La estrella que calienta y da vida a nuestro planeta, en torno a la que giran el resto de cuerpos del sistema solar, se apagará un día. El Sol es hoy una enana amarilla de 4.500 millones de años, una estrella mediana y estable que se alimenta de hidrógeno en su núcleo. Pero, dentro de 4.000 millones más, habrá gastado casi todo su combustible y evolucionará a una gigante roja que se expandirá buscando hidrógeno exterior. El desequilibrio gravitacional hará que su núcleo se contraiga, mientras que las capas exteriores engullirán a Mercurio, a Venus, y probablemente también a la Tierra. Pero este no será el final de nuestro sistema solar.Cuando al Sol no le quede más gas que consumir, morirá, convirtiéndose en una enana blanca. Será mucho más pequeña, densa, cada vez más fría y parece que no estará sola. Este miércoles la revista Nature desvela cómo un planeta similar a Júpiter, que orbita en torno a una enana blanca del tamaño de la Tierra, pudo sobrevivir a un cataclismo así. Los signos de su odisea quedan patentes en su temperatura, inesperadamente alta, y en su órbita, que abraza estrechamente a su estrella. Esta historia de supervivencia da pistas sobre el posible futuro de nuestro sistema solar.“Como este sistema planetario es muy antiguo y su estrella fue similar al Sol (aproximadamente un 36% más masiva), este planeta es un análogo plausible del estado futuro de planetas como Júpiter”, explica Ryan J. MacDonald, primer autor y astrónomo de la universidad escocesa Saint Andrews. El planeta, de nombre WD1856b, se conocía desde 2020, cuando otros investigadores lo descubrieron en la órbita de la enana blanca WD1856+534. “Yo todavía estaba haciendo mi posgrado en la universidad e inmediatamente sentí la necesidad de descubrir cómo había llegado allí ese planeta”, cuenta el astrofísico Christopher E. O’Connor, otro de los autores.El investigador estadounidense, de la universidad Northwestern, añade entusiasmado lo emocionante que es poder estudiar planetas alrededor de enanas blancas porque, a distancias extremadamente cercanas como la de WD1856b, podrían encontrarse en una “zona habitable”. “No tenemos ninguna razón en particular para pensar que WD1856b sea habitable, pero las técnicas que hemos utilizado podrán aplicarse en el estudio de otros planetas, más pequeños, que podrían descubrirse alrededor de enanas blancas en el futuro”.Los autores reconocen que este es uno de los sistemas planetarios más extraños que se conocen. El planeta es un gigante gaseoso de entre cuatro y 11 veces la masa de Júpiter y que orbita una estrella del tamaño de la Tierra. Es decir, su radio es unas ocho veces mayor que el del astro. Además, orbita a una distancia extremadamente cercana, completando una vuelta cada 1,4 de nuestros días. Con el Telescopio Espacial James Webb, el equipo internacional estudió su temperatura y dieron con unos inesperados 400 Kelvin –126 °C–. Esto son 240 grados más de lo esperado si su única fuente de calor fuera la luz de la enana blanca. La astrónoma Eva Villaver, subdirectora del Instituto de Astrofísica de Canarias, apunta que lo más interesante del estudio es que hayan descrito por primera vez la atmósfera de un planeta que orbita una enana blanca. Esto “abre una vía para poder investigar mejor el pasado de este tipo de planetas, que es el futuro de nuestro sistema solar”, explica Villaver analizando el estudio para EL PAÍS. La astrónoma destaca lo interesante que es detectar un planeta con atmósfera tan caliente y tan evolucionado. Los investigadores han combinado las mediciones del James Webb con modelos de cómo se enfrían los planetas gigantes con el tiempo para reconstruir la historia de WD1856b. La gran incógnita es cómo llegó a su posición actual, y existen dos teorías. “Una es que el planeta fue engullido por la estrella anfitriona mientras agonizaba y logró sobrevivir en su interior. La otra es que la migración se produjo debido al efecto gravitacional de otros objetos del sistema”, explica O’Connor. Es decir, la enana blanca formaría parte de un sistema estelar triple, y las dos estrellas compañeras exteriores podrían haber influido en la órbita de WD1856b.