El presidente Trump quiere volver al orden internacional del siglo XIX. Dejará a Estados Unidos menos próspero y al mundo entero menos seguro.La estrategia de Seguridad Nacional del Gobierno de Trump lo ha hecho oficial: el orden mundial liberal dominado por Estados Unidos ha llegado a su fin. No porque Estados Unidos haya demostrado ser materialmente incapaz de mantenerlo. Ha llegado a su fin, porque el país ha decidido que ya no desea desempeñar el papel, inédito en términos históricos, de proporcionar seguridad global. La fuerza estadounidense que ha sostenido el orden mundial durante los últimos ochenta años se va a utilizar ahora para destruirlo.Los estadounidenses están entrando en el mundo más peligroso que han conocido desde la Segunda Guerra Mundial, un mundo que hará que la guerra fría parezca un juego de niños, y el mundo posterior a esta, un paraíso. De hecho, ese nuevo mundo se parecerá mucho al mundo anterior a 1945, con múltiples grandes potencias y una competencia y unos conflictos desbocados. Estados Unidos no tendrá amigos ni aliados fiables y dependerá por completo de su propia fortaleza para sobrevivir y prosperar. Eso exigirá más gasto militar (no menos), porque el libre acceso a los recursos, mercados y bases estratégicas en el extranjero del que han disfrutado los estadounidenses ya no será una ventaja de las alianzas del país. En cambio, tendrá que disputarlos y defenderlos frente a otras grandes potencias.Imagen creada también con IA en la que se ve a Trump mostrando un mapa de una América con Groenlandia, Canadá y Venezuela anexionadas Los estadounidenses no están preparados material ni psicológicamente para semejante futuro. Durante ocho décadas, han vivido en un orden internacional liberal moldeado por la fuerza dominante de Estados Unidos. Se han acostumbrado a que el mundo funcione de una determinada manera: con la cooperación en gran medida bien dispuesta y militarmente pasiva de los aliados europeos y asiáticos en cuestiones económicas y de seguridad. Con los rivales del orden, como Rusia y China, limitados por la riqueza y el poder combinados de Estados Unidos y sus aliados. Con un comercio mundial, en general, libre y al margen de rivalidades geopolíticas; con océanos seguros para la navegación y con armas nucleares limitadas por acuerdos sobre su producción y uso. Los estadounidenses están tan acostumbrados a ese mundo básicamente pacífico, próspero y abierto que tienden a pensar que es el estado normal de las relaciones internacionales y que lo probable es que continúe siendo así de modo indefinido. No aciertan a concebir que pueda desmoronarse, y mucho menos lo que ese desmoronamiento significará para ellos.¿Y quién puede culparlos? Según Francis Fukuyama, la historia “terminó” en 1989 con el triunfo del liberalismo; incluso el instinto humano primario hacia la violencia se “transformó de modo fundamental”. ¿Quién necesitaba un Estados Unidos poderoso para defender lo que de todos modos estaba destinado a prevalecer? Desde el final de la guerra fría, muchos críticos influyentes no han dejado de repetir que el dominio estadounidense es superfluo y costoso en el mejor de los casos, y destructivo y peligroso en el peor.Algunos expertos que acogen con satisfacción un mundo postestadounidense y el retorno de la multipolaridad afirman que es posible conservar para Estados Unidos la mayoría de los beneficios del orden estadounidense. El país solo tiene que aprender a contenerse, abandonar los esfuerzos utópicos por moldear el mundo y aceptar “la realidad” de que otros países “busquen establecer sus propios órdenes internacionales regidos por sus propias reglas”, como afirma Graham Allison, de Harvard. Según sostienen Allison y otros, la insistencia en el predominio por parte de los estadounidenses es, en realidad, responsable de la mayoría de los conflictos con Rusia y China. Y los estadounidenses deben aceptar la multipolaridad, puesto que es algo más pacífico y menos oneroso. Recientemente, los partidarios de Trump entre la élite de la política exterior han empezado incluso a señalar el concierto europeo de principios del siglo XIX como modelo para el futuro, así como a sostener que una diplomacia entre grandes potencias llevada con habilidad puede preservar la paz de forma más eficaz que el sistema encabezado por Estados Unidos en el mundo unipolar.Desde un punto de vista puramente histórico, eso es una