En 1782, justo al final de la Guerra de Independencia, J. Hector St. John de Cr�vecoeur, un escritor franc�s establecido en las colonias brit�nicas de Norteam�rica, public� Cartas de un granjero americano, un texto que contiene probablemente las frases m�s influyentes jam�s escritas sobre la identidad estadounidense. "What, then, is the American, this new man?" ("�Qu� es, pues, el americano, este hombre nuevo?)", se preguntaba. Su tesis, profundamente revolucionaria antes de la Revoluci�n Francesa, era que ser estadounidense no depend�a de la sangre, la etnia o el origen, sino de una transformaci�n pol�tica y social. El americano era un hombre nuevo, producto de una salida de europeos de todos los or�genes, que hu�an de las persecuciones, jerarqu�as, limitaciones y odios de un Viejo Mundo enquistado para convertirse en ciudadanos libres en el Nuevo. "Es un americano quien, dejando atr�s sus antiguos prejuicios y costumbres, adquiere otros nuevos gracias al modo de vida que ha abrazado, al nuevo gobierno al que obedece y a la nueva posici�n que ocupa. Aqu�, individuos de todas las naciones se funden en una nueva raza de hombres...".Cr�vecoeur, tal vez inspirado por el famoso serm�n de 1630 de John Winthrop a bordo del barco Arbella, cuando un grupo de puritanos se dirig�a a fundar una colonia en la bah�a de Massachusetts ("Seremos como una ciudad sobre una colina. Los ojos de todos los pueblos estar�n puestos sobre nosotros") lanz� esa idea poderosa de que Estados Unidos es una naci�n faro, definida m�s por el atractivo de un proyecto inclusivo y un ideal que por los apellidos o los pecados de padres o abuelos. Una aspiraci�n que ha marcado buena parte del pensamiento posterior, inspirando a los Padres Fundadores, los textos sagrados de la liturgia republicana, abriendo el camino de Tocqueville, azuzando a los fil�sofos del XIX, a los presidentes del XX. Una idea, sostenida sobre el optimismo y el excepcionalismo, que ha definido el primer cuarto de milenio, pero que vive horas bajas.La pregunta de qu� es, pues, un americano, tiene una vigencia absoluta, porque EEUU llega a su 250� aniversario envuelto en una crisis de autoestima, identidad y visiones irreconciliables. La conmemoraci�n de la Declaraci�n de Independencia encuentra hoy al pa�s dividido sobre el significado de su propia historia y con escaso entusiasmo. A diferencia del Bicentenario de 1976, que sirvi� como una suerte de expiaci�n colectiva tras el trauma de Vietnam, el asesinato de Kennedy y el esc�ndalo Watergate, el semiquincentenario transcurre en un clima de polarizaci�n pol�tica, guerras culturales y digitales, el recuerdo del asalto al Capitolio y desconfianza creciente."A medida que la naci�n se acerca a su 250 aniversario, el �nimo del p�blico estadounidense es sombr�o, aunque persisten algunos indicios de optimismo", apunta un reciente estudio del Pew Research Center. "La mayor�a de los estadounidenses cree que los mejores tiempos del pa�s ya pasaron. En las �ltimas d�cadas, los estadounidenses tambi�n han perdido la confianza entre s� y en las instituciones, incluyendo el gobierno federal, los dos principales partidos pol�ticos, los medios de comunicaci�n tradicionales y las universidades. En comparaci�n con la poblaci�n de otros pa�ses, un mayor n�mero de estadounidenses expresa opiniones pesimistas sobre el funcionamiento de su democracia y dudas sobre la moral de sus conciudadanos. Y cuando se les pregunta sobre c�mo evolucionar� hasta 2050, m�s de la mitad de los adultos estadounidenses afirman que creen que la econom�a ser� m�s d�bil, que EEUU tendr� menos importancia en el mundo, que el pa�s estar� m�s dividido pol�ticamente y que el sistema de gobierno estadounidense funcionar� peor que en la actualidad".Una mirada al pasado de EEUULas disputas giran en torno al futuro, al presente de la Uni�n, pero tambi�n al pasado. La esclavitud, el legado de los Padres Fundadores, el papel del racismo o la ense�anza de la historia y su explicaci�n en los museos se han convertido en los principales campos de batalla. M�s que una celebraci�n compartida, el aniversario se ha transformado en una discusi�n perpetua con posiciones irreconciliables. Y en ese marco, Donald Trump, que no tolera disidencia, ha hecho todo lo posible e incluso un poco m�s para convertir la efem�ride en un instrumento m�s de su agenda.La Casa Blanca ha impulsado una narrativa centrada en el patriotismo, el excepcionalismo estadounidense, su poder�o econ�mico y militar y la denuncia de lo que el presidente considera una reinterpretaci�n antiamericana de la historia nacional. En 2020, desde el Monte Rushmore, carg� contra el movimiento Blacks Lives Matter llam�ndolos "turbas enfurecidas" y critic� una "revoluci�n cultural de izquierda... dise�ada para derrocar la Revoluci�n Americana y destruir la civilizaci�n misma de Estados Unidos", "una campa�a despiadada para borrar nuestra historia, difamar a nuestros h�roes, eliminar nuestros valores y adoctrinar a nuestros hijos".Su decisi�n de organizar ahora un gran mitin personalista, "muy largo", el 4 de julio en el National Mall, coincidiendo con las celebraciones oficiales, va en la misma direcci�n y simboliza ese intento de apropiarse del aniversario y de identificar el legado de la independencia con su propio programa pol�tico. Un paso que llega tras una gran ceremonia evang�lica en el Mall, tras obras fara�nicas