La segunda administración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dejado claro desde el principio que reformularía la política exterior estadounidense de manera fundamental. Su Estrategia de Seguridad Nacional, publicada el pasado mes de noviembre, declaraba que «los días en que Estados Unidos sostenía todo el orden mundial como Atlas han terminado», un cambio que resulta especialmente significativo para los numerosos aliados y socios de Estados Unidos, que durante mucho tiempo han hecho de la dependencia de Estados Unidos el principio central de su seguridad nacional. La expresión más reciente de este nuevo enfoque estadounidense se produjo la semana pasada, en el discurso del secretario de Defensa, Pete Hegseth, pronunciado en Singapur ante una reunión de ministros de Defensa y expertos: «Necesitamos socios, no protectorados», declaró Hegseth. «Buscamos alianzas basadas en la responsabilidad compartida, no en la dependencia. Esta es la maduración de nuestras alianzas en una nueva era». Esta línea de pensamiento estadounidense refleja, en parte, la opinión generalizada de que, durante demasiado tiempo, los socios de seguridad del país no han asumido su parte de responsabilidad. Hay más que una pizca de verdad en esto, ya que muchos aliados de Estados Unidos cuentan con los recursos económicos para gastar más en defensa. Lo que tradicionalmente les ha frenado ha sido la política interna e incluso la presunción de que Estados Unidos siempre les defendería, pasara lo que pasara. Eso ya no se aceptará en Washington.