ilusión. Incluso los órdenes multipolares mejor gestionados han sido muchísimo más brutales y propensos a la guerra que el mundo conocido por los estadounidenses durante los últimos ochenta años. Por poner un ejemplo, durante lo que algunos denominan la larga paz en Europa, desde 1815 hasta 1914, las grandes potencias (incluidas Rusia y el imperio otomano) libraron decenas de guerras entre sí y con estados más pequeños para defender o conseguir ventajas estratégicas, recursos y esferas de interés. No fueron escaramuzas, sino conflictos a gran escala, que por lo general costaron decenas y a veces cientos de miles de vidas. Alrededor de medio millón de personas murieron en la guerra de Crimea (1853-1856); la guerra franco-prusiana (1870-1871) causó alrededor de 180.000 muertes de militares y hasta 250.000 víctimas civiles en menos de un año de combates. Casi todas las décadas entre 1815 y 1914 incluyeron al menos una guerra en la que participaron dos o más grandes potencias.El equivalente actual de la multipolaridad del siglo XIX sería un mundo en el que China, Rusia, Estados Unidos, Alemania, Japón y otros grandes estados librarían de algún modo entre ellos una guerra importante al menos una vez cada década; y, ello, redibujando las fronteras nacionales, desplazando poblaciones, perturbando el comercio internacional y arriesgándose a un conflicto global de proporciones devastadoras. Así fue el mundo durante siglos antes de 1945. Creer que nunca regresará parece el colmo del utopismo.Un orden nunca visto tras la Segunda Guerra MundialPrecisamente para escapar de ese ciclo de conflictos, las generaciones de estadounidenses que vivieron dos guerras mundiales sentaron las bases del orden mundial liberal encabezado por Estados Unidos. Fueron verdaderos realistas, porque no se hicieron ilusiones acerca de la multipolaridad. Habían vivido toda la vida con sus terribles consecuencias. Después de 1945, en lugar de restablecer un sistema multipolar, transformaron Estados Unidos en una fuerza global, con la responsabilidad de preservar no solo su propia seguridad, sino también la del mundo. Hacerlo significaba frenar el auge de hegemones regionales, especialmente en Europa y Asia Oriental. Y no lo hicieron porque quisieran recrear el mundo a imagen de Estados Unidos, sino porque habían aprendido que el mundo moderno estaba interconectado de tal manera que Estados Unidos acabaría por verse arrastrado a los conflictos que estallaran entre las grandes potencias de Eurasia.Ningún país había desempeñado antes el papel que Estados Unidos, un país tradicionalmente aislacionista, asumió después de 1945. En parte porque ninguna otra potencia había disfrutado de sus circunstancias privilegiadas: invulnerable en gran medida a una invasión extranjera debido a su poderío y su lejanía con respecto a las otras grandes potencias y, por lo tanto, capaz de proyectar fuerza a miles de kilómetros de su territorio sin ponerlo en riesgo. Esa combinación de geografía y alcance permitió a Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial, llevar la paz y la seguridad a Europa y Asia Oriental. Los países devastados por la guerra dedicaron sus energías a convertirse en potencias económicas. Eso hizo posible la prosperidad mundial y la cooperación internacional.Segunda Guerra Mundial. Frente del Pacífico. Los estadounidenses en Okinawa. 13 de abril de 1945. /AurimagesTal vez algo más extraordinario aun que la capacidad y la voluntad de Estados Unidos para desempeñar el papel dominante fuera la disposición de la mayoría de las demás grandes potencias a aceptar y legitimar su dominio, incluso a costa de su propia potencia. En las décadas posteriores a 1945, casi todos los países que habían luchado en las guerras mundiales renunciaron a las ambiciones territoriales, a las esferas de interés e incluso, en cierta medida, al propio poder. Gran Bretaña, Francia, Alemania y Japón no solo renunciaron a siglos de aspiraciones y conductas propias de una gran potencia, sino que pusieron la seguridad y el bienestar de sus pueblos en manos de la lejana superpotencia estadounidense.Se trató de un comportamiento verdaderamente insólito que desafiaba todas las teorías acerca de las relaciones internacionales, así como todos los precedentes históricos. La respuesta normal al auge de una nueva potencia predominante es que las demás actúen como equilibrio frente a ella. Se formaron coaliciones para