pluma invitadaAunque la mayoría celebre la integración, la minoría retrógrada es ruidosa y mucho más influyente en tiempos de ascenso del extremismo con ayuda de algoritmos.

Cuando el futbolista alemán Deniz Undav marcó dos goles en los últimos minutos del partido y dio a su equipo la victoria por 2 a 1 frente a Costa de Marfil, la inmensa mayoría de los aficionados alemanes lo vio como un héroe nacional. A pocos les importó que este joven hijo de padres kurdos yazidíes nacidos en Siria y Turquía no tuviera el aspecto típico de un alemán. Brindó a la selección de su país una victoria emocionante y demostró por qué “el juego bonito” tiene más seguidores en todo el mundo que cualquier otro deporte.

Undav también refuta las obsesiones de la derecha y la izquierda radicales. Él y el resto de la selección alemana son la prueba encarnada de que personas con orígenes y apariencias muy diferentes pueden integrarse en un proyecto común que se convierte en fuente de orgullo colectivo. Demuestran que el amor al propio país (algo que la izquierda suele caricaturizar o considerar obsoleto) y la aceptación de los recién llegados (que la extrema derecha aborrece) no son impulsos incompatibles.

La enseñanza no es exclusiva de la selección alemana. El Mundial (incluso cuando no lo organizan juntos tres países) siempre pone selecciones multiétnicas a la vista de miles de millones de aficionados. Cada equipo con chances de ganarlo tiene en sus filas jugadores de segunda o tercera generación de familias inmigrantes, y casi todos inspiran grandes manifestaciones de jubiloso patriotismo.