Patricia, madre de un niño de siete años, empezó a notar hace tiempo que su hijo rechazaba ir a muchos cumpleaños. Los nervios aparecían incluso el día antes, especialmente si se trataba de encuentros con demasiados niños gritando y hablando al mismo tiempo o dinámicas constantes. Con el tiempo entendió que, inicialmente, no se trataba solo de timidez.
Dice que el agobio aparecía incluso antes de salir de casa. “Preguntaba cuánto tiempo iba a durar la fiesta o si habría mucha gente. A veces intentábamos tranquilizarlo, pero seguía muy nervioso”, cuenta. En encuentros más pequeños o con menos niños, la situación suele ser más fácil de manejar.
En otras familias ocurre algo parecido. Hay niños que terminan llorando en mitad de la fiesta, otros buscan quedarse cerca del adulto de referencia y algunos llegan a mostrarse irritables o especialmente cansados después de ambientes con actividad constante. No siempre se trata de falta de interés social. En determinados casos, esa sensación de saturación aparece en contextos con demasiados estímulos acumulados.
Las fiestas infantiles suelen concentrar exceso de sonido, movimiento continuo, cambios rápidos de actividad y experiencias difíciles de prever. Para algunos niños, gestionar al mismo tiempo ese nivel de alboroto, interacción y estimulación puede resultar especialmente difícil, sobre todo en espacios cerrados o poco estructurados.







