Un beso que se esquiva, un abrazo que se evita o un niño que gira la cara ante una muestra de afecto pueden generar dudas en muchas familias. Aunque estos gestos suelen interpretarse como una falta de educación o de cariño, las razones pueden ser muy distintas y conviene mirar más allá del comportamiento en sí.

Aitana tiene cuatro años y evita los besos de algunas personas de su entorno. Cuando alguien intenta acercarse demasiado rápido, se esconde detrás de su madre o se aparta sin decir nada. “Había familiares que pensaban que era distante”, cuenta Ana, su madre. “Pero luego en casa ella busca muchísimo contacto con nosotros”, añade.

No todos los niños que rechazan un beso o un abrazo lo hacen por el mismo motivo. En algunos casos puede existir una resistencia relacionada con ciertas muestras de afecto; en otros, una necesidad de espacio o una forma de decidir el grado de cercanía con los demás. Para entender qué hay detrás de estas conductas conviene fijarse en el contexto en el que surgen y en cómo se relaciona el menor en otras situaciones cotidianas.

Un artículo publicado en 2022 sobre autonomía corporal infantil recoge cómo distintos especialistas y familias defienden la importancia de que los menores puedan decidir sobre algunos gestos de proximidad y aprender a comunicar aquello que les resulta cómodo y lo que no. Entre las estrategias descritas figuran enseñar frases sencillas para expresar malestar o respetar ciertas negativas sin convertirlas automáticamente en un conflicto.