Promover una carrera de Fórmula 1 en el casco urbano de Madrid parecería en principio una idea redundante y superflua. Madrid ya es, en gran parte, un circuito permanente de automovilismo y motociclismo, en el que los conductores apasionados por el ruido y la velocidad pueden cultivar su deporte con el beneplácito de las autoridades. El ciudadano caminante se convierte a diario en espectador forzoso y en directo de ese deporte que los tristes aficionados de provincias han de resignarse a disfrutar en letárgicas transmisiones que ponen un zumbido de fondo de motores rugientes al tedio de las siestas. En Madrid gozamos del privilegio de presenciar tales hazañas de velocidad y estruendo con la tranquilidad de que ningún policía municipal ni radar punitivo van a entorpecer el espectáculo en vivo de nuestros conciudadanos motorizados, los cuales se entregan a un trompeteo como de elefantes acorazados en cuanto un obstáculo —un viejo torpe que se baja de un taxi, un conductor que duda unos segundos— les impone un ligero retraso, malogrando ese récord de velocidad que están queriendo siempre mejorar. Se sabe que los gobernantes de otras capitales del mundo, quizás acobardados por el asedio de “lo woke”, ponen límites reales a la velocidad de los coches y las motos, cierran calles y plazas al tráfico, plantan árboles, jardines, diseñan zonas respirables de sombra para estos veranos cada vez más tórridos, crean un tejido de senderos ciclistas bien conectados entre sí y lo bastante seguros para que no sean solo jóvenes sin miedo y gente temeraria los que usen la bici. Cuando uno se acerca por la autovía de Valencia hay un momento desolador en que un cartel avisa de que se está ingresando en la Comunidad de Madrid, y justo entonces se vislumbra al fondo de un páramo abrasado la mancha de la ciudad envuelta en una niebla de monóxido de carbono, y coronada por su lastimoso skyline de churros arquitectónicos, a la manera de esas torres de acero y cristal que proliferan en las satrapías del Golfo Pérsico. Siglos antes del acero y el cristal, materiales tan adecuados para territorios de calores extremos, en Madrid prevalecía el granito, que ya en sí tiene algo opresivo y hasta totalitario. La ortodoxia que por algún motivo rige las opiniones aceptables sobre arquitectura ordena considerar el monasterio del Escorial una obra maestra, pero las pocas veces que lo he visitado, o me he acercado a él sin entrar, me ha parecido tan abominable como el Valle de los Caídos. El granito pesa en la mirada y en la nuca, y tiene siempre una gravitación de lápida mortuoria. Cuando llegué a Madrid en el enero helado de 1974, la consistencia y la grisura del granito de los edificios oficiales, en esa época ennegrecidos de hollín, se correspondían lóbregamente con el gris de los uniformes y las furgonetas de la policía, con sus tupidas rejillas de alambre protegiéndoles las ventanillas y los faros. Seguía siendo la era del granito, pero ya había comenzado la del hormigón y el asfalto, que ahora sustituía a los adoquines y sepultaba las cicatrices de los raíles de los tranvías eléctricos. Puentes y pasarelas de hormigón, antiguos bulevares convertidos en carreteras, periferias devoradas por ellas, certificaban la capitulación de la ciudad al transporte privado y al motor de gasolina.Es curioso que en un mundo dominado por ingenieros y especialistas sea tan habitual la máxima irracionalidad. Ingenieros, urbanistas, planificadores, expertos en lo que ahora se llama movilidad, se conjuraron para destruir mucho de lo mejor de las ciudades y volverlas cada vez menos habitables, sin duda con la cooperación de gobernantes obtusos y corruptos y de ese tipo de empresarios cuyo talento consiste en parasitar las administraciones públicas. La apropiación privada y la explotación rapaz del territorio son las únicas fuentes de riqueza inventadas por las clases dirigentes españolas. Todo lo irracional de la ciudad contemporánea, desbaratada por las irracionalidades específicas de cada grupo de expertos, lo vemos ahora amplificado por el calentamiento global: la primacía del coche y de la gasolina, los edificios construidos sin tener en cuenta la orientación ni las posibilidades de aislamiento, las avenidas demasiado anchas y sin sombras, las plazas en las que no pueden crecer árboles porque no son plazas sino tan solo tapaderas de aparcamientos, el asfalto que no puede absorber el agua de las lluvias tormentosas cada vez más frecuentes, las torres como prismas herméticos de vidrio y acero que irradian calor y son irrespirables sin el uso continuo del aire acondicionado, algunas de las cuales reciben el extraño calificativo de “edificios inteligentes”. Para edificio inteligente una casa andaluza con patio de columnas, aljibe y macetas en una calle estrecha, y quizás con un toldo que tamiza bellamente la luz en las horas más cálidas.Ha habido ciudades donde la gente común se ha sublevado con éxito contra la terrible alianza entre la soberbia de los técnicos de la modernidad, los políticos corruptos y los adalides del coche particular y los combustibles fósiles. Hoy nadie imagina Valencia sin la arteria feraz de vegetación y de bulla ciudadana que es el antiguo cauce del Turia: pero fueron los vecinos quienes lograron impedir que se convirtiera en una autopista, tal como preveían las autoridades de la derecha especuladora y asfáltica. Así se salvó también el barrio marinero del Cabanyal, que estorbaba el ilustrado propósito municipal de prolongar triunfalmente los carriles del tráfico hasta la misma orilla del mar.Una antigua iniciativa del paleolítico valenciano ha revivido ahora en Madrid, donde disfrutamos de la feliz conjunción política entre el Ayuntamiento y el Gobierno regional. En Valencia la idea innovadora, aunque peregrina, de un circuito urbano de Fórmula 1 acabó con una deuda pública de casi cien millones de euros, y con la reconversión de las antiguas pistas de carreras en un campamento de chabolas para indigentes. Las autoridades de Madrid aseguran que su gran premio no costará un céntimo de dinero público, pero por lo pronto ya están las excavadoras y las hormigoneras agravando el espanto de esas periferias abismales de la ciudad en las que se aúna lo más degradado y árido de la naturaleza con las peores invenciones de la civilización. Con un fondo de andamios y grúas, de desmontes de abrojos secos, de polígonos industriales, de palacios cúbicos de congresos rodeados por la nada, las nuevas carreteras del circuito avanzan como los brazos de un Amazonas de alquitrán. Hay el pequeño inconveniente de que una parte del circuito pasa muy cerca de viviendas habitadas, a veces a menos de 40 metros, así que la paternal autoridad se está viendo obligada a realizar estudios sobre los efectos que una concentración de bólidos de carreras podrá tener en la calidad del aire que respiren los vecinos y los niveles de ruido que sufrirán. Según un estudio de acústica, el ruido puede llegar a los 80 decibelios, que equivale, dicen los técnicos, a tener durante horas una motosierra a pleno rendimiento en el salón de casa. También se advierte de que la concentración de gases de los escapes sumada a las extensiones de asfalto producirá un efecto de isla de calor, muy apropiado en las actuales condiciones climáticas. En estos tiempos la gente se queja por todo. Un concejal o consejero ha propuesto la solución tajante de desalojar a los vecinos de sus viviendas durante los días del campeonato. Quizás los podrían instalar temporalmente en las chabolas del circuito de Fórmula 1 de Valencia.