La medicina lleva siglos invisibilizando, cuando no ninguneando, la salud de las mujeres; encerrando sus males bajo mil candados de prejuicios; callándolas a base de normalizar o ignorar sus pesares. Y eso ha dejado gravísimas consecuencias, heridas transgeneracionales que no terminan de cicatrizar: desde la investigación más básica hasta la consulta cara a cara, lo que les ocurre a ellas se investiga menos, se banaliza más, se diagnostica mal y tarde, y se trata peor. Da igual la disciplina o la enfermedad. El ninguneo es transversal y la historia está repleta de ejemplos. Cuenta la oncóloga Elisabeth Comen en su libro No seas exagerada que, a mitad del siglo pasado, a una joven con incontinencia y cistitis crónica —probablemente tenía endometriosis—, le quitaron los dientes porque pensaban que le estaban dañando los riñones. Y a una chica catalogada de “ninfómana” le inyectaron cocaína en los genitales para reparar una supuesta “adherencia del clítoris”. En nombre de la medicina, también se encerró en manicomios a miles de mujeres, muchas sanas, con diagnósticos como “locura genital” o “melancolía”; se pretendieron curar dolores menstruales con un matrimonio temprano y se trató el vaginismo con sumisión química (se recomendaba drogar a las pacientes con éter para que no tuviesen dolor con el coito y los maridos pudiesen satisfacer sus deseos sexuales). Pasó y sigue pasando. No hay que irse siglos atrás para retratar la discriminación y la violencia que sufren las mujeres en materia de salud. Los sesgos de género se han perpetuado y todavía hoy atraviesan todas las capas del sistema sanitario. Hay una medicina de talla única alicatada en los libros y en las consultas: el modelo de hombre blanco sano de mediana edad es el que manda y todo lo que salga de ahí es “atípico”. Aunque esa atipicidad implique a la otra mitad del planeta.