El día de su muerte, Mohammad al-Halaq estaba encantado. En el colegio le habían regalado una mochila nueva con el logotipo de Unicef, la agencia de la ONU dedicada a la protección de la infancia. “Estaba muy contento, que le regalaran una mochila era algo fuera de lo común para él”, recuerda Aliyah, su madre. “Vino a la puerta para decirme que tenía esa mochila nueva en la que meter sus lápices y sus bolígrafos”.
Mohammad, de nueve años, corrió a casa y luego volvió a toda prisa al colegio a preguntar si le podían dar otra mochila para su hermano. No pudo ser. Después de comer, salió de la casa para intentar atrapar pájaros con una red que había improvisado. Atrapó uno y se lo enseñó a sus amigos. Lleno de energía, quiso ir a casa de sus abuelos, que vivían cerca.
La familia al-Halaq vive en ar-Rihiya, en las colinas al sur de la ciudad palestina de Hebrón. El lugar se hizo tristemente conocido por la violencia que ejercen allí los colonos israelíes, instigados por un ejército cada vez más politizado. Por eso, perder de vista a Mohammad preocupaba a Aliyah, pero ella tenía que hacer la compra y su hijo estaba decidido. Le dijo adiós con la mano mientras se alejaba corriendo. No volvió a verlo con vida.