frenar a Luis XIV, Napoleón, la Alemania imperial y la nazi, así como el Japón imperial. Sin embargo, lejos de considerar a Estados Unidos como un peligro que había que contener, la mayoría de las potencias mundiales lo vio como un socio al que había que atraer. Los aliados de Estados Unidos hicieron dos apuestas notables: que se podía confiar en que el país los defendería en caso de necesidad y que no explotaría su desproporcionado poder para enriquecerse ni fortalecerse a costa de ellos. Muy al contrario, promovería y se beneficiaría de la prosperidad económica de los aliados.Ese fue el gran pacto del orden estadounidense después de 1945. Y fue lo que permitió la extraordinaria paz y estabilidad de las décadas siguientes, incluso durante la guerra fría. El orden estadounidense estableció la armonía entre las grandes potencias que lo integraban y dejó a las que estaban fuera, Rusia y China, relativamente aisladas e inseguras, descontentas con el acuerdo global pero con poca capacidad para cambiarlo.Todo eso está llegando a su fin. Trump ha celebrado abiertamente el fin del gran acuerdo. Su Gobierno ha dicho a los europeos que se preparen para hacerse cargo de su propia defensa en el 2027 y ha afirmado que los aliados y socios estratégicos, incluidos Japón, Taiwán y Corea del Sur, deberán pagar por su protección. Trump ha lanzado agresivas guerras arancelarias contra prácticamente todos los aliados de Estados Unidos. Ha librado una guerra ideológica y política contra los gobiernos europeos y ha amenazado de modo explícito con llevar a cabo una agresión territorial contra dos aliados de la OTAN, Canadá y Dinamarca.Mientras tanto, la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense no considera a Rusia y China como adversarios y ni siquiera como competidores, sino como socios en el reparto del mundo. Con su importante énfasis en la restauración de la “preeminencia estadounidense” en el hemisferio occidental, la estrategia de Trump aboga por un mundo multipolar en el que Rusia, China y Estados Unidos ejerzan un dominio total en sus respectivas esferas de interés.Aliados que dejan de serloTrump y sus partidarios parecen creer que el resto del mundo se acomodará sin más al nuevo enfoque estadounidense y que, en especial, los aliados seguirán a su lado, sometidos a un país que les da la espalda estratégicamente, les exige un elevado tributo económico y trata de establecer un concierto con las potencias que los amenazan de modo directo. Sin embargo, el cambio radical en la estrategia estadounidense provocará cambios igualmente radicales entre los antiguos amigos y aliados.¿Qué hace, por ejemplo, Europa ahora, cuando se enfrenta a grandes potencias hostiles y agresivas en su flanco oriental y en el occidental? No solo Rusia, sino ahora también Estados Unidos, amenazan la seguridad y la integridad territorial de los estados europeos y obran para socavar sus gobiernos liberales. Una Europa resignada podría convertirse en una colección de feudos (algunos bajo influencia rusa, otros bajo influencia estadounidense y otros quizás bajo influencia china) con la soberanía de los estados restringida y las economías saqueadas por uno o más de los tres imperios. ¿Se rendirán a ese destino los países que antaño fueron grandes países europeos?La línea del frente en la guerra entre Rusia y Ucrania se mantiene prácticamente invariable ArchivoSi la historia sirve de guía, optarán por el rearme. La tarea será monumental. Para articular una defensa creíble contra nuevas agresiones territoriales rusas y, al mismo tiempo, disuadir la agresión estadounidense, no solo harán aumentos marginales en el gasto de defensa, sino que llevarán a cabo una reorientación estratégica y económica a gran escala hacia la autosuficiencia: una reestructuración de las industrias, las economías y las sociedades europeas. Si Alemania, Gran Bretaña, Francia y Polonia se armaran al máximo de su capacidad (con armas nucleares, incluso) y decidieran defender a toda costa su independencia económica, ejercerían colectivamente un poder suficiente capaz de disuadir a Rusia y hacer que un presidente estadounidense se lo pensara dos veces antes de intimidarlos. Si la alternativa es la subyugación, bien podrían los europeos estar a la altura de tal desafío.Los socios asiáticos de Estados Unidos se enfrentan a una elección similar. Los dirigentes japoneses llevan tiempo cuestionando la fiabilidad