al gusto est�tico del l�der por toda la capital, tras convertir la Casa Blanca en un recinto para una pelea de artes marciales mixtas de sus amigos, tras una 'feria de los estados' que ha sido un fiasco partidista con cancelaciones de conciertos. Igual que hizo en 2025 con un desfile militar en la capital coincidiendo con su cumplea�os, igual que quiere convertir ese d�a en festivo federal, igual que ha hecho poniendo su nombre a edificios e intent�ndolo con estaciones, aeropuertos o arcos del triunfo.La iron�a de la historia, eso s�, ha querido que todo llegue cuando se empiezan a ver las fisuras m�s grandes en el programa y el plan de Trump. Con encuestas demoledoras, ca�das en su popularidad, derrotas en el Congreso y en los tribunales, rid�culos en las obras adjudicadas a dedo e incluso cuando el Tribunal Supremo, de mayor�a conservadora, se acaba de pronunciar ahora una cuesti�n central: si los hijos de inmigrantes, con papeles o sin ellos pero nacidos en territorio norteamericano, son estadounidenses, tal y como estipula la Constituci�n. La respuesta, para el estupor y la furia de Trump, es que s�. Que esa tierra de asilo que se empez� a forjar a finales del XVIII debe seguir si�ndolo. Que un americano es lo que es, no quien dice la Casa Blanca.El 3 de julio de 1776, el futuro presidente John Adams escribi� a su esposa Abigail expresando su esperanza de que las futuras generaciones de estadounidenses celebraran el aniversario de la Declaraci�n de Independencia "con pompa y desfiles, espect�culos, juegos, deportes, salvas de ca��n, campanas, hogueras e iluminaciones de un extremo a otro del continente, desde ahora y para siempre". Ha solido ser as�, las primeras celebraciones del 4 de julio en EEUU "trajeron consigo el escenario con la bandera estadounidense, contribuyendo a crear un sentimiento de unidad nacional donde antes no exist�a, no porque los estadounidenses estuvieran de acuerdo sobre el significado del aniversario, sino porque lo expresaban p�blica, ruidosamente y con fuegos artificiales", apunta la historiadora Jill Lepore.Hist�ricamente los norteamericanos han celebrado la Declaraci�n de Independencia pensando en James Madison y la necesidad de los pesos y contrapesos, porque "si los hombres fueran �ngeles, no ser�a necesario ning�n gobierno". Han honrado a Thomas Jefferson o John Adams, que murieron ambos, con pocas horas de diferencia, un 4 de julio. Tambi�n han agachado la cabeza recordando las palabras del ex esclavo Frederick Douglass: "este 4 de julio es vuestro, no m�o. Vosotros pod�is alegraros, yo debo lamentarme". Pero la fiesta nacional, especialmente en sus aniversarios redondos, ha sido siempre "un indicador para medir la fidelidad o la traici�n de los estadounidenses a los principios fundacionales de la naci�n, el progreso o la decadencia moral de su gente, el crecimiento o el declive de su econom�a, y la fortaleza o la debilidad de la sociedad civil, de la democracia, de la libertad, de la igualdad", apunta Lepore.El 4 de julio de Donald TrumpEste 4 de julio habr� fuegos artificiales, habr� algo de pompa y de espect�culo, hogueras e iluminaciones de un extremo al otro del continente. Pero el examen de fidelidad a lo principios fundacionales ser� dif�cil aprobarlo con el intento desde la Casa Blanca de acaparar la atenci�n, de absorber la fiesta, sus s�mbolos y el simbolismo. Donald Trump, que convierte cada acto, cada intervenci�n, en un mitin revanchista y en una oportunidad para ajustar cuentas, dividir y atacar a sus rivales, ya ha prometido un largo discurso.Hace medio siglo, en el 200 aniversario, el pa�s tambi�n estaba furioso, la inflaci�n y el precio de la gasolina estaban disparados, un presidente con poca popularidad se enfrentaba al Congreso y la guerra cultural marcaba el paso. Hay muchos paralelismos: Nixon y Trump. Vietnam e Ir�n. Watergate y el vicepresidente JD Vance burl�ndose estos d�as de que algo tan nimio para �l como que el espionaje ordenado desde la Casa Blanca pudiera tumbar un Gobierno. "Si el esc�ndalo Watergate ocurriera ma�ana, ser�a noticia durante apenas 12 horas. La idea de que algo as� derrocara a una presidencia es una locura", dijo acertadamente. Hoy, ning�n esc�ndalo parece suficiente.Ahora, como en 1976, como en 1926, el pa�s celebra un aniversario atravesando una crisis de confianza y un debate sobre valores. Con un alt�simo nivel de polarizaci�n, de violencia pol�tica, una preocupante falta de fe en las instituciones, en la democracia, en las elecciones. Con un presidente que aument� su fortuna en m�s de 2.200 millones de d�lares gracias a su cargo, con un uso espurio de los mecanismos del estado para perseguir enemigos, doblegar rivales, castigar la oposici�n. "Los paralelismos son inquietantes: conflicto internacional, conflictos internos, agitaci�n pol�tica, divisi�n partidista e inestabilidad econ�mica", ha escrito el historiador Marc Stein.Hace un siglo, cuando la naci�n celebraba su 150 aniversario, los editores de la revista America avisaron entre fastos que el proyecto estadounidense era un "trabajo inacabado", instando a todos los estadounidenses a emprender "la tarea a�n inconclusa de construir una naci�n m�s justa". Lincoln lo dijo de forma m�s hermosa en Gettysburg: "Nos corresponde a nosotros, los vivos, dedicarnos a la obra inconclusa que aquellos que lucharon aqu� han llevado adelante con tanta nobleza hasta ahora".