Si queremos dejar a la próxima generación un legado que merezca la pena, necesitamos más Europa, no menos. ¿Seremos capaces? Los síntomas de debilitamiento de la Unión son evidentes: una Europa dubitativa, frecuentemente dividida, donde las viejas disputas nacionales siguen imponiéndose al interés común.Lo vemos en la pugna entre la francesa Dassault Aviation y la alemana Airbus, que ha frenado un proyecto estratégico por la incapacidad de compartir responsabilidades y liderazgo. También en Bruselas, donde las tensiones entre Ursula von der Leyen y Kaja Kallas dificultan una acción exterior coherente. El eurodiputado Javi López lo resumía con acierto: “Los problemas de coordinación se corrigen con liderazgos compartidos, no desmantelando capacidades estratégicas”.Todos ellos, hombres y mujeres, han pasado por excelentes escuelas de negocios. Han aprendido a negociar, a dirigir equipos y a tomar decisiones. Pero casi nadie les ha enseñado a repartir poder, a ceder protagonismo cuando conviene o a construir confianza desde la escucha. Y, sin embargo, el liderazgo compartido también se entrena. Como cualquier capacidad humana.Las recetas del siglo XX ya no sirven para los desafíos del XXI. En sociedades relativamente simples, el control, la verticalidad y la jerarquía podían resultar eficaces. En un mundo interdependiente, complejo e incierto, compartir liderazgo no es una concesión: es una tecnología social avanzada. Probablemente, la única estrategia capaz de sostener proyectos comunes de gran escala.La pandemia nos dejó una lección difícil de olvidar. Si Europa hubiera competido en lugar de cooperar, todavía estaríamos esperando mascarillas y vacunas. Cuando trabajó unida, demostró que podía proteger a cientos de millones de personas.Europa también representa una promesa para quienes vienen detrás. Hace cinco años tuve la responsabilidad de gestionar los primeros millones de euros de los fondos Next Generation desde el Ayuntamiento de Barcelona. Ya entonces me sorprendió el escaso reconocimiento público que recibieron. Hoy sabemos mejor lo que significaron: España ha recibido más de 71.000 millones de euros y estos fondos explican entre el 10% y el 14% del crecimiento del PIB entre 2021 y 2025. En Cataluña, la inversión captada supera ya los 10.000 millones de euros y se estima un impacto económico equivalente al 6,2% del PIB hasta 2027. Son cifras que han contribuido a modernizar empresas, digitalizar administraciones, impulsar la transición energética y reforzar la investigación.Los británicos conocen bien el precio de abandonar Europa. Decidieron marcharse convencidos de que recuperarían el control y hoy descubren que sus problemas ya no pueden atribuirse a Bruselas.El liderazgo compartido exige colaboración, comprensión de intereses diferentes, responsabilidades equilibradas, flexibilidad y un enfoque constante al bien común. También requiere inteligencia emocional, porque los países, igual que las personas, atraviesan momentos de fortaleza y de fragilidad. Si algo necesita hoy Europa no son líderes más fuertes, sino líderes capaces de hacerse mutuamente más fuertes. Hannah Arendt escribió que el poder surge cuando las personas actúan juntas y desaparece cuando dejan de hacerlo. Europa haría bien en recordarlo. Porque el poder compartido no divide, multiplica. Este será nuestro mejor legado.Sara Berbel Sánchez es doctora en psicología social y asesora estratégica
Compartir el poder para salvar Europa
En un mundo interdependiente, complejo e incierto, compartir liderazgo es la única estrategia capaz de sostener proyectos comunes de gran escala