estadounidense, pero la postura de Trump obliga a abordar ya la cuestión. Trump ha impuesto aranceles a los aliados asiáticos y ha afirmado en repetidas ocasiones que deben pagar a Estados Unidos por su protección (“no es algo diferente a una compañía de seguros”). La Estrategia de Seguridad Nacional de Trump se centra en gran medida en el hemisferio occidental, en detrimento de Asia, y su Gobierno desea fervientemente alcanzar un acuerdo comercial y una coordinación estratégica con Beijing. Es posible que Japón tenga que elegir entre aceptar la sumisión a China y desarrollar la capacidad militar necesaria para una disuasión independiente.La reciente elección de una primera ministra nacionalista de derecha, Sanae Takaichi, indica el camino que pretenden tomar los japoneses. Trump y sus asesores pueden imaginar que ven en el nuevo Gobierno compañeros de viaje que buscan hacer Japón grande de nuevo, pero el auge del nacionalismo japonés es una respuesta directa a los temores legítimos de que Japón no pueda seguir confiando en Estados Unidos para su defensa. Corea del Sur y Australia también están reconsiderando sus políticas defensivas y económicas a medida que toman conciencia de los retos procedentes tanto de Oriente como de Occidente.Por lo tanto, es muy probable que la consecuencia de un Estados Unidos menos fiable e incluso hostil sea un importante aumento del gasto militar por parte de los antiguos aliados. Eso no significará compartir la carga de la seguridad colectiva, ya que esos países rearmados ya no serán aliados de Estados Unidos. Serán grandes potencias independientes que buscarán sus propios intereses estratégicos en un mundo multipolar. No le deberán nada a Estados Unidos; al contrario, verán ese país con el mismo antagonismo y temor que sienten hacia Rusia y China. De hecho, tras ser abandonados estratégicamente por él y sufrir su voracidad económica y posiblemente su agresión territorial, es probable que se conviertan en focos de sentimiento antiestadounidense. Cuando menos, no serán los mismos países que los estadounidenses conocen hoy en día.El caso de AlemaniaConsideremos el caso de Alemania. La actual Alemania democrática y pacífica creció en el orden internacional liberal dominado por Estados Unidos. Ese orden contribuyó a hacer posible el milagro económico impulsado por las exportaciones de la Alemania Occidental de la década de 1950, lo que a su vez convirtió el país en un motor del crecimiento económico mundial y un pilar de la prosperidad y la estabilidad democrática en Europa. Las tentaciones en relación con la búsqueda de una política exterior normal e independiente propia de una gran potencia se vieron atenuadas por los intereses económicos y el entorno relativamente benigno en el que los alemanes podían vivir su vida, tan diferente del que habían conocido en el pasado. ¿Por cuánto tiempo iba a estar Alemania dispuesta a seguir siendo un país anómalo y renunciar a las ambiciones geopolíticas, los intereses egoístas y el orgullo nacionalista? Esa pregunta ya estaba presente antes incluso de que el actual orden mundial liberal empezara a derrumbarse. Ahora, gracias al cambio estratégico estadounidense, Alemania no tiene más remedio que volver a la normalidad, y hacerlo deprisa.Y, al igual que la estrategia estadounidense obliga a los alemanes a rearmarse, también garantiza que lo hagan en una Europa cada vez más nacionalista y dividida. Los fundadores del orden estadounidense trabajaron en los años de la posguerra para atemperar el nacionalismo europeo, en parte apoyando las instituciones paneuropeas. El diplomático estadounidense de la época de la guerra fría George Kennan creía que la unificación europea era la “única solución concebible” para el problema alemán.Los líderes de Alternativa para Alemania, Tino Chrupalla y Alice Weidel, hoy ya el segundo mayor grupo político en el Parlamento alemán EFESin embargo, esas instituciones se encuentran hoy sometidas a tensión y, si el Gobierno de Trump se sale con la suya, desaparecerán por completo. Ese Gobierno trata de exacerbar el nacionalismo europeo; en especial, en Alemania, donde podría tener éxito. El partido Alternativa para Alemania, de tendencia nacionalista de derecha, es el segundo más grande del Parlamento alemán, igual que lo fue el Partido Nazi en 1930.Al margen de que sucumba o no ante la extrema derecha, una Alemania rearmada sin la garantía de seguridad