Bajo la cháchara infantil que alimenta la mayor parte de las informaciones recogidas en los medios de comunicación, prensa seria incluida, se está produciendo una reflexión tectónica que apunta a la necesidad de recuperar el estado como elemento pivotal para dar coherencia a modelos sociales y económicos que defraudan un día sí y otro también. Se abre paso una nueva forma de entender la organización colectiva de lo que es de todos, el Estado, para que pueda funcionar no solo como garante de lo dado sino también como precursor de lo necesario para el futuro más inmediato.

Hasta el propio Trump desde su atalaya dorada ha convertido al Estado en una herramienta para fijar objetivos y generar riqueza, en este caso la suya y la de su familia

Frente a la concepción más común de un “estado distribuidor” de la riqueza, las nuevas interpretaciones apuntan a un “estado productor” que propende al desarrollo socio económico bajo premisas de necesidad social, no solo de justicia distributiva o de sostén del estatus quo. De alguna manera, vuelve el Estado.

De hecho nunca ha desaparecido, pero desde que las tesis económicas de la escuela de Chicago arraigaron en lo que se ha conocido como consenso de Washington (un decálogo de medidas antisociales) el protagonismo de los estados ha estado remitiendo hasta casi su extinción en algunos contextos geopolíticos.