Daniel Barenboim cenaba el 14 de noviembre de 1981 con unos amigos en la Sala La Paloma, de Barcelona, tras dirigir un concierto en el Palau; y uno de ellos, ya mediados los postres, le insistió: “Por favor, toca algo al piano”. El pianista y director de orquesta se resistía, pero acabó aceptando. Se levantó de la mesa y se encaminó hacia el radiante instrumento situado en un rincón. Tras sentarse en la banqueta y destapar el teclado, se le acercó un camarero y le dijo: “Lo siento, señor, pero este piano es solo para profesionales”.Así que Barenboim regresó a la mesa riéndose, entre el asombro general, según me contó una de las personas que lo acompañaban. Veo la película Núremberg. Ha terminado la II Guerra Mundial y el protagonista le pregunta a un soldado norteamericano que ejerce como intérprete de alemán por qué habla tan bien ese idioma, a lo que contesta: “Mi madre hablaba alemán”. Ahí no tenemos más remedio que deducir que su madre hablaba alemán y su padre no. Mucho metraje después, el traductor confesará que ambos eran alemanes, como él (lo que adquiere importancia en la trama). El intérprete no había mentido, pues su madre realmente hablaba alemán, pero la información incompleta nos condujo a un error de deducción acerca del idioma del padre y acerca de él mismo. Los informes policiales que se incorporan a distintos pleitos tienden últimamente a añadir por su cuenta una relación de causa entre hechos yuxtapuestos sin que se haya comprobado antes la conexión entre ellos. Aquel camarero de Barcelona lo veía todo claro: este señor es un simple comensal a quien debo parar los pies, o más bien las manos, antes de que se dedique a aporrear las teclas. Pero a tal inferencia le faltaba un dato fundamental: tenía ante sí a uno de los más famosos pianistas del mundo. De haberle preguntado si era músico, el resultado de la escena no habría constituido ninguna molestia para los demás clientes sino todo lo contrario. Es lo que pasa con las informaciones incompletas. Mientras una investigación se halla en marcha, conviene que los textos sobre los hechos expresen cierto escepticismo profesional porque a menudo nos quedan datos por descubrir; quizás aún falten las declaraciones de los acusados, cotejar unas verdades con otras, escuchar más interpretaciones verosímiles. Después, una vez agotada la instrucción y visto el juicio oral, ya sí se pone sobre la mesa un relato completo. Solo se necesita entonces que la sentencia no omita ningún hecho relevante y se exprese con claridad sobre lo acontecido.Expondré un ejemplo actual, entre otros posibles. He observado que algunas noticias sobre el enchufe del hermano del presidente del Gobierno omiten un dato: cuando, en 2016, se convocó la plaza de coordinador de los conservatorios de Badajoz que se sospecha adjudicada de antemano, Pedro Sánchez no era ni diputado, tras su defenestración al frente del PSOE; y nada hacía sospechar la milagrosa resurrección que lo llevaría a la presidencia. Si sabemos esto, nos parecerá extraño que pudiera influir entonces en esa vacante, creada por una Diputación cuyo presidente ni siquiera era partidario suyo en la pugna interna. Nos falta algo en ese relato. Daniel Barenboim es director de orquesta. David Sánchez es director de orquesta. Pero, en coherencia con lo dicho, de esta yuxtaposición de hechos no extraeré aquí ninguna conclusión sobre las sospechas que despiertan en España los directores de orquesta. Al menos, en esta fase de la instrucción.
El maltrato a los directores de orquesta
Ocultar o desconocer algunos hechos relevantes de una situación conduce a formarse ideas equivocadas