estadounidense adoptará de modo necesario una visión más nacionalista de sus intereses. Y también lo harán todos sus vecinos. Polonia, encajada entre una poderosa Alemania por un lado y una poderosa Rusia por el otro, no ha dejado de ser repetidamente dividida, ocupada y, en ocasiones, eliminada como entidad soberana a lo largo de los siglos. Sin una superpotencia lejana que los proteja, es probable que los polacos decidan desarrollar su propia capacidad militar, armas nucleares incluidas. Mientras tanto, Francia está a solo unas elecciones de una victoria nacionalista que sacudirá Europa como un terremoto.Los dirigentes franceses ya han dicho al país que se prepare para la guerra contra Rusia. Sin embargo, imaginemos a una Francia nacionalista y rearmada enfrentándose a una Alemania nacionalista y rearmada. Los dos países tal vez encuentren puntos en común frente a las crecientes amenazas de Estados Unidos y Rusia, pero también tienen una historia compleja, puesto que libraron entre sí tres grandes guerras en los setenta años anteriores a la ayuda estadounidense que contribuyó a establecer entre ellos una paz duradera.El rearme japonés tendrá consecuencias similares. Aumentará el nerviosismo entre los vecinos de Japón, incluida Corea del Sur, otro aliado que ya no está seguro del compromiso de Washington con su defensa. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que los coreanos decidan que también ellos necesitan rearmarse, con armas nucleares incluso, para hacer frente a una Corea del Norte hostil y con armas nucleares y a un Japón rearmado, posiblemente nuclear, que ya los ha invadido y ocupado tres veces en el pasado?Vuelven las esferas de influenciaEn un mundo multipolar, todo está en juego y proliferan los puntos de ignición de un conflicto potencial. Durante ocho décadas, el orden estadounidense no solo proporcionó compromisos de seguridad a sus aliados y socios, sino también acceso común a recursos vitales, bases militares, vías navegables y espacio aéreo: lo que los teóricos denominan bienes públicos. En ausencia del papel desempeñado por Estados Unidos, todo eso vuelve a ser objeto de una competencia multilateral.Esa competencia no se limitará a Europa y Asia Oriental. Hasta ahora, por ejemplo, Alemania y Japón se habían contentado con confiar en Estados Unidos para garantizar el acceso naval al petróleo del golfo Pérsico. A partir de ahora, tanto ellos como otras potencias que se están rearmando (incluidas India, Gran Bretaña y Francia) deberán encontrar nuevas formas de valerse por su cuenta. China ha enseñado cómo hacerlo. Hace dos décadas no tenía una armada digna de ese nombre ni bases en el golfo Pérsico. Hoy en día tiene la marina más grande del mundo, una base en Yibuti y acuerdos de cooperación con los Emiratos Árabes Unidos y Omán para construir instalaciones de uso chino.En un mundo multipolar, las esferas de interés vuelven a cobrar importancia. Durante siglos, la capacidad de mantener y proteger una esfera de interés ha formado parte de lo que significaba ser una gran potencia. También ha sido una de las causas más comunes de guerra, ya que las esferas solían solaparse. La lucha a tres bandas de apariencia interminable entre Rusia, Austria y el imperio otomano por el control de los Balcanes fue fuente de numerosos conflictos, incluida la Primera Guerra Mundial. El deseo de recuperar o crear esferas de interés fue uno de los principales motivos de las tres potencias pobres que contribuyeron a propiciar la Segunda Guerra Mundial: Alemania, Japón e Italia.El fin de esa guerra llevó a un abandono global de las esferas de interés. Parte de lo que hizo liberal el orden mundial liberal fue el principio de autodeterminación consagrado en la Carta del Atlántico y la Carta de las Naciones Unidas. Ese principio fue transgredido en ocasiones, incluso por Estados Unidos. Sin embargo, en los órdenes multipolares del pasado, las grandes potencias jamás tuvieron que considerar los derechos de los países pequeños, y no lo hicieron. En cambio, el liberalismo del orden estadounidense presionó a los países poderosos para que cedieran soberanía e independencia a los más pequeños que se encontraban en su órbita.Los británicos desmantelaron poco a poco su imperio, al igual que los franceses. Alemania se vio obligada a renunciar a sus sueños mitteleuropeos, al igual que Japón aceptó en el continente asiático el fin de su esfera de