El otro día salí a comer con mi familia política a un restaurante italiano. En la mesa de al lado había un niño empeñado en demostrar que las leyes de la física también se aplican a un plato de macarrones. Gritaba, corría entre las mesas, esquivaba camareros y conseguía que medio restaurante estuviera más pendiente de él que de sus propios compañeros de mesa. Mis hijos observaban la escena con la fascinación con la que se contempla un accidente sin víctimas, y mi cuñado Arturo, que tiene menos paciencia que un semáforo en ámbar, acabó pidiendo a los padres con toda la educación del mundo, que intentaran controlarlo. La respuesta fue inmediata: no era culpa suya, el niño tenía el síndrome del emperador. Y entonces todo pareció cobrar sentido. El niño siguió molestando exactamente lo mismo, pero ya no era un niño maleducado, era un caso clínico. Solucionado. Los padres nos miraron como dos víctimas dobles: de su hijo y de nuestra falta de empatía. Antes de llegar a los postres reflexioné sobre que vivimos tiempos maravillosos en los que resulta facilísimo encontrar una justificación para cualquier comportamiento que nos incomode. Ahora basta con usar el comodín del "síndrome de…", y si además el nombre es largo, impronunciable y pertenece a un psiquiatra austríaco, todavía mejor. Entren en Google y escriban "síndrome de...". No hace falta terminar la frase, el buscador hará el resto. Descubrirán que existe un síndrome de París para quienes se decepcionan al visitar esta ciudad, un síndrome de Fregoli para quienes creen que distintas personas son la misma disfrazada, y un síndrome de Cotard para quienes están convencidos de que han muerto. Todos ellos existen y tienen una explicación médica, lo sorprendente es que hayamos decidido que también necesitamos un síndrome para justificar que un niño monte un escándalo en un restaurante o que un adulto sea incapaz de llegar puntual (síndrome del retardo crónico). Porque parece que cualquier comportamiento reprobable resulta respetable cuando viene envuelto en un nombre impronunciable. Ese es el verdadero prodigio de nuestro tiempo: no hace falta que el síndrome explique el problema; basta con que alivie la culpa. Porque el catálogo parece no tener fin: también está el del niño hiperregalado, el del niño adulto, el del niño empantallado, el del niño invisible, el del niño maleta... A este paso, para criar un hijo vamos a necesitar doctorarnos en psicología. Da la impresión de que para cada conducta existe una etiqueta lo suficientemente llamativa como para que dejemos de hacernos la pregunta más incómoda: si, además de encontrar el nombre del síndrome, habrá algo que podamos hacer para solucionarlo. Vivimos en una época en la que nos tranquiliza mucho más encontrar una explicación sofisticada que afrontar una realidad sencilla porque, reconozcámoslo, siempre resulta mucho más cómodo decir que el niño tiene un síndrome que admitir que, a lo mejor, necesita más límites, menos pantallas o simplemente escuchar un "no" de vez en cuando. A este paso, si algún día un niño recoge los juguetes sin protestar, es probable que un experto acabe diagnosticando que tiene el síndrome del niño milagro, algo mucho mejor que reconocer que sus padres sufren el síndrome de la inmunidad filial selectiva.