Estados Unidos celebra el 250.º aniversario de su independencia en un contexto muy distinto al de otras grandes efemérides nacionales. Para el politólogo Roger Senserrich, lejos de convertirse en un momento de unión, la conmemoración ha acabado reflejando la profunda fractura política y social que atraviesa el país. “A diferencia del bicentenario, que fue visto como una celebración de reconciliación nacional tras Vietnam y el Watergate, esta vez se ha vivido esencialmente como una batalla partidista”, explica. De hecho, asegura que existen “dos comités semioficiales distintos” organizando los actos y que el mensaje de la Casa Blanca choca frontalmente con el de los estados gobernados por los demócratas.En ese escenario, Senserrich considera que Donald Trump ha convertido el aniversario en un instrumento político al servicio de su presidencia. “Todas las celebraciones organizadas por la Casa Blanca buscan reforzar una determinada visión de Estados Unidos y, al mismo tiempo, glorificar al propio presidente”, afirma. Según el analista, el mandatario ha intentado transformar la efeméride en un gran escaparate personal, impulsando actos y discursos concebidos para proyectar una imagen de fortaleza y consolidarse como uno de los grandes símbolos nacionales.El politólogo también cuestiona el relato histórico promovido por el trumpismo. A su juicio, se presenta una imagen “muy idílica, muy nacionalista y muy cristianizada” del país que deja en un segundo plano la aportación de otros pueblos y culturas. “No se ha hablado apenas del legado indígena, del legado español o de otras comunidades que también construyeron Estados Unidos”, lamenta. Incluso denuncia que la Administración ha tratado de minimizar episodios incómodos de la historia, hasta el punto de retirar referencias a la esclavitud en lugares tan emblemáticos como Mount Vernon, la residencia de George Washington. “La historia de Estados Unidos es mucho más rica y compleja de lo que se está explicando”, resume.Esta reinterpretación del pasado también está teniendo consecuencias entre las nuevas generaciones. Senserrich observa que el patriotismo tradicional estadounidense se ha debilitado especialmente entre los jóvenes. “El orgullo de ser americano se ha difuminado muchísimo”, sostiene, en parte porque muchos identifican el discurso patriótico con el nacionalismo impulsado por Trump. Frente a esa visión, recuerda que Estados Unidos nació como “un Estado de valores, de leyes y de instituciones”, y no como un proyecto basado en criterios étnicos, culturales o religiosos. “Ese mensaje nacionalista es casi antitético a la tradición política estadounidense”, afirma.Preguntado por el legado que dejará el actual presidente, Senserrich cree que Trump está haciendo un esfuerzo evidente por convertir su figura en un símbolo permanente del país. “Hay una intención muy declarada desde la Casa Blanca para que Trump se convierta en una imagen de Estados Unidos”, señala, aludiendo a monumentos, proyectos urbanísticos y elementos conmemorativos impulsados durante su mandato. Sin embargo, concluye que los propios padres fundadores contemplarían con preocupación la situación actual. “Lo que más les sorprendería no sería que apareciera un líder como Trump, sino que las instituciones que debían ejercer de contrapeso hayan terminado plegándose ante él”, sentencia.Martí Paola Balbastre es periodista y presentador del programa Claves del día de La Vanguardia, un espacio informativo que analiza la actualidad con rigor y perspectiva crítica