interés, por la que había librado numerosas guerras entre 1895 y 1945. Bajo el orden encabezado por Estados Unidos, dichas potencias nunca intentaron recuperar esas esferas. Tras la Segunda Guerra Mundial, China se vio tan privada de esfera de influencia que ni siquiera pudo reclamar Taiwán, una isla vecina poblada por quienes en su día habían sido sus ciudadanos. La única esfera que quedó, aparte de la estadounidense, fue la ganada por la Unión Soviética en Yalta sobre Europa Central y Oriental. De todos modos, también esa esfera estuvo sometida a tensión desde el principio, y el esfuerzo necesario para mantenerla acabó por exceder las capacidades de la Unión Soviética, lo que condujo a su colapso.Las zonas en las que se ejercita China alrededor de Taiwán ArchivoLa simple existencia de Estados Unidos y el orden liberal que ese país respaldaba ofreció a las potencias pequeñas y medianas una oportunidad que la multipolaridad les había negado durante siglos. Los estados satélites de Moscú en Europa Central y Oriental no habrían estado tan empeñados en escapar de su órbita de no existir un lugar al que escapar. El orden estadounidense prometía un nivel de vida más alto, soberanía nacional e igualdad jurídica e institucional. Eso proporcionó a los países que vivían a la sombra de la Unión Soviética una opción distinta a la de la aceptación y, cuando se les presentó la oportunidad de escapar del control de Moscú, no la desperdiciaron.En los últimos años, varios autodenominados realistas han pedido a Estados Unidos que acepte el retorno a las esferas de influencia como alternativa a la unipolaridad. Sin embargo, la mayoría solo ha reconocido las esferas de influencia de Rusia y China. Dichas esferas son bastante problemáticas. ¿Sabemos hasta dónde se extiende la percepción que tiene China de su esfera de influencia legítima? ¿Incluye Vietnam? ¿Todo el Sudeste Asiático? ¿Corea? ¿Y qué hay de lo que China denomina la primera cadena de islas, que incluye a Japón? Desde la época de Pedro el Grande, la esfera de influencia tradicional de Rusia siempre ha incluido a los países bálticos y, al menos, parte de Polonia. Vladímir Putin está emulando abiertamente a Pedro el Grande y no oculta su deseo de restaurar el imperio soviético tal como existió durante la guerra fría.Reconocer las esferas de interés de Rusia y China significaría aceptar su hegemonía sobre una serie de países que hoy gozan de independencia soberana. Y, en ese nuevo mundo naciente, Rusia y China no serán los únicos que busquen ampliar sus esferas. Si Alemania y Japón quieren volver a convertirse en grandes potencias, también tendrán esferas de interés, que inevitablemente se solaparán con las de China y Rusia, lo cual dará lugar a numerosos conflictos en el futuro multipolar como ocurrió en el pasado multipolar.El nuevo mundo multipolarEso nos lleva a la muy pregonada idea de un nuevo acuerdo entre Estados Unidos, China y Rusia, equivalente al concierto europeo del siglo XIX. Un acuerdo que tuviera éxito debería establecer los límites de las respectivas esferas de interés. ¿Es posible tal acuerdo?La respuesta es no, porque el nuevo mundo multipolar no tendrá las mismas características que el que prevaleció hace dos siglos. La Austria de Metternich era una potencia partidaria del statu quo, interesada únicamente en proteger un orden conservador frente a sus rivales liberales. Bismarck consideraba que su Alemania recién unificada a finales del siglo XIX estaba satisfecha. Ambos buscaban un equilibrio para conservar lo que tenían, no para obtener más.Sin embargo, China y Rusia no son en absoluto potencias satisfechas, partidarias del statu quo. Son potencias insatisfechas, venidas a menos. Desde el final de la guerra fría, han mostrado un descontento crónico con la supremacía global estadounidense y han tratado de restaurar lo que consideran su dominio regional natural y tradicional. Incluso hoy, China apenas ejerce un dominio parcial sobre el Sudeste Asiático, no controla Taiwán y está muy lejos de disfrutar de lo que consideraría una debida sumisión por parte de Japón y Corea del Sur. Rusia, por su parte, solo se encuentra en las primeras etapas de la reconstrucción de su esfera tradicional en Europa Central y Oriental. Ucrania no es el final, sino el comienzo del orden soñado por Putin.