Una revisión sostiene que, cuando las herramientas de medición son precisas, estos sangrados se observan en el 13% de los partos vaginales; cuando la estimación es visual, como observando las manchas en las sábanas, la cifra baja al 4%
La mirada androcéntrica atraviesa la investigación biomédica de punta a punta: desde el ratón que se escoge para un estudio preclínico —solían seleccionarse machos por defecto— hasta el diagnóstico de un infarto —en las mujeres se detecta más tarde y peor—. La historia de la medicina está repleta...
de escandalosos ejemplos de este sesgo de género y, aunque ahora se está intentando equilibrar esa balanza, todavía hay grandes desajustes que cristalizan las carencias que arrastra el estudio de la salud de la mujer. El último caso paradigmático es la hemorragia posparto, una emergencia obstétrica que se define como una pérdida de sangre excesiva tras dar a luz (más de 500 mililitros): un estudio publicado este miércoles en la revista The Lancet Obstetrics, Gynaecology, & Women’s Health alerta de que la prevalencia de sangrados de estas características podría ser tres veces mayor de lo que se pensaba hasta ahora.
La clave de esta grieta entre las estimaciones y los casos reales que se producen está relacionada con el método de detección: históricamente, la forma de reportar estas hemorragias era a partir de estimaciones visuales. Esto es, tras la observación de las manchas en las sábanas y de las compresas impregnadas de sangre, por ejemplo. Según esta fórmula de diagnóstico, la prevalencia de este tipo de emergencias obstétricas era del 4%. Sin embargo, el nuevo metaanálisis señala que, cuando la detección se hace con herramientas más precisas, como paños calibrados especiales que recogen y miden la sangre, la cifra asciende al 13% de mujeres que dieron a luz por vía vaginal. Las hemorragias posparto son una de las principales causas de muerte materna: 70.000 mujeres fallecen cada año en el mundo por este motivo.






