente más cómoda que dentro de categorías estancas como heterosexual u homosexual”.Ese borrado se apoya, según Valero, en exigencias imposibles: “Tienes que repartir el deseo al 50 por ciento, haberte acostado con el mismo número de hombres que de mujeres. Si tienes una pareja de un género, esa persona define tu orientación real. Y, si no eres monógamo, será porque eres un vicioso”, enumera. Prefiere, de lejos, la definición de la activista Robyn Ochs, que se ha convertido en referencia para el movimiento bi: “Me defino como bisexual porque reconozco en mí el potencial para sentirme atraída romántica o sexualmente por gente de más de un género, no necesariamente al mismo tiempo, no necesariamente de la misma manera y no necesariamente en el mismo grado”. Las nuevas representaciones no surgen de la nada. En 2025, el CIS registró en un estudio sobre relaciones sexuales y de pareja que el 5,9% de las personas encuestadas en España se identificaba como bisexual, frente al 2,8% que se definía como gay o lesbiana. El salto generacional ya se había hecho visible en el barómetro de 2023: el 22,3% de las mujeres de entre 18 y 24 años y el 10% de los hombres de esa misma edad se definieron como bisexuales. Por su parte, el informe anual de la Federación Estatal LGTBI+ calculó el año pasado que el 14,6% de la población expresaba una orientación distinta de la heterosexualidad y que, dentro de ese grupo, el 55,1% se identificaba como bisexual. Fuera de España sucede algo parecido. En 2023, Gallup estimó que el 15,3% de los jóvenes de entre 18 y 26 años de EE UU se identificaban como bisexual: más de dos tercios de la población LGTBQ+ del país. El viejo reparto binario entre heterosexualidad y homosexualidad se ha quedado corto para describir muchas vidas afectivas contemporáneas.El cine y las series responden a esas nuevas coordenadas, aunque no siempre las nombren con claridad, ni tampoco las muestren. Challengers, de Luca Guadagnino, convierte el triángulo entre tres tenistas en rivalidad y deseo homoerótico, una ambigüedad que parece traducir la bisexualidad soterrada de sus protagonistas masculinos. Más explícita, Passages, de Ira Sachs, sigue a un cineasta casado con un hombre que inicia una relación con una mujer. Y Hedda, de Nia DaCosta, imagina a la heroína de Ibsen como una mujer atrapada en su matrimonio y marcada por el recuerdo de una antigua amante. En televisión, Bridgerton ha permitido al personaje de Benedict transitar relaciones con mujeres y hombres sin que una experiencia borre la otra. Yellowjackets y House of the Dragon han abierto grietas semejantes en personajes femeninos, mientras que Ripley, adaptación de Netflix de las novelas de Patricia Highsmith, prolonga una ambigüedad bisexual o queer, segun los gustos, ligada a la impostura y al crimen. En España, Yo siempre a veces, producida por Javier Calvo y Javier Ambrossi y estrenada en Movistar Plus+, plantea otra perspectiva. Al final de la primera temporada, su protagonista conecta con una mujer mientras intenta reconstruir su vida en Berlín, sin epifanía traumática ni una nueva identidad que ordene retrospectivamente todo lo anterior. En las primeras versiones, la relación era con “un hombre mucho mayor”, recuerda Marta Loza, cocreadora y codirectora de la serie. “Pero sentimos que no encajaba con el personaje, con lo que atravesaba en ese momento: necesitaba transitar algo que la conectase más con su esencia”.Loza sitúa esa decisión en una diferencia generacional. La directora tiene 44 años y admite que, para quienes fueron adolescentes en los noventa, preguntarse “si gustaban los chicos o las chicas venía cargado de un sesgo social muy marcado”. “Ya era difícil decirse homosexual, así que bisexual, todavía más”, recuerda. La protagonista de la serie pertenece a otra época. “No necesitaba plantearse la pregunta, porque siempre ha sido un personaje libre en ese sentido”, afirma Loza. “Empezar a descubrir esa libertad, explorarla y contarla con naturalidad forma parte del momento en el que estamos. Es el siguiente paso”.¿Es la bisexualidad una moda, como aseguran sus grandes opositores? No para la historiadora Eva Cantarella, autora de Según natura. La bisexualidad en el mundo antiguo (Akal), que desarma esa idea sin caer en el atajo de las etiquetas contemporáneas. Su ensayo muestra que las relaciones entre hombres estaban admitidas, pero bajo reglas estrictas de edad, ciudadanía, estatus y papel sexual. Las mujeres, en cambio, apenas disponían de un margen equivalente. El interés de ese pasado no está en demostrar que “ya existían bisexuales”, sino en recordar que la heterosexualidad exclusiva no siempre ha sido la única forma imaginable de organizar el deseo en la sociedad.Por su parte, la psicóloga Julia Shaw se enfrenta en Bi. Ciencia, historia y cultura ocultas de la bisexualidad (Libros del Lince) a un doble borrado: el que ha dejado a la bisexualidad fuera de los relatos científicos e históricos y el que, cuando por fin la admite, la reduce a una una práctica pasajera o un punto intermedio entre dos extremos. Shaw revisa la famosa escala de Kinsey, decisiva para romper la fantasía de dos extremos incomunicados con sus estudios en los EE UU de los cuarenta y cincuenta, pero insuficiente para pensar una identidad que no cabe en un diagramay que no se resuelve mediante porcentajes. La autora británica recuerda que, durante la crisis del sida, los hombres bisexuales fueron convertidos en supuestos “puentes” entre el mundo gay y el heterosexual y, como tales, en transmisores de enfermedades, mientras que algunas mujeres bisexuales fueron expulsadas de espacios lésbicos por “indecisas o poco fiables”. Su libro no presenta la bisexualidad como una identidad más avanzada que otras, sino como una experiencia atravesada por la clase, la raza, el género, la discapacidad y también la edad. Al respecto, la escritor Alejandro Simón Partal, autor de un libro atravesado por las sexualidades disidentes como La parcela (Caballo de Troya), lo formula con ironía: “Parece que la bisexualidad, como la poesía, es un oficio que se da solo en la juventud. No se acepta del todo en alguien maduro, como si fuera un tipo de desfase, como una vieja que sigue yendo a discotecas”. Lo que reclama es una cultura donde las vidas bisexuales no necesiten justificarse todo el rato. Y hay días en que lo ve con cierto optimismo: “Atrás quedaron esos relatos protagonizados por hombres atractivos que condicionaban la posibilidad bisexual a contextos venenosos o perversos. Hoy, como los poetas, estamos envueltos en futuro y en amor”. Lecturas recomendadasBi. Ciencia, historia y cultura ocultas de la bisexualidad Julia Shaw Traducción de Marta Sevilla Libros del Lince, 2026 288 páginas. 22 eurosConfundidas, indecisas, promiscuas Daniel Valero Paidós, 2025 256 páginas. 18,90 eurosManifiesto para un apocalipsis bi Sayre Domínguez La Niña Azul, 2025 104 páginas. 14,20 eurosAdiós, Tánger Salma El Moumni Traducción de Palmira FeixasSexto Piso, 2025 128 páginas. 17,90 eurosLa historia de mi sexualidad Tobi Lakmaker Traducción de Daniela Martín HidalgoAristas Martínez, 2024 192 páginas. 21 euros