¿Qué tipo de acuerdo con Estados Unidos podría satisfacer esas ambiciones? No sería un acuerdo que se limitara a codificar el statu quo, como intentó hacer el concierto europeo. Tendría que dar cabida a la transformación geopolítica radical de Europa y Asia que Rusia y China consideran esencial y por la cual, al menos Rusia, ha estado dispuesta a ir a la guerra. Dicha transformación no será un proceso agradable para las potencias pequeñas y medianas obligadas a renunciar a su independencia y aceptar el dominio de Beijing, Moscú o Washing­ton, y quizás, con el tiempo, de Berlín, Tokio o quién sabe quién más.Si las cuatro primeras décadas del siglo XX nos enseñaron algo, es que resulta difícil lograr una paz estable con las potencias sin posesiones. Cada país o territorio que se les cede las fortalece y las anima a plantear la siguiente exigencia.De hecho, Beijing y Moscú no tienen el deseo ni la necesidad de llegar a ningún acuerdo moderador con Estados Unidos. Al contrario, tienen todas las razones para creer que es el momento de seguir adelante. Xi Jinping ha hablado de “grandes cambios nunca vistos en un siglo” que ofrecen a China un “período de oportunidad estratégica”. Para Putin, la destrucción de la alianza transatlántica por parte de Trump es uno de esos “grandes cambios”. ¿Por qué no iba a aprovechar la oportunidad? No puede saber cuánto durará la fase Trump en Estados Unidos; y, si los europeos se rearmaran, desaparecería la oportunidad para el Kremlin. Hasta ahora, Putin ha actuado con lentitud: esperó seis años entre la invasión de Georgia y la anexión de Crimea, y luego otros ocho antes de la invasión a gran escala de Ucrania, gravemente obstaculizada por Estados Unidos y sus aliados. Los estadounidenses han roto ahora esa solidaridad, y Putin podría considerar que es el momento de acelerar sus planes de conquista.Esto significa que los primeros años de la nueva época multipolar no estarán marcados por una diplomacia hábil y conciliadora, sino por una competencia y una confrontación intensas. El mundo se parecerá más a la brutal época multipolar de principios del siglo XX que al mundo más ordenado, aunque todavía brutal, del siglo XIX.La verdadera fortaleza de Estados UnidosEste es el nuevo mundo en el que se adentra Estados Unidos, despojado voluntariamente de sus mayores activos. El influyente pensador estratégico chino Yan Xuetong observó en cierta ocasión que la diferencia más importante entre Estados Unidos y China no es el poder militar o económico, algo que China también puede acumular. Es el sistema global de alianzas y asociaciones que tiene Estados Unidos.Cuando Rusia o China han entrado en guerra, lo han hecho solas. Cuando Estados Unidos ha entrado en guerra, incluso en un conflicto impopular como el de Irak, ha contado con el apoyo de decenas de aliados. La proyección del poder militar estadounidense ha dependido de bases en todo el mundo, proporcionadas por países que confiaban en Estados Unidos como socio y estaban dispuestos a pasar por alto las molestias de acoger a soldados estadounidenses.Las relación entre Xi, Putin y Trump se interpreta cada vez más como un equilibrio entre potencias y sus esferas de influencia JUNI KRISWANTO / AFPSin embargo, la situación puede reconsiderarse si Estados Unidos ya no garantiza la seguridad de esos países y, además, les declara una guerra económica y les impone exigencias políticas e ideológicas que les resulten ofensivas. Los funcionarios de Trump parecen esperar que los países europeos y asiáticos se unan a Estados Unidos siempre que Wa­shington los necesite o quiera que lo hagan (por ejemplo, para presionar a China), incluso sin ofrecerles nada a cambio. Ahora bien, ¿es posible abandonar a los aliados y seguir contando con ellos?Una cosa sería que Estados Unidos se retirara realmente a su hemisferio y volviera al aislamiento y la indiferencia ante los asuntos mundiales que mostró a lo largo del siglo XIX. Sin embargo, una de las cosas más destacadas de la política exterior de este Gobierno es que, pese a todos sus discursos sobre el “Estados Unidos primero”, Trump muestra una ambición global que no parece tener límites. Disfruta ejerciendo el poder estadounidense, incluso mientras lo desgasta. En su primer año de mandato, ha lanzado ataques contra Irán y Siria; ha amenazado con apoderarse de Canadá y Groenlandia; ha decapitado al Gobierno de Venezuela y prometido “dirigir” el país; se ha entrometido de forma poco eficaz en guerras en el Sudeste Asiático, África Central y Oriente Medio; e incluso ha propuesto en la franja de Gaza unos proyectos de construcción que tendrían que ser defendidos por las fuerzas estadounidenses.¿Es eso lo que se entiende por “moderación”? Los acólitos intelectuales de Trump lo alaban por abandonar los “absurdos objetivos utópicos” de las “élites incompetentes”, pero acto seguido lo elogian por intentar nada menos que “remodelar” el mundo entero. ¿Remodelar con qué fin? ¿Para llenar los bolsillos de Trump?De país líder a pariaLa megalomanía de Trump está transformando a Estados Unidos y está haciendo que el país pase de ser un líder internacional a ser un paria internacional, y el pueblo estadounidense sufrirá las consecuencias durante años. El canciller alemán de 1916, Theobald von Bethmann Hollweg, temió que el comportamiento de su país lo convirtiera en un “perro rabioso entre los pueblos” y provocara “la condena de todo el mundo civilizado”. Tenía razón. Los dirigentes alemanes estaban orgullosos de su inquebrantable “realismo” y creían que la búsqueda franca y brutal del interés propio era sencillamente lo que hacían los países. Sin embargo, como señaló el historiador Paul Kennedy, el constante recurso de Alemania “al código de la cruda Machtpolitik” contribuyó a unir a las grandes potencias mundiales para provocar su derrota.El Gobierno de Trump se deleita en la búsqueda del interés propio y en el ejercicio de la fuerza por el simple hecho de hacerlo, con un alegre desprecio por los intereses de los demás. Como dijo H.R. McMaster, asesor de seguridad nacional de Trump durante su primer mandato, en un artículo escrito junto con el economista Gary Cohn, el mundo no es una “comunidad global”, sino “un escenario en el que los países, los agentes no gubernamentales y las empresas compiten por obtener ventajas”, y en este mundo de Machtpolitik, Estados Unidos disfruta de un poder “inigualado”. Pero, ¿por cuánto tiempo? La formulación de McMaster, al igual que la exaltación del egoísmo por parte de Trump, se basa en un profundo desconocimiento de las verdaderas fuentes de la fuerza estadounidense. Gran parte de la influencia de Estados Unidos en el mundo se deriva de tratar a los demás como parte de una comunidad de países democráticos o de socios estratégicos.Un agricultor observa parte de un misil balístico iraní que impactó cerca de un establo en un asentamiento israelí en Cisjordania este 2026 ABIR SULTAN / EFEOtros lo ven así, aunque muchos estadounidenses no lo hagan. Yan, el pensador chino, observó que uno de los elementos que mantenían unido el orden estadounidense era su reputación de moralidad y respeto por las normas internacionales. Theodore Roosevelt, a menudo considerado el realista estadounidense por excelencia y no precisamente tímido en el ejercicio del poder, creía que los grandes países debían guiarse en última instancia por una “conciencia social internacional” que tuviera en cuenta no solo sus propios intereses, sino también “los intereses de los demás”. Una gran potencia con éxito, observó, no podía actuar “al margen de los fundamentos de la moralidad genuina”.Durante décadas, gran parte del mundo apoyó a un Estados Unidos que actuaba según esos principios y aceptó su poder, pese a sus defectos y errores, precisamente porque no actuaba guiado por un mezquino interés propio, y mucho menos por el mezquino interés egoísta de un gobernante.Esa época ha terminado. En solo un año, Trump ha conseguido destruir el orden estadounidense existente y ha debilitado la capacidad de Estados Unidos para proteger sus intereses en el mundo que está por venir. Si los estadounidenses pensaban que defender el orden mundial liberal era demasiado caro, que se preparen para lo que van a tener que pagar con el que vendrá después.Robert Kagan es colaborador de ‘The Atlantic’, investigador principal de la Institución Brookings y el autor del reciente ‘Rebellion: How antiliberalism is tearing America apart again’ (Knopf, 2024). Nota: Este artículo se publicó originalmente en ‘The Atlantic’ (marzo del 2026).Cómo leer VANGUARDIA DOSSIERVERSIÓN IMPRESA• Compra de ejemplar. La edición impresa de VANGUARDIA DOSSIER se puede adquirir en quioscos y librerías habituales al precio de 12 euros.• Suscripción. Solicita tu suscripción llamando al 933481482 y recibirás VANGUARDIA DOSSIER cómodamente en tu domicilio.VERSIÓN DIGITAL• Compra de ejemplar. 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